01-01-2007 - Huellas, n. 1
Educación
Diálogos en clase
Matera
Trabajo en clase
Clase de 5º A. 10:10 h. Giusi, profesora de matemáticas en un Instituto Técnico de Comercio, entra en el aula pensando en un problema de matemáticas financieras que quiere proponer en la clase siguiente. Sobre la mesa encuentra unos papeles, en negrita se puede leer «Texto 3. Artículo de periódico. El acoso escolar, un fenómeno que acampa en nuestras escuelas», a continuación una treintena de líneas. Su mirada se detiene en estas palabras escritas a mitad de la hoja: «El principal medio para evitar el acoso escolar es otro: favorecer la competencia entre equipos. Durante demasiado tiempo ha prevalecido en nuestras escuelas una mentalidad, de origen marxista y católico, que considera la competencia un mal».
«Chicos –pregunta la profesora– ¿qué es este papel?».
Responden: «Es el texto de un ejercicio de la clase de italiano de hace unos días».
«¿Y a vosotros qué os parece –replica ella–, la competencia es positiva o no?».
«Eso depende, profe, para alguno sí lo es, para otros no; es una cuestión subjetiva».
«¿Pero en qué os basáis para juzgarlo?», insiste Giusi.
«En determinados valores que puede que sirvan para algunos pero no para otros. Es una cuestión subjetiva. Es lo normal».
«Vale. Habréis leído que un musulmán ha matado a su hija porque no respetaba las reglas que su tradición establece para las mujeres. Lo normal ¿no?».
«¡Nooo!». El interés de la clase va en aumento.
«Si estáis diciendo que no hay nada objetivo, ¿por qué decís que no?».
Los chavales no contestan; permanecen atentos a las palabras que va a pronunciar Giusi.
«Mirad, chicos –prosigue– si yo saco a la pizarra a uno de vosotros, le pido que resuelva un problema, lo resuelve correctamente, y yo le pongo un 3, ¿qué pensaríais?».
«Que es una injusticia».
«Ahora pensad en una madre italiana, china o india ¿Qué actitud tendrá hacia su propio hijo?»
La respuesta es unánime: «¡Le quiere!».
La profesora continúa: «Y si una madre mata a su hijo ¿es porque algunas madres quieren a sus hijos pero otras no? ¿No será que esa madre está, de alguna manera, “enferma” y herida en su propia naturaleza?». Los chicos se miran unos a otros y se inclinan por la segunda hipótesis.
«¿Y si uno de vosotros entra en clase y nadie, absolutamente nadie, le mira: ¿se sentirá mal o no? ¿Alguno de vosotros cree que no iba a sufrir si le ocurriera a él?». «¡No!», responden. «Si el chico fuera de otra cultura, ¿sería diferente?». «No, pasaría lo mismo».
«Entonces –dice la profesora– ¿pensáis que existe un criterio para juzgar que no depende de la mentalidad o de la cultura?».
La clase no parece estar convencida: «Pero, profe, entonces ¿Por qué sobre algunas cosas, incluso muy importantes, como el divorcio o el aborto, hay tantas opiniones diferentes?».
La profesora responde: «Porque no se usa el criterio que está “inscrito” dentro de nosotros y que es por tanto personal y objetivo, porque se nos ha dado en nuestra naturaleza de hombres. Pondré un ejemplo. Supongamos que conocéis a una persona que os gusta mucho, con la que querríais compartir vuestra vida, ¿qué es lo que pensaríais? ¿Qué es lo que le pediríais a esa relación?».
La clase contesta al unísono: «¡Que fuera para siempre!».
Giussi, impresionada, pregunta si es lo mismo para todos, los chicos responden afirmativamente y ella sonríe: «Lo que corresponde es que sea para siempre. Entonces, ¿por qué se promulgan leyes que contemplan que sólo dura durante un tiempo determinado? Es cierto que en el tiempo se van descubriendo los límites del otro, ¿pero acaso la persona se define por su límite?». Dibuja en la pizarra un hombre con una pequeña equis encima: «esto es una persona con su límite». Se vuelve de nuevo a la pizarra y pinta un hombre con una equis enorme: «De repente empezamos a mirar así». Los chavales se echan a reír y ella les pregunta: «¿Os parece entonces que todo lo que somos puede reducirse a nuestro límite?».
«¡La verdad es que no!».
«Mirad, chicos, tenemos que ayudarnos a mirarnos a nosotros mismos y a la realidad por lo que son. Por eso, para juzgar cualquier cosa, importante o no, el divorcio, el caso Welby (un caso de eutanasia, ndt.), la fiesta de cumpleaños a la que acabamos de ir, o si la competencia es algo positivo o negativo, tenemos que comparar todo con esta estructura original que está dentro de nosotros, con la exigencia de belleza, de bondad y de verdad, con la sed de significado que nos constituye. ¿Es tan difícil?».
«¡Es bonito, profe!»
Prato
Leyendo a Leopardi
Soy profesora en un instituto de formación profesional de Prato, una escuela “de frontera”. Tenía una clase con muchos alumnos extracomunitarios, muchos de ellos musulmanes. Al comenzar el programa de Literatura me encontraba en dificultades por que me asaltaban todo tipo de preguntas: ¿cómo se puede explicar Leopardi a un paquistaní? ¿Qué puede importarle Leopardi a un marroquí? Empecé la clase diciendo: «Chicos, hoy empezamos con Leopardi, un poeta italiano que escribió muchas poesías. Por lo general sus poesías están escritas en primera persona, pero hay una cuyo título es como si dijera: «Hay algo en mí que también está en ti», tanto es así que las preguntas que normalmente nacen del impacto que ejerce en él la realidad y que él pone en su propia boca, en esta poesía se las atribuye a un ignorante pastor de Asia. La poesía se titula Canto nocturno de un pastor errante de Asia. Ahora voy a leeros la poesía, escuchadla atentamente. En esta clase hay paquistaníes, marroquíes, albaneses, latinoamericanos e italianos, cuando acabe de leerla me tenéis que decir si Leopardi se equivocó al poner el título y se trata del canto nocturno de un desafortunado poeta italiano del siglo XIX, o si el título es acertado. Para comprender si es así, deberéis confrontar lo que dice con vuestro corazón, ver si esta poesía es expresión de vuestro corazón o no, si estas preguntas, estos pensamientos, aunque no fuerais capaces de formularlos así, han llegado a surgir en vuestro interior ante un espectáculo de la naturaleza o ante el rostro de una persona amada. Si este es tu canto nocturno, entonces también es el Canto nocturno de un pastor errante de Asia, porque hay algo en nosotros que está más allá del tiempo, del espacio y de la cultura. Hay algo que es original, que es anterior al lugar en el que hemos nacido, a la religión que profesamos o al color de nuestra piel». Leí la poesía enmedio de un silencio absoluto. Al final les fui llamando, desde el más lejano al más cercano, es decir, desde el paquistaní al toscano y les fui preguntando: «Mohmed, ¿es tu “canto nocturno”?». «Sí, es mi “canto nocturno”». «Sheraz, ¿es tu “canto nocturno”?»… uno por uno a toda la clase. Al final dije: «Chicos, creo que este año podremos aprender Literatura y podremos aprender Historia, porque tenemos algo en común, que es el terreno en el que nos relacionamos con nuestro destino, es decir, con la realidad».
Aquel día me quedó claro que cuando entro en clase tengo un aliado en cada uno de mis alumnos: su corazón, es decir, su razón. Si no tuviera esa certeza no podría enseñar, porque no podría haber educación. Si no se parte de esto, no hay ningún terreno en el que poder trabajar, ya no hay escuela. Sin esto, nos invade la tristeza que producen las normas y los expertos.
Mariella
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