| 01-02-2007 - Huellas, n. 2
Basílica de San Pedro La antigua San Pedro Cristina Terzaghi Puede resultar difícil para nuestra visión, acostumbrada a la forma arquitectónica basilical, comprender la novedad del edificio que Constantino mandó construir sobre el lugar de la sepultura de san Pedro, y de la que el edificio actual resulta una espléndida summa, reelaborada, pero no variada en sus fundamentos. Nada parecido se había visto en Roma con anterioridad. Es cierto que la planta basilical estaba inspirada en edificios romanos, pero en ellos se llevaban a cabo al mismo tiempo actividades diversas; aquí en cambio era menester que todo estuviese orientado hacia un único punto. Constantino quiso que la iglesia fuera lo más grande posible: tendría 123 metros de largo, y constaría de dos cuerpos yuxtapuestos en forma de cruz, lo que hoy llamamos nave y transepto. Estableció que todo el edificio estuviese orientado de este a oeste, de forma que por las ventanas del ábside fuese posible admirar la salida del sol, pues Cristo era el Sol Oriens, el sol que sale. Las naves debían ser de número impar (en este caso cinco) y la central tendría anchura doble que las laterales. La anchura del edificio sería de 66 metros y contaría con 88 columnas de mármol que sostendrían todo. La memoria de Pedro estaría situada en el centro del ábside semicircular. El lugar estaría decorado por un tabernáculo con columnas salomónicas decoradas con ramas de vid, un elemento que caracterizará a la basílica y que será propuesto de nuevo a escala monumental por Bernini en el grandioso baldaquino de bronce que admiramos en la actualidad. En el exterior habría un amplio pórtico cuadrado, al cual se accedería mediante una escalinata. También esta idea fue retomada por Bernini. El genio del gran arquitecto y escultor sustituyó sin embargo la tradicional forma cuadrada con la elipse, y proyectó una columnata de dimensiones ciclópeas, que pudiese dialogar con la amplitud de la cúpula y de la fachada. Con todo, el significado no varió: estrechar idealmente a los pueblos en el abrazo materno de la Iglesia. La subdivisión de espacios de la basílica constantiniana, que se convertiría en el modelo arquitectónico para gran parte de las iglesias de la cristiandad, correspondía perfectamente con las exigencias devocionales y litúrgicas de la naciente Iglesia. Quedaba bien definida el área reservada a la acogida: el patio anterior; la destinada a la liturgia: las naves; la reservada a la devoción de la tumba del Apóstol: el transepto. El fiel y el peregrino eran así insertados en un recorrido que les preparaba gradualmente para asistir a la visión final. La concepción del homo viator, muy querida para el cristianismo de los primeros siglos, dio vida de esta forma a un modelo arquitectónico aún insuperado, que sigue siendo de una sabiduría y novedad desconcertantes a dos milenios de distancia. |