01-03-2007 - Huellas, n. 3

Mirar con simpatía
lo humano

Apuntes de las síntesis de Julián Carrón en el Centro del CLU y en la Asamblea de Responsables de Comunión y Liberación. Milán, 6 y el 9 de febrero de 2007

Os propongo retomar juntos la Escuela de comunidad (L. Giussani, Huellas de experiencia cristiana, en El camino a la verdad es una experiencia, Encuentro, Madrid 1997). Esto nos permitirá comprobar cómo la estamos haciendo, ya que don Giussani dice que «la Escuela de comunidad es el principal instrumento de la vida nueva, del modo nuevo de perseguir el objetivo de un yo nuevo» («Escuela y método», en Huellas, n.1, enero de 2007, p. 4) y plantea claramente un método para ello. Preparando la Asamblea de Responsables cuyo tema era la Escuela de comunidad, he leído de nuevo el texto y la relectura me ha ayudado una vez más a corregir el modo en que la hacía. Os hablo de lo que es el resultado de mi trabajo personal. Hacer Escuela de comunidad, en efecto, supone una comparación constante que te corrige, porque nos encontramos ante una presencia que habla de su experiencia humana. Uno puede exponerse constantemente a la comparación con esta presencia que se comunica a través de las páginas del texto.
Al principio del segundo capítulo («El encuentro con Cristo») don Giussani escribe: «El encuentro histórico con este hombre constituye el encuentro con el punto de vista resolutivo y clarificador de la experiencia humana», p. 65). Cristo resuelve, es decir satisface, la exigencia del corazón, la exigencia de mi humanidad y, por tanto, me lo aclara todo. Puesto que responde a la exigencia de mi corazón, aclara realmente lo que yo confusamente deseo. Es como cuando encuentras a la persona amada y dices: «¡Ahora entiendo lo que estaba esperando!». Antes, mi deseo no tenía rostro: yo esperaba sólo a alguien. Cuando la encuentro, entiendo, todo se aclara. Cristo resuelve y aclara porque corresponde. Cristo es «el único genio que ha captado bien todos estos factores humanos, los ha hecho emerger y ha revelado su sentido definitivo» (p. 65). Con este punto de vista, con esta mirada bien definida (recogida en el segundo capítulo que habla del acontecimiento cristiano) volvemos al comienzo de la Escuela de comunidad, donde Giussani pregunta: ¿por qué los primeros Le reconocieron como el punto resolutivo y clarificador de la experiencia humana? ¿Por qué Le siguieron y al seguirle vieron con mayor claridad quiénes eran ellos y quién era Él? Porque «Cristo era el único en cuyas palabras se sentía comprendida toda su experiencia humana, sus necesidades se veían tomadas en serio y sacadas a la luz cuando estaban inconscientes y confusas» (p. 59).
Sus necesidades inconscientes y confusas adquieren claridad en el encuentro. ¿Qué es lo que se aclara, entonces? Su humanidad «siente que le falta todo» (p. 60), se descubre como totalmente necesitada. Fue esto lo que empezó a iluminarme. Aquí podemos ver, en efecto, si estamos haciendo bien la Escuela de comunidad: el problema no es si uno sabe repetir todo, sino si alguna vez, desde que empezamos, se ha sentido totalmente necesitado, si empieza a sentir «que le falta todo». ¡Esta es la prueba de que seguimos, no si repetimos correctamente las palabras! Lo digo en primer lugar para mí. En una Escuela de comunidad me plantearon una pregunta y para responder, traté de explicar lo que don Giussani en la «Página Uno» de Huellas de febrero («La familiaridad con Cristo») dice sobre la diferencia entre saber y conocer. Contesté poniendo un ejemplo personal. Yo sabía, como muchos de vosotros sabéis, lo que hemos leído en el capítulo X de El sentido religioso: «Yo soy Tú que me haces» (L. Giussani, El sentido religioso, Encuentro, Madrid 1998, p. 152). Pero ¡qué distinto es «saberlo» a decir «yo» con la conciencia que encierran esas palabras! Si alguien nos pregunta al respecto, podemos tranquilamente repetir «yo soy Tú que me haces» y luego seguir diciendo «yo» como antes. Yo sabía qué quería decir «yo soy Tú que me haces», pero no lo decía con esa conciencia. ¿Qué es lo que me permitió empezar a coincidir con esas palabras? El hecho de haber leído durante años ese párrafo hasta que se hizo mío, hasta que empecé a sorprenderme diciendo «yo» con esa conciencia. Así pues, el conocimiento del que habla don Giussani en el texto de febrero no es otra cosa que esta familiaridad. El concepto bíblico de conocimiento no equivale a «saber», no es un mero saber; es una familiaridad con el dato que se conoce, por lo cual este dato se hace mío, se convierte en una expresión mía. Todo sabemos de sobra la diferencia que hay entre saber una definición («yo soy Tú que me haces») y decir «yo» coincidiendo con esas palabras.
No podemos pensar que conocemos aquello de lo que habla la Escuela de comunidad sin que en determinado momento surja esta familiaridad con Él. He vuelto así a leer Huellas de experiencia cristiana preguntándome: pero esto que leo, ¿lo sé o lo conozco? Porque ¡aquí! empieza el trabajo. No basta que yo haya tenido un encuentro con Cristo, porque de ser así don Giussani se habría parado en este punto. Mientras, que inmediatamente después de haber dicho que «Cristo era el único en cuyas palabras se sentía comprendida toda su experiencia humana, sus necesidades se veían tomadas en serio», afirma: «Para encontrar a Cristo debemos ante todo plantearnos seriamente nuestro problema humano» (p. 84). Es como si aquí empezara todo. Precisamente porque Cristo toma en serio mi humanidad yo puedo mirarla a la cara –¡ahora sí!, porque ya no tengo miedo de ella–, empezar a plantearme verdaderamente mi problema humano. No es por ser filósofo ni por dedicarme a la introspección por lo que planteo el problema humano, sino porque Cristo es el punto de vista resolutivo sobre lo humano, porque hace emerger con claridad esa necesidad confusa que yo tenía. Ahora puedo empezar a plantearme el problema humano hasta el fondo. El encuentro con Cristo no cierra el problema humano, lo abre. Con él empieza realmente la aventura humana. Si no es así, si vivo el encuentro apartado del problema humano, al final me queda tan solo una ideología, un saber que no afecta a la experiencia y que, por lo tanto, no me sirve y, con el tiempo, Cristo deja de interesarme.
¿Qué quiere decir plantear el problema humano? Lo primero es «mirar con simpatía lo humano que hay en nosotros, tomar en serio lo que sentimos, todo; descubrir todos sus aspectos, buscar todo su significado» (p. 60). Por tres veces en dos líneas don Giussani subraya la palabra «todo».
Yo he empezado a mirar a estas afirmaciones como a pruebas. Por tanto, la prueba de que sigo la Escuela de comunidad no es si repito lo que dice, sino si me descubro mirando con simpatía lo humano que hay en mí. Preguntaos: desde que empecé a hacer la Escuela de comunidad, ¿me he sorprendido mirando con simpatía a mi humanidad? ¿He aprendido a repetir frases o a mirar con simpatía lo humano que hay en mí? Don Giussani es tan genial que introduce en el recorrido las pruebas para averiguar si estamos haciendo bien el trabajo que nos propone. La Escuela de comunidad no se reduce a un saber; conlleva una experiencia y no solamente un discurso. He aquí la prueba: que yo empiezo a mirar con simpatía mi humanidad. Esto es lo que Cristo hace posible. De otro modo, yo no la miro, simplemente la censuro.
El encuentro con Cristo no acalla lo humano. ¡Al contrario! Hace posible mirarlo, hace posible mirar con simpatía todo lo humano que hay en mí; es lo que me permite mirar también la oscuridad de mi corazón. A partir de aquí, empiezo a «observar la experiencia con mirada clara y a aceptar todo lo que exige lo humano» (p. 60), lo cual me abre a una espera. ¿Nos hemos descubierto con esta actitud? ¿Quién ha empezado a mirar con simpatía su propia humanidad? ¿Quién advierte algo nuevo en el modo de mirarse a sí mismo? Las afirmaciones que leemos en la Escuela de comunidad son como señales que hay que interpretar, no simples pasajes de un discurso; son señales que indican si estamos experimentando lo que allí se describe, si simplemente hemos llegado a saber o si realmente experimentamos una familiaridad.
Describimos brevemente estas señales.

Primera señal: la impotencia.
«El sentido de impotencia acompaña a toda experiencia seria de humanidad» (p. 61). Si uno empieza a mirar con simpatía y a medirse seriamente con su propia humanidad, descubre esta impotencia: toda experiencia seria de humanidad la hace emerger. En estos dos meses de Escuela de comunidad ¿hemos sentido a veces esta impotencia? Si la señal de que tenemos una experiencia seria de humanidad es que sentimos esta impotencia, no advertirla quiere decir que nos hemos quedado en la superficie. Lo cual significa que podemos agitarnos en mil iniciativas, participar en muchas actividades, pero no estamos siguiendo de verdad. Lo que muestra que realmente sentimos esta impotencia es el hecho de ser conscientes de que nuestro problema fundamental no puede encontrar respuesta en nosotros ni en los demás. Cuán a menudo pensamos: «La unión hace la fuerza; si estamos juntos venceremos nuestra impotencia». Esta imagen de compañía pone de manifiesto que uno no ha entendido de qué estamos hablando. Así es normal que la compañía decepcione. Y si esto sucede con la compañía, al final también sucederá con el matrimonio y con las relaciones de amistad. ¡Como si hubiera alguien que pueda solucionar nuestra impotencia! Empiezo a entender qué significa la impotencia cuando me doy cuenta de que mi exigencia no puede encontrar respuesta ni en mí ni en los demás.
«El sentido de la soledad nace en el corazón mismo de cualquier compromiso serio con la propia humanidad» (p. 61). Me han contado de una persona que empezó a acudir a la Escuela de comunidad hace unos meses y que, tras leer estas páginas, intervino diciendo: «¡Qué difícil es decirse estas cosas a uno mismo, pero más aún a los otros!; parecen un límite, un fraude, porque uno tiene que estar siempre a la altura». Y añadió: «Yo ahora no me siento sola porque tengo delante una propuesta». No conoce casi a nadie, por tanto no puede reducir la compañía a algo sentimental. Justo porque el problema de la soledad es la impotencia, lo que soluciona su impotencia es el hecho de tener delante una propuesta. ¿Entendéis qué diferente es este modo de pensar de como normalmente concebimos la compañía y lo que responde a la soledad? Nosotros reducimos la compañía a una cuestión sentimental.
Si hacemos bien la Escuela de comunidad su propuesta nos corrige en el sentido profundo del término y nos ahorra muchos líos. Si, en cambio, no aprendemos, seguimos a agitándonos, pero, al no entender, tomamos una dirección equivocada.
Segunda señal: la comunidad. «El que verdaderamente descubra y viva la experiencia de la impotencia y de la soledad no está sólo» (p. 61). Muchas veces a nosotros nos sucede justo lo contrario; cuando simplemente nos desahogamos con otro, cuando damos rienda suelta a nuestra instintividad, nos sale exactamente lo contrario: «Estoy solo ante este o aquél problema». Pero si es cierto que «el que verdaderamente descubra y viva la experiencia de la impotencia y de la soledad no está sólo», entonces hace falta que algo cambie en nuestro universo cielino. ¿Y cuál es la señal de este cambio? Que yo me sienta cercano a los demás sin cálculo ni pretensiones. ¿Cuántas veces en este tiempo os habéis sentido cercanos a los demás «sin cálculo ni dictadura, pero al mismo tiempo sin pasividad» (p. 61) «Sin cálculo» es lo contrario del pasotismo, es decir, de esa actitud por la cual, para no caer en la pretensión y en la medida, uno pasa de todo, asume una actitud pasiva. ¡No! Sin cálculo ni pasividad. Fijáos en la cantidad de veces que don Giussani utiliza la palabra «compromiso». Antes: «El sentido de la soledad nace en el corazón mismo de cualquier compromiso serio con la propia humanidad» (p. 61). Luego: «Un hombre sólo se puede decir seriamente comprometido con su experiencia humana cuando siente esta comunidad con los hombres» (p. 62); es decir, no cuando se afana por estar cerca de Fulano o Mengano, cuando se esfuerza por lograr una cercanía con el otro, sino cuando se sorprende cerca del otro porque experimenta la misma humanidad. «Cuanto más en serio me tomo mi humanidad...»: no se dice «cuanto más juntos estemos». ¡No! Tenemos que comprometernos con nuestra humanidad, porque esto nos hace sentirnos cercanos a los demás sin cálculo ni dictadura, nos hace sentir esta «comunidad» con los demás hombres. Muchas veces, como no lo entendemos, estamos juntos de manera arrogante y presuntuosa: no necesitamos a los demás, no los consideramos parte de nosotros, compañeros de camino, sino gente para gestionar no sé qué programa.

Tercera señal: la autoridad. Por autoridad no se entiende aquí los que tienen un rol, sino personas que de hecho «viven nuestra experiencia más intensamente, más comprometidos» (p. 63). Aparece por tercera vez el término «compromiso». El hombre que escribió estas páginas era un hombre así: el encuentro con Cristo no le restó responsabilidad, no mermó su humanidad; hizo emerger con claridad todos los factores de su humanidad, incluso esta intensidad de compromiso. Muchos de vosotros no le habéis conocido, pero quien escribe estas páginas fue así, y no habría podido hablar de este compromiso si no lo hubiera vivido en primera persona. En estas páginas podemos ver el testimonio de una humanidad más intensa, la que nace del encuentro. No se refleja en ellas que “como se encontró con Cristo ya estaba todo resuelto”. ¡No! Don Giussani fue un hombre que precisamente por su encuentro con Cristo se comprometió con toda su humanidad y pudo mirar con simpatía lo humano. Cristo no fue la coartada para no hacer nada. Sería como si uno me dijera: «He encontrado a la mujer de mi vida y me quedo allí parado, no me comprometo en nada». Y yo le digo: «no es verdad que la has encontrado, deja de decir mentiras; no es verdad que “no sabes qué hacer”; resulta evidente que no la has conocido». ¡El que la ha encontrado se compromete con ella! Si uno no se compromete, o no la ha encontrado o es un mezquino. No hay alternativa: o no la has encontrado o eres un inmoral y te resistes, porque ese encuentro no puede dejarte indiferente.
«La autoridad brota así como una riqueza de experiencia que se impone a los demás, que produce novedad, estupor y respeto...» (p. 63). ¿Qué autoridad has reconocido tú en este tiempo? Cuanto más vives tu humanidad, más descubres la autoridad. Autoridad es, en efecto, quien es más serio con su problema humano, y no hay otra autoridad más que esta. ¿Cómo habéis ejercido vuestra responsabilidad? ¿Tratando de ser serios con vuestra humanidad, tratando de vivirla en primera persona con toda su potencia, o reemplazando la falta de compromiso con vuestra humanidad por un autoritarismo que utiliza el rol para “mandar” a los demás? Esto podrá resultar más fácil, pero es completamente inútil. Todo esto nos juzga. Aunque, aquí lo que me importa no es que nos equivoquemos o no, no es cuestión de moralismo: lo que me importa es que si no vivimos así, con el tiempo Cristo dejará de interesarnos y nos quedaremos más solos que la una.
La autoridad no es aquel que me ahorra un esfuerzo, sino el que vive con mayor seriedad el compromiso con su experiencia humana, sabe qué es vivir como hombre y no cede a la tentación de ahorrármelo. Nosotros estamos aquí por el encuentro que hemos tenido, porque hay alguien que ha despertado el drama de nuestra vida. La mayor autoridad es la persona que al testimoniar lo que es ser hombre me despierta más la pregunta, aviva más mi corazón. Autoridad no es el que allana todo, de modo que todo cuadre en la organización. Si concebimos el movimiento como una “organización”, con el tiempo ya no interesará a nadie, ni siquiera a nosotros, porque el yo –en cuanto que es algo dado, un dato– es exigencia de totalidad: o encuentra algo que le corresponda y que avive en él esta exigencia de totalidad, o dejará de tener interés y de sentirse atraído. El corazón es algo tan objetivo que si no encuentra lo que le corresponde, nada le aferra ni le atrae lo suficiente. El moralismo nunca basta.
En 1982, en los primeros Ejercicios de la Fraternidad (cf. «La familiaridad con Cristo», en Huellas, n.2 febrero de 2007), viendo allí a sus primeros alumnos don Giussani cita una frase de Juan Pablo II de por sí impresionante: «No habrá fidelidad (...) si no existe en el corazón del hombre una pregunta, para la cual sólo Dios tiene respuesta». Todo el problema se resume aquí. No dice: «No habrá fidelidad si no sois buenos, si no sois coherentes». ¡No! Dice: «No habrá fidelidad si no existe en el corazón del hombre una pregunta, para la cual sólo Dios tiene respuesta». La fidelidad está ligada a una pregunta para la cual sólo Cristo es la respuesta. No está ligada por lo tanto a una cuestión ética, sino a una antropológica, es una cuestión que afecta al corazón del hombre. Por ello, o nos mantenemos en el drama que supone vivir o, antes o después, tampoco nosotros seguiremos siendo fieles. No podemos tener esperanza alguna en una fidelidad que se apoyada solamente en nuestra capacidad de coherencia.

Última señal: la petición. Nuestras experiencias, tomadas realmente en serio, exigen inexorablemente algo distinto, es decir, tienen una auténtica dimensión religiosa, no añadida sino implicada en la experiencia misma. Por ello don Giussani dice: «Reza quien es más realista», pide quien toma más en serio su experiencia humana. ¿Quieres saber si tomas en serio tu experiencia humana? Mira si has rezado y cómo has pedido, si has necesitado pedir a gritos, mendigar. Mira cómo has rezado: si lo has hecho por seguir el programa de CL o porque nace de las entrañas de tu necesidad. ¿Cuántas veces ha surgido nuestra petición de nuestra humanidad necesitada, tomada en serio, y cuántas, en cambio, de una costumbre o de un ritual, de manera que cuando no hay ritual no rezo? Por ejemplo, cuando tienes exámenes o llegan las vacaciones, como no se cumple ese ritual, no pides, dejas tu humanidad en stand by.

Ahora que empezamos el capítulo nuevo («El encuentro con Cristo»), hace falta retomar la Introducción de Los orígenes de la pretensión cristiana (Encuentro, Madrid 2001). No es que después de haber descubierto el calado de mi humanidad pasemos página y lleguemos a Cristo, dejemos atrás la premisa y empecemos a hablar de Cristo. ¡No! Don Giussani no habla de lo humano porque “deba” hacerlo –por lo cual, toca hablar primero del problema humano y luego de Cristo–, sino porque para descubrir quién es Cristo es indispensable tomar en serio lo humano. Cristo se propone, en efecto, como la respuesta al problema humano. Si quieres seguir adelante en la búsqueda de Cristo no puedes prescindir de lo humano y empezar a “hablar” de Cristo, porque Cristo viene a responder a tu problema humano. Cuanto más siente uno su humanidad y se compromete con ella, tanto más capaz será de reconocer a Cristo que sale a su encuentro. «No sería posible apreciar plenamente lo que significa Jesucristo si antes no apreciáramos bien la naturaleza del dinamismo que hace del hombre un hombre. Cristo se presenta, en efecto, como respuesta a lo que soy “yo”, y sólo tomar conciencia atenta y también tierna y apasionada de mí mismo puede abrirme de par en par y disponerme para reconocer, admirar, agradecer y vivir a Cristo. Sin esta conciencia, incluso Jesucristo se convierte en un mero nombre» (En los orígenes..., p. 9).
Abordamos, por tanto, este capítulo de la Escuela de comunidad sin dejar atrás lo anterior. Es otra cuestión decisiva. A menudo, para nosotros el sentido religioso es como una premisa; tanto es así que muchos dicen: «si ya somos cristianos, ¿por qué volvemos a considerar el problema humano, por qué volvemos al sentido religioso?». Pero, ¡si es Cristo quien despierta lo humano! No lo merma, no lo vacía, lo despierta continuamente para seguir ofreciéndose como respuesta gratuita. Solamente quien toma en serio su humanidad seguirá en la gran aventura del reconocimiento de Cristo. De otro modo, creeremos saber, cuando en realidad no sabemos nada. Justamente porque sigues deseando ver a la persona querida, te sorprende todavía verla. No es que cuando ya conoces a la persona amada todo quede resuelto y asunto concluido; más bien uno desea que nunca concluya; el día en que concluyera estarías acabado, sería la tumba de la relación. De igual modo supondría la tumba de la fe: uno seguirá quizás participando en algún ritual, pero Cristo perderá interés para la vida. Este es el problema de la fe: Cristo seguirá interesándonos si queda abierta la pregunta. «Habrá fidelidad si existe una pregunta para la cual sólo Cristo es la respuesta».
Al adentrarnos en el nuevo capítulo, leyendo los episodios del Evangelio que allí se relatan iremos conociendo lo que sucedió entonces y lo que ahora sucede entre nosotros: es la única posibilidad de continuar esta aventura del conocimiento de Cristo. Tendremos que tener también presentes dos cuestiones de método que don Giussani propone en Los orígenes de la pretensión cristiana: para los discípulos aquel encuentro se convirtió en un camino de certeza, porque la «convivencia» en el tiempo con Jesús y la «atención a los signos» les llevó a plantearse la pregunta: «¿Quién es este?», y a buscar una respuesta. Todo esto nos permite continuar ese camino de la certeza que fue el contenido de los Ejercicios del CLU (cf. ¿De qué le sirve al hombre ganar el mundo entero si se pierde a sí mismo?, suplemento a Huellas, n.2, febrero de 2007). Para hacer este recorrido personal, no dejemos caer en el olvido los Ejercicios. Trabajemos sobre la Escuela de comunidad y los Ejercicios, aprovechando toda la riqueza de lo que estamos viviendo.