| 01-05-2007 - Huellas, n. 5
página uno María: fe y fidelidad Apuntes de una intervención de Luigi Giussani en la XI Peregrinación al Santuario de Nuestra Señora de las Nieves (Adro, Brescia), 7 de mayo de 1989 Doy gracias a la Virgen y también al padre Gino por haberme invitado a compartir al menos un tramo de un gesto tan significativo y hermoso como es la peregrinación. Significativo y muy hermoso, porque es una imagen de lo que es la vida: también la vida –sin que uno ni siquiera lo piense o repare en ello– es un camino, paso a paso, hacia nuestro destino, que es Dios, el que nos hizo y nos dio padre y madre, el que nos espera y nos recibirá al final de nuestro humano trabajo. Sí, porque la vida es fatigosa: si Dios vino entre nosotros –lo habéis meditado andando–, si Dios vino para vivir y trabajar como todos nosotros, pero sobre todo si vino para morir, significa que la vida es algo fatigoso, laborioso. De hecho, es la prueba por la que hay que pasar para llegar a donde nos espera ese «reino celeste, –decía Jacopone da Todi– / que colma toda dicha / que el corazón ha deseado»1, donde nos aguarda la felicidad. Una madre trae un hijo al mundo porque existe la felicidad; si no fuera así sería angustioso traer hijos al mundo. La vida está llena de pruebas y para afrontarla hay que tener un determinado temperamento. No todos pueden ser atletas: yo, por ejemplo, no podría; para ser atleta hay que tener un físico determinado, y además es preciso entrenarse para estar mejor preparado. Pero, gracias a Dios, para la peregrinación de la vida hacia nuestro destino la personalidad solo necesita una cosa, algo muy elemental, tanto que Jesús comparó al que la posee con un niño: «Si no os hacéis como niños, no entraréis» (cf. Mt 18, 3); y luego, con los que nada tienen, con los pobres: «Dichosos los pobres» (Mt 5, 3). En una palabra –para explicarme mejor–, se necesita una gran sencillez de corazón, que implica también pobreza de espíritu. Una gran sencillez de corazón. Cuando miramos a la Virgen vemos precisamente el modelo de esa humanidad que camina hacia su destino, del protagonista del tiempo. ¿Qué sería el tiempo sin el hombre que camina hacia su destino? Sería inútil, como algo tirado en saco roto donde todo se acaba perdiendo. Pero cuando medito ante la figura de la Virgen me surgen unas serie de reflexiones que os propongo: 1. En primer lugar, la sencillez de la Virgen la hizo estar disponible para el designio divino. Como buena judía, ella también tenía una idea sobre cómo debía ser el Mesías que esperaban: habría llevado la paz a los corazones, la paz a la sociedad, habría hecho más feliz el camino de la vida o menos infeliz. Pero que Dios, para llegar a serlo, tuviera que hacerse niño en su seno, eso era algo imposible, era impensable para cualquiera. Y ante el anuncio del Ángel, ante su propuesta misteriosa, que no sabemos cómo sucedió pero que para ella fue algo evidente, ella dijo: «Sí, fiat». La sencillez es disponibilidad ante los designios de Dios: porque «mis caminos no son vuestros caminos y mis pensamientos no son vuestros pensamientos» (cf. Is 55, 8); el designio de Dios nos supera por todas partes, siempre, no puede permanecer encerrado en nuestras medidas o prisionero de nuestra imaginación. El que está siempre dispuesto a cambiarlo todo según lo que Dios quiere –y ¡cuidado!, que Dios quiere a través de las circunstancias, porque la Virgen tres minutos, un minuto antes de que sucediera, no podía ni imaginarse lo que iba a ocurrir; las circunstancias, especialmente las que más nos contrarían, que son las circunstancias inevitables, son precisamente las que nos señalan el camino de Dios–, el que está dispuesto a seguir no se aferra a nada suyo, es libre. La primera consecuencia es que está atento, es sensible a las necesidades de los demás. En cuanto se fue el Ángel, la Virgen, una chica de catorce o quince años, decidió enseguida hacer ese largísimo camino –cuando uno va a Palestina, lo recorre normalmente en autobús o en coche–, de más de cien kilómetros a través de un pedregal, para encontrarse con su prima, porque el Ángel le había dicho que Isabel estaba embarazada de seis meses. Lo primero que hizo fue compartir la necesidad y las fatigas de su prima Isabel, haciendo un enorme sacrificio. ¿Cuándo somos libres? Somos libres cuando estamos disponibles para lo que Dios quiera. Ante el Infinito, y sólo ante el Infinito, el hombre es libre, desprendido de sí mismo. Cuando uno es así, inmediatamente está dispuesto a compartir las necesidades de los demás. ¡Qué gran enseñanza para nosotros! Estos son los primeros rasgos de un hombre que vive la vida como peregrinación. 2. Pero hay otra cosa que me llama la atención, quizá lo que más me impresiona de todo. El Evangelio nos cuenta lo que le dijo el Ángel: «Serás la madre del Altísimo», y lo que la Virgen le respondió: «Fiat, hágase en mí según tu palabra». Punto. «Y el Ángel la dejó» (Lc 1, 35-38). Me gusta ensimismarme con ese momento, cuando el Ángel se fue y no había allí nadie más, y la Virgen estaba sola, una chica de quince años a solas con ese Acontecimiento que todavía no percibía, que no podía notar dentro de sí, pero que sabía: sabía que había sucedido y que se cumpliría. Y pensaría en lo que iban a decir sus padres, en lo que podía pensar José, su prometido, y la gente; sola, ya no había nadie en quien apoyarse. En ese momento alcanzó la cumbre de lo que se llama «fe»: la fe. 4. Pero –y es lo último que me permito sugerir– el Señor no espera al final: Jesucristo ha resucitado y se ha asentado en la raíz de todas las cosas (lo proclama la fiesta de la Ascensión); ha ocupado el lugar que le compete y que ocupará durante toda la eternidad. Es el Señor de todas las cosas y su madre participa de este señorío sobre todo lo creado, que lentamente va aflorando en el tiempo. A medida que la gente cree, va comprendiendo y es iluminada por el Espíritu, va tomando conciencia: se da cuenta de que el dueño de las cosas es «el Señor», es el hijo de María, Jesucristo. Pero quería añadir que el Señor no escatima obras grandes antes de la llegada del fin del mundo, el Misterio del Padre no escatima sus grandes obras, ¡tan grandes que anticipan de alguna manera el fin del mundo! ¡Cuántos milagros obra por intercesión de la Virgen! ¡Milagros! En Lourdes, cuando comenzaron las apariciones y todos los periódicos se burlaban –los radicales y los laicos, ambos masones– la Santa Sede instituyó una comisión para examinar todos los casos que se presentaban, que parecían milagrosos, y puso como condición que el presidente y los miembros de la comisión fueran preferentemente ateos, para que quedara claro que no defendía ninguna idea preconcebida. Todos los que presidieron las decenas y decenas de comisiones médico–científicas que han seguido los sucesos de Lourdes, una vez terminada la tarea sintieron el deber de escribir libros: libros escritos por ateos que describen milagros, pues al final se ven obligados a decir: «No se puede explicar, la ciencia no puede explicar estos hechos». Nota |