| 01-06-2006 - Huellas, n.6
editorial La fascinación incontestable del cristianismoCristo, mendigo del corazón del hombre Publicamos el texto de la intervención de Julián Carrón ante el Papa Benedicto XVI en el encuentro con los movimientos eclesiales y las nuevas comunidades. Carrón comentó el Cántico del rezo de las Vísperas durante la Vigilia de Pentecostés. Plaza de San Pedro, 3 de junio de 2006 «El verdadero protagonista de la historia es el mendigo: Cristo, mendigo del corazón del hombre, y el corazón del hombre, mendigo de Cristo». Con estas palabras hace ocho años, culminó don Giussani su intervención precisamente aquí, en la Plaza de San Pedro, arrodillado ante Juan Pablo II. Hoy volvemos como mendigos, todavía más deseosos de Cristo, llenos de asombro al ver cómo Cristo ha seguido mendigando nuestro corazón. 1. «Grandes y maravillosas son tus obras, Señor, Dios omnipotente, justos y verdaderos tus caminos, ¡oh Rey de los siglos!» (Ap 15, 3). Tras haber visto Su victoria, también nosotros podemos decir como los mártires del Apocalipsis: «Grandes y maravillosas son tus obras, Señor, Dios omnipotente». ¿Cuáles son estas obras que nos hacen cantar? La resurrección de Cristo que, por obra del Espíritu Santo, nos ha aferrado en el Bautismo y nos ha hecho “suyos”. 2. «¿Quién no temerá, Señor, y glorificará tu nombre? Porque sólo tú eres santo» (Ap 15, 4). Su amor, que resplandece en sus obras, se impone de tal manera que hace fácil reconocer al Señor. Como lo fue para el pueblo de Israel que, ante el brazo poderoso de Dios, «temió al Señor y creyó en él» (cf. Es 14, 31). Basta que nuestra libertad ceda ante Cristo y –como Su Santidad nos recordó admirablemente en su encíclica– se deje implicar en la «dinámica de su entrega» por nosotros (Deus caritas est, n. 13). En la persona de Jesucristo esta entrega alcanza un «realismo inaudito» (n. 12): el Dios encarnado adquiere un atractivo tan victorioso que «nos atrae a todos hacia sí» (n. 14). El hombre que se encuentra con él, le halla tan correspondiente a la espera de su corazón que, ante el manifestarse de la belleza de su santidad, no duda en exclamar: «Señor, ¿adónde iremos? Sólo tú tienes palabras de vida eterna; y nosotros creemos y sabemos que tú eres el Santo de Dios» (Jn 6, 68-69). Pero muchas veces, como el mismo Pedro, advertimos también todo el drama de la libertad humana que, en lugar de abrirse confiada al reconocimiento, asombrado y agradecido, del Señor presente, puede cerrarse en una pretensión orgullosa de autonomía o en el escepticismo, tal vez llegando a la desesperación ante la propia impotencia y ante la fuerza del mal. Sin embargo, como Su Santidad nos recordó también en la encíclica, la santidad de Dios se muestra en el amor apasionado por su pueblo, por cada hombre, amor que a la vez perdona (cf. Deus caritas est, n. 10). Toda la fragilidad del hombre y su traición, todas las negras posibilidades de la historia se ven atravesadas por la pregunta dirigida a Pedro aquel amanecer en la orilla del lago: «¿Me amas?» (Jn 21, 17). Con esta pregunta, sencilla y definitiva, la santidad única de Dios revela su inconcebible y misteriosa profundidad en la humanidad de Cristo: Dios es misericordia. En ella el hombre, cada hombre, es creado de nuevo en la verdad de su dependencia original, y la libertad florece como adhesión humilde y dichosa, cargada de petición: «Sí, Señor, tú lo sabes todo; tú sabes que te quiero» (Jn 21, 17). En este libre “sí” de la criatura, dentro de las circunstancias de la vida, se refleja y obra la gloria de Dios: «Gloria Dei vivens homo» (San Ireneo, Adversus Haereses, IV, 20, 7)). La gloria de Dios es el hombre que vive. 3. «Porque vendrán todas las naciones y se postrarán en tu acatamiento, porque tus juicios se hicieron manifiestos» (Ap 15, 4). El juicio del Apocalipsis nos desvela la verdad del último día, cuando todos vendrán y se postrarán reconociendo que Jesús es el Señor, y Cristo será definitivamente «todo en todos» (Co 3, 11). Este juicio luminoso no se contradice con un mundo que parece alejarse de Dios. Pero la dramática situación en la que vivimos vuelve más urgente la pregunta apremiante de Cristo: «Pero, cuando venga el Hijo del hombre, ¿encontrará la fe sobre la tierra?» (Lc 18, 8). Julián Carrón |