01-03-2007 - Huellas, n. 3

cartas

Cartas

De Giussani al padre Arnaldo, del padre Arnaldo a Roberto y a sus compañeros de Osaka
Soy de nacionalidad peruana; conocí el movimiento de Comunión y Liberación en la ciudad de Hiroshima, en donde viví 14 años en condición de ilegal, trabajando para mi familia. Fui detenido y trasladado a Osaka en donde me encuentro actualmente recluido en el Centro de inmigraciones. En este lugar he conocido a personas de distintas nacionalidades procedentes de Latinoamérica, Asia y Oriente Medio, las cuales tienen el común denominador de pertenecer a países del Tercer Mundo. A pesar de las diferencias de idioma, cultura y religión, hemos sabido desarrollar lazos de amistad, ya que la mayoría domina el idioma japonés, si no en su totalidad, por lo menos en un 70%, lo cual nos sirve para comunicarnos entre todos. En este Centro la mayoría estamos por el delito de ser ilegales, a la espera de ser deportados. Cada uno tiene una historia diferente, pero todos han venido a este país con un objetivo: trabajar para su familia o para financiar los estudios de sus hijos en sus respectivos países. Durante mi estancia en Japón he aprendido a amar a Cristo bajo la doctrina de la Iglesia Católica, lo cual me ha enseñado a ver la vida desde otro punto de vista. En este caso particular, a comprender que de todo sufrimiento siempre sale la luz, disponiendo Dios las cosas de acuerdo a su inmensa sabiduría. Conforme pasaban los días, me daba cuenta de que la mayoría eran cristianos, ya fueran católicos o protestantes. Tomé la decisión de leer la Biblia y reunirme para rezar con dos amigos americanos protestantes. Después de una semana, el pequeño grupo aumentó considerablemente, dándome cuenta que había mucha sed de Dios. Todos demostraban interés en el estudio de la palabra de Dios y en la oración, habiendo asistentes de países tan lejanos como Nepal, Filipinas, Sri Lanka, Indonesia, Corea, así como de países sudamericanos: Brasil, Perú, Chile y Bolivia; por lo cual no dudé en pedir ayuda a un gran amigo, el padre Arnaldo Negri, de nacionalidad italiana. Fue por intermedio de este padre católico como conocí el movimiento de CL en la ciudad de Hiroshima, llegando a conocer a través de este movimiento con más profundidad al Misterio, que es Jesús. Este noble sacerdote es el que me suministra la revista Huellas de forma periódica, tanto en español como en portugués, así como diversos escritos sobre el Evangelio de cada semana en inglés, español y portugués. Esto nos ayuda y fortalece mucho en nuestras reuniones, que se traducen en el amor a Cristo Resucitado y en profundizar en la amistad entre personas que nunca se habían conocido, de diferentes continentes, pero unidas por una sola fe, un solo Dios, gozando de una emoción indescriptible al ver leer su Biblia en su mismo idioma y haciendo el comentario de la lectura en japonés, lo mismo que las oraciones a Nuestro Señor en diferentes idiomas. Como dice la Carta a los Efesios (Ef 4,3): «Mantengan entre ustedes lazos de paz y permanezcan unidos en el mismo Espíritu: un solo Cuerpo y un mismo Espíritu». De verdad sentía que Jesús estaba en medio de nosotros. Roberto

¿De qué les sirve
a 80 chicos dar
un paseo a caballo?

Querido Julián: El Acontecimiento no depende de ningún esfuerzo nuestro, y las últimas vacaciones del CLU lo confirman una vez más. Muchos consideraban que Canta, (sólo a dos horas de Lima) no iba a resultar, que los universitarios no iban a pagar para ir a un lugar donde la mayoría ya ha ido: casi 80 chicos se inscribieron, muchos de ellos nuevos, pero parecía poco para nuestra historia del CLU. Habíamos preparado con los chicos juegos, pancartas, cantos, y algunos de los responsables leyeron el texto de los Ejercicios de diciembre del 2006, que se iba trabajar en las vacaciones. Nos sentíamos “preparados”. Apenas llegamos al albergue que nos hospedaba, nos informaron que habían cambiado la disponibilidad de las habitaciones y entonces teníamos que rehacer la organización. Desde este momento se fueron sucediendo situaciones no planeadas, parecía casi que las cosas se escaparan de nuestras manos, en cuanto a la organización. En cambio, encontré mucha apertura en las relaciones con los chicos: sin ninguna pretensión, fuimos viviendo con intensidad cada día, cada detalle, cada paso que dábamos juntos, como un pueblo. El primer día fuimos a dar un paseo por los alrededores de Canta a caballo con 80 chicos ¡Imaginará el espectáculo! Fue el primer gesto que rompió todo prejuicio que se tenía con el lugar de nuestras vacaciones porque lo que teníamos delante era verdaderamente hermoso. El campo, las cataratas, las montañas, las lagunas: no se puede definir, era una correspondencia tal que no podíamos dejar de contemplar. Y así fueron pasando los días con sucesos inesperados; conocí chicos contentos de lo que vivían, con muchas preguntas, que eran las mismas que yo tenía, como si también fueran mis primeras vacaciones. El último día, en la Asamblea, todas las dudas y preguntas se pudieron manifestar. Era un espectáculo. Permítame contarle sólo algunas, que me impactaron e hicieron que mi vida retomaría el paso que había olvidado. Un chico, Arturo, que va estudiar arquitectura, y es la primera vez que viene con nosotros dijo: «Siempre me habían enseñado que las vacaciones eran una pérdida de tiempo, y yo acá he superado este miedo, he encontrado gente que vive y se deja impactar por la realidad y esto me produce una envidia sana porque quiero que mi vida sea así». Otro de ellos, Diego, decía «en 2004 había asistido a un retiro y reconocí algo, pero en 2005 tuve un choque terrible en mi vida, al punto de decir que Dios no me quería. Y añadía: si yo hubiese sabido cómo iban a ser las vacaciones no habría asistido, por los prejuicios que tenía, pero gracias al amigo que me invitó pude experimentar algo inimaginable. ... Yo he ido a muchos lugares bellos: Acapulco, Cancún, entre otros, pero el valor de la belleza de Canta, y por analogía el de toda mi vida, sólo lo pude tener con ustedes. Y ahora puedo decir con certeza que Dios no me ha abandonado, me quiere y me voy a casa con cuatro palabras que me han impactado y serán motivo de trabajo personal: razón, certeza, fe y continuidad». ¡Qué alegría! Se había roto cualquier esquema que tenía en la cabeza. Mucho de lo que habíamos planeado sale mal, y por encima de eso el Misterio crece y se manifiesta, se desborda. Esto fue lo que testimoniaron los chicos: nada teórico, ni sentimental, sino real, lo que habían experimentado. Betsi, que estudia economía en la Universidad Católica Sedes Sapientiae, manifestaba: «Me ha tocado vivir situaciones muy difíciles, pero siempre estaba conmigo alguien que me empujaba y ayudaba a continuar; esa persona me invitó a sus vacaciones. Al principio no tenía expectativa porque sentía un vacío y sufría mucho porque no encontraba salida. Muchas veces pensé en dejar los estudios, dejarlo todo, sin embargo –decía conmovida– aquí me siento diferente, he vivido intensamente como nunca en mi vida y no estoy dispuesta a perder nada de lo que he encontrado. ¿De qué me vale el dinero, ser profesional, si no tengo lo que me falta?». Estos testimonios me hacían pensar en el título que hemos puesto a nuestras vacaciones: «¿De qué le sirve al hombre ganar el mundo entero si se pierde a sí mismo?». Esta pregunta rezumba en mi vida, cada vez con más intensidad, he comprendido que antes que uno está el Misterio, y no quiero perderlo, he comprendido que nada es inútil, que todo tiene un porqué. Estos testimonios no son producto de un esfuerzo humano, son un gran signo del Misterio y un paso adelante en la certeza de mi vida.
Maria Luisa, Lima (Perú)

El don del padre
Hoy hace una semana que falleció mi padre. Me embarga la gratitud y la conmoción por su persona. Existen en la vida momentos inolvidables, cosas inexplicables y personas incomparables. Raramente pensamos sobre lo que tenemos pero siempre pensamos en lo que nos falta. Todo lo que ocurre, ocurre por un motivo y siempre es para un bien, por doloroso que sea. De un buen amigo italiano he aprendido que la educación es la introducción en la realidad; pues bien mis padres no solo nos han introducido en la realidad en su totalidad sino que además nos han acompañado siempre para vivirla intensamente, sin censurar nada. Mi padre nos ha estado educando hasta el mismo momento de su muerte: nos ha permitido mirar el dolor y la muerte a la cara sin perder un ápice de la dignidad y de todo el deseo del corazón humano, y como tantas otras veces, no podemos dejar de reconocer la unidad entre nosotros, a pesar de nuestras diferencias, que nace de la unidad entre mis padres. Los tres últimos días en los que estuvo agonizando todos hemos sido testigos de su deseo de aferrarse a la vida. Estos tres días han podido ser más importantes para cada uno de nosotros que muchos de los años que hemos vivido junto a él. Se nos ha regalado un tiempo precioso para despedirnos de él, quizás para decirle cosas que aunque siempre hemos sentido, nunca antes se las habíamos dicho: «Querido padre, nos enseñaste a hacer tantas cosas, a comer, vestirnos, a montar en bicicleta, a disfrutar de las pequeñas cosas, y siempre con paciencia. En estos meses tan duros en los que tu vida se cumplía te dimos nuestra mano amiga de la misma manera que tú lo hiciste con nosotros cuando dábamos nuestros primeros pasos. Y el viernes cuando nos dijiste adiós todos entendimos que pese a los errores que pudiste cometer siempre quisiste lo mejor para nosotros y que intentaste, y te aseguro que lo conseguiste, ayudarnos en nuestro día a día».
Paloma, Alcorcón (España)

Convencimiento
y rotundidad

Aquel día, en clase de Derecho de las Organizaciones Internacionales, un grupo de tres alumnos hizo una exposición sobre la FAO (organización encargada de los problemas del hambre en el mundo). A raíz de la explicación, se fue desarrollando en clase un debate sobre los países subdesarrollados, su pobreza, el SIDA, la postura de la Iglesia frente al uso del preservativo y también sobre la vida en castidad que ésta propone. Cuando comenzó esta discusión pensé: «¡Ay no! Ahora van a empezar comentarios absurdos contra la Iglesia…por favor Señor, que acabe esto cuanto antes…¡no pienso intervenir!». El debate se centró fundamentalmente en dos personas: una chica cristiana con una visión un tanto moralista sobre la Iglesia, que consideraba sus propuestas como meras reglas morales que todo cristiano ha de obedecer; y por otro lado un chico decía que él no lo entendía de ninguna manera y que “se lavaba las manos” porque en el fondo nadie, ni siquiera los propios cristianos, entendían cómo es posible vivir en castidad. En ese momento, cuando oí hablar a aquel chico, sentí que lo que estaba diciendo tenía tanto que ver conmigo, me afectaba tan profundamente que yo, que apenas intervengo en clase, levanté la mano casi impulsivamente. Tenía que defenderme ante ese ataque, que para mí había sido personal. Tal fue mi ímpetu, que la pasividad con la que había comenzado el debate desapareció de inmediato. Le dije a aquel chico que si la Iglesia propone algo así es porque es posible vivir de esta manera con un sentido y que además comprendía perfectamente que no entendiese la postura de la Iglesia, porque la única forma de entender lo que en un sitio se vive es perteneciendo, estando y haciendo una experiencia seria en dicho lugar. «No hables así –le dije– de algo que no conoces porque si hay personas que vivimos de esta forma, es porque es posible y sobre todo porque vemos que hay un bien mayor en vivir así, que de otro modo». Tal fue el convencimiento y rotundidad con que dije aquellas palabras, que tras un segundo de silencio, la clase entera, ¡hasta la misma profesora!, comenzó a aplaudir y finalizó el debate. Realmente, después de vivir algo así, me doy cuenta de lo necesitada que está la gente de escuchar testimonios vivos, de ver que verdaderamente es posible vivir así y de la tarea y responsabilidad que tenemos nosotros, los cristianos, de no avergonzarnos de lo que vivimos, sino ser presencias vivas de Cristo en el mundo. Es necesario estar despiertos ante la realidad que se nos da cada día, porque no sabemos qué momento puede ser ocasión para reconcerLe.
Blanca, Madrid (España)

El secreto de Kireka
Me paso casi todo el día al lado de Rose Busingye y la verdad es que la experiencia de vida que se ha desplegado en torno a ella es vastísima. Lo que suelo hacer por las mañanas es visitar las casas en Naguru, la colina donde se ubica la oficina del Meeting Point International. Y allí, es donde, realizo la visita domiciliaria a las enfermas de SIDA. Es imposible ir allí como medico y no conmoverse por el hecho de la esperanza que comunican las voluntarias que me acompañan, ya que ellas también son enfermas de SIDA procedentes del barrio de Kireka. Para mí esto es precioso. Porque en África cuando se realiza el diagnóstico de SIDA se hunde el mundo para la persona afectada. Con estas personas marginadas por la sociedad nadie quiere tener ni el más mínimo contacto, y el diagnóstico supone a menudo el fin de toda esperanza. Sin embargo, las mujeres que visitan conmigo a las enfermas ya no son así, porque han sido acogidas por Rose y los demás del Meeting Point International. Rose es una enfermera ugandesa que un día acompañó a un paciente desde el hospital donde trabajaba hasta su chabola porque éste no tenía dinero. El barrio estaba en la colina de Kireka, también conocida como el barrio Acholi de Kampala, porque allí viven todos los inmigrantes procedentes del norte (en guerra con Sudan) pertenecientes a la etnia Acholi. A partir de entonces empezó a nacer la idea de ofrecer el tiempo libre para convivir con los enfermos de SIDA de Kireka. Esto sucedió hacia finales de los 80 (cuando aún no existían los Antirretrovirales (ARV). Es decir, que el motor primario fue el hecho de acompañar a esta gente (incurable y médicamente inmanejable) para afirmar que el valor de su vida existe incluso en esas condiciones. Por ello, Rose empezó a introducir elementos en las vidas de esta gente que enfatizasen la belleza y valor de sus vidas. Por ejemplo, en vez de darles dinero o comida, les enseñó a hacer collares para que se sintiesen valoradas. Ya que el trabajo normal de esta gente es el de picapedreros. Otra cosa que introdujo fueron los bailes y cantos tradicionales. De tal modo que mientras esperan al medico que las visita en Kireka bailan y cantan; permitiendo que el que llega por primera vez no se sienta extraño sino en familia. Otra cosa que hace es financiar la escolarización de sus hijos o conseguirles comida. Además, de tanto en tanto las lleva a Jinja donde están las fuentes del Nilo (esta a unos 30 km de Kampala) para que puedan disfrutar de la belleza de la naturaleza. Lo que explico no son utopías ni discursos bonitos, sino hechos que mis ojos han visto y mis manos han tocado. Porque las condiciones de vida realmente son terribles en todos lo sentidos. Y visitando otros barrios donde la desesperación es lo habitual se concluye que la extraordinaria situación de Kireka es del otro mundo en este mundo. Porque las mujeres de Kireka comunican una alegría y una gratitud hacia la vida enormes (estando todas en estados muy avanzados de SIDA). Nunca he visto tanta alegría y hospitalidad como allí. Tanto es así que algunos médicos y policías envían a Rose a ciertas personas para que las lleve a Kireka. Ya que Kireka es el único barrio donde todos velan por sus vecinos.
Ignacio, Barcelona (España)

Vitta, Gius y fraternidad
«Tener como concepción de uno mismo un origen común, donde el origen común es una comunión entre adultos. Este es el punto fundamental, yo tengo necesidad de ti. Es la idea de la Fraternidad del salvavidas. Don Gius nos decía: “Si no existiese este lugar, todos os extraviaríais”, acabando de esta forma con todo nuestro orgullo. La Fraternidad es esto: que yo para existir como hombre adulto debo depender de un punto». Con estas palabras Giorgio Vittadini, en una cena informal a mediados de noviembre, nos contó lo que para él era la Fraternidad. Al comunicar su experiencia fui consciente de que estaba abrazando y a la vez corrigiendo nuestro modo de estar juntos. Era evidente que una conciencia así de uno mismo y de la Fraternidad ensancha mi corazón y me libera de muchas cuestiones que nos distancian entre nosotros y nos alejan del mundo. Al leer La Fraternidad de Comunión y Liberación he descubierto que cada página simplifica la vida, la desproblematiza y la hace más transparente, aunque más dramática. Al principio Giussani explica que «inscribirse en la Fraternidad es como decir: “yo soy del movimiento, vivo, quiero vivir la experiencia del movimiento”. Como tal, por sí misma, la Fraternidad no añade nada, excepto esa amistad y esa trama de relaciones que nos sostiene: la amistad no añade nada a la vida, es una ayuda para la vida, no otra tarea». ¿Qué hace posible que nuestro corazón se dilate y nuestro grupo no se cierre? De nuevo Giussani nos ayuda: «Lo que te alimenta es la palabra de Dios, no como la entienden ahora –la “palabra” de Dios–, sino como es en el origen, es decir, el Hecho, el acontecimiento del Señor y, por tanto, la memoria de lo que ha sucedido, la memoria del Señor; es precisamente en este sentido como te ayuda la vida de la Iglesia en los sacramentos y en la liturgia. Bastaría esto para dilatar vuestro corazón, para no mantener cerrado vuestro grupo. Porque el grupo se mantiene cerrado cuando vive apoyado sobre la interpretación, es decir, sobre las opiniones y sobre los sentimientos de sus componentes. Sin embargo, cuando se está abierto de par en par a lo que ha sucedido y sucede en el mundo, es decir, a Cristo, a través de la palabra escrita en la Sagrada Escritura y la palabra viviente de la vida de la Iglesia, entonces el corazón se dilata aunque se esté en un agujero, aunque uno tenga que trabajar dieciocho horas al día y no tenga espacios para permitirse ciertas libertades».
Ramón, Madrid (España)

La grandeza
del abrazo de Dios

Estoy sorprendida por lo que se me ha revelado ante mis ojos, tengo un semestre dando clases en la universidad y hace unas semanas surgió la propuesta de hacer Escuela de comunidad con algunos de mis alumnos; no sé como pasó pero así fue. Resulta que a lado de la universidad hay un convento y las madres hacen eventos para recolectar dinero; desde el salón se escuchaba música que venía de este convento y les pregunté a mis alumnos: «¿De dónde viene la música?»; uno de ellos me respondió: «Creo que es de las monjas» y empezó a bromear. Pero al terminar la clase vinieron a hacerme preguntas. Se acercaron varios y después pensé en cómo don Giussani respondía a sus preguntas. Al tenerlos enfrente les platiqué lo que para mí había sido responder a las preguntas que ellos tenían y ahí fue la propuesta: «¿Están ustedes dispuestos a entender preguntas como estas con la ayuda de la experiencia cristiana que ha hecho un hombre hace muchos años con jóvenes como ustedes y yo, viéndonos una vez a la semana con un texto de por medio para entender lo que vivimos día a día?». Ellos me respondieron que sí, cuando salí de clase salí pidiendo: «Señor, que esto no sea una capacidad mía sino obra tuya». Se lo comenté a Rocco pensando en que él me iba a sugerir a alguien que fuera guiar la Escuela de comunidad (la comodidad) y mi sorpresa fue cuando me dice: «Inicia tú». Sentí miedo, pero acepté. El jueves a la 1:30 h esperé en la cafetería pensando que no llegarían, pero llegaron ¡8 alumnos! Todo resultó al revés de lo que me imaginaba! Me siento agradecida y temerosa porque siento una responsabilidad que me obliga a vivir más la realidad. Por eso si antes pedía la sencillez, ahora pido el triple, estoy conmovida porque ante mis ojos se revela la grandeza del abrazo que Dios me da a mí y a cada uno de ellos.
Lizeth, Oaxaca (México)