01-03-2007 - Huellas, n. 3
Dentro de la realidad

Diálogo

Sólo será posible promover la paz si se respeta la persona humana, y sólo construyendo la paz es como se sentarán las bases de un auténtico humanismo integral. Aquí encuentra respuesta la preocupación ante el futuro de tantos contemporáneos nuestros. Sí, el futuro podrá ser sereno si trabajamos juntos por el hombre. El hombre, creado a imagen de Dios, tiene una dignidad incomparable; es tan digno de amor a los ojos de su Creador, que Dios no dudó en entregarle a su propio Hijo. Éste es el gran misterio de Navidad, que acabamos de celebrar, y cuyo clima de alegría se prolonga hasta nuestro encuentro de hoy. La Iglesia, en su compromiso al servicio del hombre y de la construcción de la paz, está al lado de todas las personas de buena voluntad, ofreciendo una colaboración desinteresada.
(Al Cuerpo diplomático acreditado ante la Santa Sede, 8 de enero de 2007)

La verdadera paz requiere la justicia, para corregir las desigualdades económicas y los desórdenes políticos, que siempre son factores de tensiones y amenazas en toda la sociedad. El desarrollo reciente del terrorismo y la evolución de ciertos conflictos regionales, por otra parte, han puesto de manifiesto la necesidad de respetar las decisiones de las instituciones internacionales, más aún, de sostenerlas, dotándolas en particular de medios eficaces para prevenir los conflictos y para mantener, gracias a fuerzas de interposición, zonas de neutralidad entre los beligerantes. Sin embargo, esto sigue siendo insuficiente si no se llega al verdadero diálogo, es decir, a la concertación entre las exigencias de las partes implicadas, con el fin de llegar a soluciones políticas aceptables y duraderas, que respeten a las personas y a los pueblos. (...) Apelo una vez más (...) a la vigilancia de la comunidad internacional para que no renuncie a su responsabilidad y realice todos los esfuerzos necesarios para promover, entre todas las partes implicadas, el diálogo, el único medio que permite asegurar el respeto a los demás, aun salvaguardando los intereses legítimos y rechazando el uso de la violencia. Como escribí en mi primer Mensaje para la Jornada mundial de la paz, «la verdad de la paz llama a todos a cultivar relaciones fecundas y sinceras, estimula a buscar y recorrer el camino del perdón y la reconciliación, a ser transparentes en las negociaciones y fieles a la palabra dada» (1 de enero de 2006).
(Encuentro con el Cuerpo diplomático acreditado en la República de Turquía, Ankara, 28 de noviembre de 2006)

Magdi Allam
(Subdirector ad personam del Corriere della Sera)
Todas las personas de buena voluntad están agradecidas a Benedicto XVI por la inspiración religiosa, la lucidez intelectual y el valor humano con el que definió, en el histórico discurso en la Universidad de Ratisbona del pasado 12 de septiembre, las bases de la relación correcta y constructiva entre diálogo y paz, bajo la insignia del vínculo indisoluble entre fe y razón. El papa Ratzinger ha aclarado, desde lo alto de su magisterio espiritual y de la autoridad académica, que el presupuesto científico del diálogo es la consideración de la realidad por lo que ella es, fotografiándola objetivamente y describiéndola sin susceptibilidad alguna por lo que es su especificidad o por lo que es su diversidad. Ha aclarado también que sólo basándonos en la conciencia de nuestra realidad y de la de los demás, sin falsificación alguna dictada por la ignorancia o el prejuicio, liberada de toda rémora impuesta por el miedo o la vileza, será posible erigir puentes entre las personas que se reconocen en religiones o credos distintos. Con la condición de que estos puentes, que expresan la experiencia concreta que lleva a las personas de buena voluntad a reunirse y a actuar juntas, encuentren un asidero sólido en un punto de apoyo común, encarnado en el hecho de compartir los valores absolutos y universales que fundan nuestra humanidad y que contienen en sí la esencia de la trascendencia religiosa y divina. En primer lugar, el valor de la sacralidad de la vida y el valor de la dignidad de la persona. Pues bien, el Papa ha identificado claramente en el nihilismo del extremismo islámico –que ha elevado la ideología de la muerte al nivel supremo de espiritualidad– y en el relativismo cultural y de valores del Occidente laicista –que ha terminado poniendo en el mismo nivel lo verdadero y lo falso, el bien y el mal– los dos mayores retos éticos y humanos que todos nosotros estamos llamados a asumir para forjar juntos una civilización común de la verdad, de la vida, de la libertad y de la paz.