| 01-02-2009 - Huellas, n. 2
«NECESITARÍAMOS Cuando la realidad nos pone a prueba, nuestras medidas no son capaces de proporcionarnos ese sentido que, sin embargo, necesitamos para seguir adelante. Y es, sobre todo, frente a circunstancias dolorosas e injustas, que no parecen destinadas a cambiar o solucionarse, cuando surge la pregunta: ¿qué sentido tienen? ¿Acaso podemos “llenar de sentido” una vida cuando nos encontramos frente a una persona como Eluana? ¿Podemos soportar el sufrimiento cuando supera nuestra medida? Imposible por nosotros mismos. Necesitamos contar con la presencia de alguien que viva con un sentido pleno esa vida que nosotros mismos vivimos a menudo como un vacío demoledor. Ni siquiera a Cristo se le ahorró el dolor y el mal, e incluso la muerte. ¿En qué fue distinto de nosotros? ¿En que fue mejor? ¿En que tuvo más energía moral? No sólo. Tan es así que, en el momento supremo de la prueba, pidió ser librado de la cruz. En Cristo fue derrotada la sospecha de que la vida fuese, en último término, un fracaso, porque en él venció la relación con el Padre. La presencia de Cristo es el único hecho que puede dar sentido al dolor y a la injusticia. Reconocer el bien que vence toda soledad y violencia es posible gracias al encuentro con personas que testimonian que la vida vale más que la enfermedad y la muerte. Para Eluana estas personas han sido las religiosas que la han cuidado durante tantos años, porque –como ha dicho Jannacci–, también hoy «necesitaríamos una caricia del Nazareno, ¡necesitaríamos tanto una caricia suya!». La caricia de aquel hombre que hace dos mil años, dirigiéndose a la viuda de Nain, le dijo: «Mujer, ¡no llores!». 10 de febrero de 2009 |