01-04-2007 - Huellas, n. 4
Carta al movimiento

Milán, 28 de marzo de 2007

Queridos amigos:
La magnitud del acontecimiento que hemos vivido el sábado 24 de marzo en
la Plaza de San Pedro marcará para siempre nuestra historia. Sólo la identificación con
lo que ha sucedido con el tiempo nos hará descubrir todo su alcance.
El pueblo que somos, consciente de su fragilidad y, a la vez, de la gran suerte
que hemos tenido por la gracia recibida, ha acogido a Benedicto XVI y se ha dejado
abrazar por él.
No encuentro mejor modo de expresar lo que ha ocurrido que estas palabras
de don Giussani, que volvimos a escuchar el sábado pasado: «Si Dios se hiciese hombre
y viniese a vivir entre nosotros, si viniese ahora, si se hubiese colado entre el gentío, si
estuviese aquí entre nosotros, reconocerle, a priori lo digo, debería ser fácil… por una
excepcionalidad incomparable». «Qué sobresalto del corazón reconocerle –comenta una
de vosotros–, haber podido decir: “¡Eres Tú!”. Ayer, entre la muchedumbre, ¡Él se hizo
presente otra vez! Con esa excepcionalidad inconfundible de la Belleza y la Verdad que
se hacen carne».
Todos hemos sido testigos de lo que es capaz de hacer Cristo si nos dejamos
atraer por Él. Su atractivo, en efecto, se ha demostrado vencedor una vez más. Pero toda
esta belleza no habría bastado si cada uno de nosotros no hubiera estado dispuesto a dejarse
arrastrar por ella hasta el reconocimiento de Cristo presente. Ha sido, de nuevo, su
belleza, secundada con sencillez de corazón, lo que ha generado el pueblo que todos han
visto en Roma. ¡Gracias, amigos, por el testimonio que me habéis dado!
Os invito a fijaros en cómo ha estado el Papa entre nosotros y a retomar continuamente
lo que nos dijo –prestando atención también a “cómo” nos lo dijo–. Por mi
parte, quiero subrayar tres puntos:
1) el reconocimiento del origen personal del carisma: «El Espíritu Santo suscitó
en la Iglesia, a través de él [don Giussani], un movimiento, el vuestro, que testimoniara
la belleza de ser cristianos en una época en la que iba difundiéndose la idea de que
vivir el cristianismo es algo fatigoso y opresivo». Esto ocurrió en primer lugar en don
Giussani, herido por el deseo de la Belleza. Su experiencia se ha convertido en método:
«volver a proponer de modo fascinante... el acontecimiento cristiano»;
2) la confirmación de la permanencia del carisma en la experiencia del movimiento.
«El acontecimiento que cambió la vida del Fundador ha “herido” también a
muchísimos de sus hijos espirituales». Por ello, «Comunión y Liberación es una experiencia
comunitaria de la fe... originada por un encuentro renovado con Cristo... [que] todavía
hoy se sigue ofreciendo como una posibilidad de vivir de modo profundo y actualizado
la fe cristiana». De esa continuidad da testimonio el cambio que obra en nosotros
el mismo acontecimiento que cambió a don Giussani;
3) una renovada invitación a la misión: «“Id a todo el mundo a llevar la verdad, la belleza
y la paz que se encuentran en Cristo Redentor”. Hoy yo os invito a seguir por este
camino». Para responder a esta tarea el Santo Padre nos ha dado una preciosa indicación
de método: esto sólo será posible «con una fe profunda, personalizada y firmemente arraigada
en el Cuerpo vivo de Cristo que garantice la contemporaneidad de Jesús con nosotros
». Nos invita así a seguir un camino educativo en el que madure una fe tan profunda
y personalizada «en total fidelidad y comunión con el Sucesor de Pedro y con los Pastores
» que nos lleve a estar en la realidad «con una espontaneidad y una libertad que permitan
nuevas y proféticas obras apostólicas y misioneras». De esta manera podemos colaborar
con nuestro carisma, junto a nuestros Pastores, «para hacer presente el misterio
y la obra salvífica de Cristo en el mundo».
Pedimos todos juntos a la Virgen que nos haga dignos de esta tarea, sosteniéndonos
recíprocamente en la súplica para que cada uno diga su “sí”, que será tanto más
verdadero cuanto más conscientes seamos de nuestra desproporción.
Seguimos rezando por el Papa, testigo apasionado de Cristo ante nosotros.
Feliz Pascua de Resurrección.

Julián Carrón