| 01-08-2007 - Huellas, n. 8
Oriente Medio La soledad derrotada Akoury, 42 años, profesor en El Líbano: «En nuestra pequeña comunidad (una decena de personas) hay latinos, maronitas, melquitas, siríacos. Somos un trozo del Líbano, en donde conviven una quincena de ritos cristianos. Pero nos resistimos al particularismo, a la fragmentación. Ahora los cristianos están divididos también en la política, y de forma grave, entre pro sirios y anti sirios, pro sunnitas y pro chiitas, pro gobierno y anti gobierno. Vivimos continuamente en una posguerra. Ya vivimos la posguerra de la Guerra Civil, que duró tanto que nos cuesta recordar sus fechas, y ahora la posguerra de la guerra israelí en el sur. Es muy grande la debilidad y la precariedad de nuestro país. Desde el comienzo del año hemos experimentado una conciencia nueva: afirmar lo positivo en todo, dar crédito a nuestra experiencia de amistad y de unidad. Nunca nos saltamos la Escuela de comunidad, aunque haya manifestaciones, aunque las carreteras estén cortadas, aunque haya controles: ha sido nuestro punto de referencia. Pero nos damos cuenta de la crisis de los cristianos, de todos estos jóvenes que quieren marcharse». Said, 43 años, profesor en Egipto: «Esto constituye también un gran problema entre nosotros. Un cristiano no encuentra trabajo si el jefe de la empresa es musulmán. La vida ciudadana y los ambientes sociales son muy difíciles, a veces hostiles. Por eso los distintos grupos se cierran cada vez más en sus parroquias o en sus escuelas. Y para nuestros jóvenes la posibilidad de marcharse al extranjero, de terminar con todos estos problemas, se convierte en un sueño casi siempre prohibido». Rony, 46 años, responsable de la logística de los proyectos de AVSI en El Líbano: «Nosotros estamos, está nuestra certeza, y partimos de aquí, ya seamos muchos o pocos. Hay familias que durante la guerra civil se han marchado al extranjero, luego han vuelto con la calma de los últimos años, y a causa de la guerra del sur han huido de nuevo, desesperados. Conocen bien la importancia de la convivencia en nuestra tierra, saben bien que hemos sido un modelo positivo durante mucho tiempo; sin embargo cuando vislumbran el peligro, cuando está por medio la seguridad de los hijos, de la vida, entonces prefieren arriesgar sus principios, la educación verdadera, y se van. Otros, los más jóvenes, se marchan a trabajar a los países del Golfo, hacen dinero y cuando vuelven te das cuenta de que su punto de vista ha cambiado, tienen otros intereses, el consumismo les ha conquistado. Tengo que decir también que muchas veces los cristianos no son conscientes de la gravedad del problema. El comentario normal es: si se van al Golfo, antes o después volverán... Sí, pero, ¿cómo vuelven? ¿Con qué mentalidad? ¿Vuelven con el deseo de construir algo? Esta es la cuestión. Ante la tentación de huir, que se extiende cada vez más, nosotros tratamos de afirmar la positividad de la vida en cualquier condición. Para muchos podría parecer incluso una locura, pero nosotros... nosotros estamos hechos para esto. Y no faltan los signos. En nuestro trabajo existe un diálogo humano, el mismo diálogo que normalmente existía entre dos libaneses aunque fueran de religiones distintas. Es un hecho importante. Y esperemos que también nosotros podamos leer juntos El sentido religioso en árabe». Ettore, 42 años, Jerusalén: «Nuestra situación se parece en parte a la del Líbano y en parte a la de Egipto. En Tierra Santa –todos lo sabéis– se viven grandes tensiones por ambos lados, el árabe y el israelí. Nuestra presencia y nuestra vida no tienen pretensiones, no tienen presunciones. Existimos y estamos presentes. A cualquiera le podemos decir: ven y mira. Mira de qué forma es posible convivir, ser amigos e incluso hacer juntos, construir en común. Da igual si es mucho o poco, el método no cambia: en la experiencia de una enorme diversidad, de diferencias colosales que a veces asustan, el corazón del hombre es en el fondo idéntico». Mariam, 24 años, profesora en Egipto: «Nuestra familia vive en dos habitaciones. Somos cinco hermanos y mis padres, y necesitaríamos algo más de espacio. Veo a mis amigos y oigo sus discursos, el cansancio, la idea de que en otra parte estarían mejor. Sin embargo yo tengo que decir que nunca he tenido ese pensamiento. Alejandría es mi lugar, mi tierra, mi comunidad. No estamos solos, como he podido ver en el Meeting. La realidad de esta amistad por todo el mundo me hace estar tranquila. Sé que en Italia, en América, en Brasil y en Japón pensáis en mí, en nosotros. Jesús ha querido que estemos juntos, pero juntos no significa que tengamos que vivir en la misma calle o vernos en el colegio todos los días. Nuestra amistad hace que crezca en mí un pensamiento: que la soledad y el miedo han sido derrotados». |