01-08-2007 - Huellas, n. 8
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Conocer la verdad es estar con Cristo
Recogemos el saludo del Papa al pueblo del Meeting de Rímini y la homilía del cardenal Tarcisio Bertone, Secretario de Estado del Vaticano, en la Santa Misa de apertura
Eminencia Reverendísima, Excelencia Reverendísima, queridos sacerdotes, queridos hermanos y hermanas: Agradezco de corazón que me hayáis invitado a presidir esta Eucaristía con la que se inaugura la presente edición del Meeting para la Amistad entre los Pueblos. Saludo cordialmente a los promotores y a los organizadores del Meeting, a los responsables y miembros de Comunión y Liberación, a las autoridades, a los invitados y a todos los presentes. Cumplo gozoso el encargo de transmitiros el saludo de bendición y la felicitación del santo padre Benedicto XVI, cuya cercanía espiritual me ruega os transmita, deseándoos que esta benemérita iniciativa, que él conoce y aprecia desde hace mucho tiempo, sea todo un éxito.
El Meeting, sobre todo en las últimas ediciones, se ha planteado, desde diferentes ángulos y puntos de vista, el problema del hombre y de las dimensiones constitutivas de su personalidad, de su sed de conocer y de alcanzar la felicidad. Esto os ha llevado a una reflexión, que va profundizándose cada vez más, sobre la relación del hombre con su destino y sobre su ineludible deseo de infinito. En la edición de este año, la pregunta de fondo que os planteáis concierne a la verdad, como figura en el título particularmente significativo que habéis escogido: “La verdad es el destino para el que estamos hechos”.
Esta sed de verdad constituye desde siempre un anhelo profundo y es un desafío para todo ser humano. De hecho, el hombre es “curioso” por naturaleza, se ve empujado a responder a los “porqués” de la vida, a buscar la verdad. Nuestro llorado papa Juan Pablo II, en su magistral Encíclica Fides et ratio, se expresa así a este respecto: «El hombre, por su naturaleza, busca la verdad. Esta búsqueda no está destinada sólo a la conquista de verdades parciales, factuales o científicas… Su búsqueda tiende hacia una verdad ulterior que pueda explicar el sentido de la vida; por eso es una búsqueda que no puede encontrar solución si no es en el absoluto» (n. 33). Definiendo poco antes de manera sencilla pero extremadamente eficaz al hombre como aquél que busca la verdad (n. 28).
En el actual contexto sociocultural, la verdad está perdiendo su valor universal para convertirse en una referencia “relativa”. El término “verdad” viene equiparado a menudo al de “opinión”, por lo que necesariamente se utiliza en plural: existen entonces muchas verdades, es decir muchas opiniones, que además suelen ser divergentes. Por eso parece que, en el clima de relativismo y de escepticismo que predomina en nuestra civilización, se proclama incluso una desconfianza radical respecto a la posibilidad de conocer la verdad. En esta pretensión moderna sobre la verdad se percibe, de manera acuciante, todo el escepticismo de fondo que contenía la pregunta de Pilatos ante Jesús: «¿Qué es la verdad?» (Jn 18, 38).
En un bello ensayo escrito hace algunos años por el entonces cardenal Joseph Ratzinger, refiriéndose a un libro de éxito del escritor y filósofo C. S. Lewis, “Cartas del diablo a su sobrino”, en el cual un demonio de alto nivel –llamado Escrutopo– dirige a su sobrino, Orugario, treinta y una cartas con instrucciones sobre cómo culminar con éxito la obra de seducción de un hombre –libro que sé que es muy popular también entre vosotros–, decía que el cardenal Ratzinger señalaba «que no es moderno preguntar por la verdad. El demonio pequeño había expresado ante sus superiores su preocupación de que precisamente los hombres inteligentes leyesen los libros de los sabios antiguos y pudiesen de este modo descubrir las huellas de la verdad. Escrutopo le tranquiliza recordándole que “la única cuestión que con seguridad nunca se planteará es la relativa a la verdad de lo leído; en su lugar se pregunta acerca de las repercusiones y dependencias, de la evolución del escritor, de la historia de sus influencias, y otras cuestiones análogas”. El resultado de esta operación es claramente la inmunización frente a la verdad» (Fe Verdad y Tolerancia, Ed. Sígueme).
Sobre este mismo tema, algunos años más tarde, en el curso de un encuentro con los estudiantes de la Universidad Lateranense, Joseph Ratzinger, ya como Benedicto XVI, afirmó: «si no se plantea el interrogante sobre la verdad y no se admite que cada persona tiene la posibilidad concreta de alcanzarla, la vida acaba por reducirse a un abanico de hipótesis sin referencias ciertas» (21 de octubre del 2006). Pero no sólo eso: ante una perspectiva como ésta la vida, privada de certezas, se vuelve opaca, sin sentido y en último termino está expuesta a cualquier forma posible de violencia y de prepotencia, como la crónica cotidiana nos obliga lamentablemente a constatar.
La palabra de Dios de este domingo XX del tiempo ordinario nos proporciona una útil reflexión precisamente sobre este tema. El texto de la primera lectura tomado del libro del profeta Jeremías (38, 4-6; 8-10), narra la experiencia de este profeta, presente en Jerusalén durante el asedio babilonio. Él sostenía que la resistencia era imposible porque traería consecuencias aún peores, por eso aconsejaba llegar a un trato con Nabucodonosor. Pero la gente, sobre todo los jefes, no estaba de acuerdo con él, querían una resistencia a ultranza, estaban dispuestos a soportar el asedio hasta el final. Es más, consideraban que Jeremías era un derrotista y se enfurecieron contra él. El rey Sedecías no se atrevió a oponerse a los jefes, decididos a infligir al profeta un durísimo castigo, y les dejó hacer. Entonces apresaron a Jeremías y le metieron en una cisterna. ¡En qué situación tan tremenda, y a la vez paradójica, se encontraba el profeta! Hablaba en nombre de Dios y sin embargo padecía la hostilidad de los suyos; parecía incluso que el mismo Señor ya no le protegía y le abandonaba en manos de sus enemigos.
El profeta no anuncia una verdad de compromiso o de conveniencia, una verdad oportunista, sino la verdad en toda su integridad, una verdad que corresponde a la voluntad divina, aunque resulte incómoda. Quien le escucha, escucha a Dios, quien lo pone en duda, se pone contra Dios. Jeremías encerrado en la cisterna nos recuerda a Jesús, que por dar testimonio de la verdad, sería condenado a muerte y conocería la oscuridad de la tumba, pero, igual que el profeta es sacado de la cisterna, así Cristo, volviendo de la muerte abandona victorioso el sepulcro.
El que esté decidido a servir a la verdad, quien quiera mantenerse fiel a Dios, deberá estar preparado para vivir la misma condición de Jeremías, la misma suerte de Cristo. Escribe Raimundo de Peñafort que todos los que quieren vivir plenamente en Cristo sufren persecución. Pero el cristiano, comenta san Gregorio Magno, cuando está iluminado por la verdadera sabiduría, no se amedrenta ante las traiciones o los padecimientos injustos a los que le puedan someter, y Teodoreto de Ciro añade que la fortaleza con la que Cristo afrontó la muerte debe ser un estímulo para que nosotros afrontemos con valentía las pruebas de la vida.
Es precisamente cuando parece que el mismo Dios nos ha abandonado, cuando tenemos que perseverar en la oración; entonces, haciendo nuestra la invocación del Salmo responsorial, repetimos llenos de fe: «¡Señor, ven deprisa a socorrerme!», seguros de que somos escuchados. Como Dios acudió en auxilio de Jeremías provocando la intervención de Ébed Mélek para salvarlo, así también se hace presente con su ayuda providencial junto a los que sufren y son rechazados por causa de la verdad y de la justicia.
El texto del Evangelio que acabamos de escuchar también nos comunica un mensaje importante: nos invita a no ceder a los compromisos cuando está en juego la verdad de nuestra relación con Dios. Dice Jesús: «¿Creéis que estoy aquí para dar paz a la tierra? No, os lo aseguro, sino división» (Lc 12, 5), ¿es que Jesús ha venido para encender el fuego de la discordia entre los hombres y en el seno de las familias? ¿Cómo es eso posible, si Dios es el Dios de la paz y del amor y Cristo es nuestra paz (cf. Ef 2,14)? ¿No murió Jesús en la cruz para destruir en su cuerpo toda la enemistad (cf. Ef 2,14-18)? ¿No es Él el que nos ordena amar incluso a nuestros enemigos (cf. Mt 5, 44 y Lc 6, 27-35)? ¿Su reino no iba a cumplirse en plenitud precisamente con la instauración de la unidad y de la paz (1 Cor 15,28)? En realidad es precisamente la defensa de la paz, del amor, de la verdad y del bien lo que está en el origen de una lucha sin cuartel entre el Todopoderoso y Satanás, su adversario, cuyo propósito es destruir la obra de Dios y apartar al hombre de su amistad. Desde el origen de la humanidad, desde el trágico acontecimiento del pecado original, Satanás está contra Él con la pretensión de, si tal cosa fuera posible, anularlo para instaurar su reino de caos, de odio y de infelicidad. Su objetivo es atraer al hombre hacia sí y subyugarlo. Para conseguirlo debe por todos los medios separarlo de Dios.
La historia demuestra que lamentablemente siempre ha habido muchos hombres que han caído en la red de Satanás; se hacen la ilusión de construir el progreso y de alcanzar la felicidad siguiendo las falaces indicaciones del Maligno que empuja al hombre a hacerse a sí mismo, a prescindir de Dios o, es más, a estar en contra de Dios. Sin embargo, el resultado es la frustración, la infelicidad y la muerte. Jesús ha venido a desenmascarar su estrategia diabólica, encubierta y hábil. Ha señalado a Satanás como único y verdadero enemigo de Dios y del hombre y ha emprendido contra él la gran lucha de la salvación.
El fuego que Él ha venido a traer a la tierra es, por lo tanto, el de la separación del demonio; el fuego de la verdad que ilumina el verdadero rostro de Satanás como padre de la mentira; el fuego que permite distinguir con claridad el bien del mal, la verdad del error. Se trata, pues, de un fuego de “santa” discordia que obliga a cada uno de nosotros a tomar postura, a decidir claramente si queremos estar con Dios o contra Él.
Conocer y elegir la verdad es estar con Cristo. La verdad –como subraya el tema del Meeting– es el destino para el que estamos hechos. ¡Qué actuales son hoy las palabras de Cristo, que resuenan en nosotros como una provocación constante: «Yo soy la verdad» (Jn 14,6)! Cristo es el único que puede identificar la verdad con una persona; Él es la verdad hecha persona, hecha humanidad, y quien le busca y le sigue alcanza la plenitud. «Si os mantenéis en mi Palabra, seréis verdaderamente mis discípulos y conoceréis la verdad y la verdad os hará libres» (Jn 8,32).
En la citada encíclica Fides et ratio, el papa Juan Pablo II escribía: «Quien vive para la verdad tiende hacia una forma de conocimiento que se inflama cada vez más de amor por lo que conoce» (n. 42). Por eso rogamos, con san Agustín «Quid fortius desiderat homo quam veritatem? ¿Qué puede el hombre desear más ardientemente que la verdad?». Toda la existencia del hombre está impregnada de esta pregunta que alcanza su respuesta plena en el encuentro con Cristo.
Que el Meeting pueda contribuir a que nuestra sociedad comprenda que “la verdad es el destino para el que estamos hechos”. Que María, Mater Veritatis, nos conceda ser buscadores infatigables de la verdad que es Cristo. |