| 01-01-2009 - Huellas, n. 1
vida de cl Para que Cristo madrid El cumpleaños de Lola. El 14 de septiembre de 1988, Carmen carga en el coche sus maletas y algunos enseres y, junto a un amigo que le acompaña, parte para Madrid. «Quería llegar para el 15, el día del cumpleaños de Lola, la primera chica española de los Memores Domini. Durante aquel viaje tuve la percepción física de dejar un mundo para entrar en otro». Giussani la llama a menudo, muy a menudo. Le hace preguntas muy concretas: «¿Necesitas algo? ¿Qué tal va el español? ¿Qué hiciste ayer por la tarde?». «Estaba muy atento. Sabía perfectamente que el afecto a Cristo de una chica de 30 años estaba ligado a signos concretos». Antes de partir le había dicho: «Para nosotros, que nos queremos por Cristo, el único significado del sacrificio que supone la lejanía es que Cristo sea conocido, es decir, que otros se sientan queridos como nosotros. Si no fuera así no te dejaría marchar». Y otra cosa: «Sabes, los jesuitas, los misioneros, que antaño se marchaban a China, sabiendo que no volverían a su tierra, mandaban fotos en las que aparecían vestidos con los atuendos de los chinos, con los bigotes largos, hablaban su lengua, amaban ese pueblo. Se iban a la misión para ser una sola cosa con aquella gente: para ser más chinos que los mismos chinos. Para ti es lo mismo. Tú vas a España para volverte más española que los españoles. Porque Cristo es más yo que yo, es más italiano que un italiano, es más español que un español. Cristo es lo humano». Algunos años más tarde, le dijo riendo: «En la escritura se dice que Dios se sirvió incluso de la burra de Balaam. Esto significa que Dios es soberano, que la Gracia es imprevisible, y que se sirve de las personas que quiere para llevar a cabo su designio misterioso. Tú fuiste a aquella peregrinación, y ahora estás en España por un designio Suyo. ¿Ves? La fantasía de Dios es más grande que todos nuestros razonamientos». Intensivo de español. Durante el primer mes Carmen va a clase de español ocho horas al día. «Nunca me he sentido en España como una italiana en el extranjero. Giussani siguió llamándome, preguntando para comprender. Él que era tan inteligente, preguntaba siempre, me preguntaba también a mí, que no soy nada. Esto es algo que me guardo en el corazón. No se preocupaba de mis límites, de mis errores. Estaba seguro de que Cristo construye su obra misteriosa a través de personas con nombre y apellido, con una historia y un temperamento, y que a estas personas hay que acompañarlas y cuidarlas. Así lo hizo conmigo». SIENA Siena o Friuli. En la ciudad de Santa Catalina el padre Teodoro María Capra, olivetano, tiene un pensamiento fijo: atraer a los jóvenes a Cristo. En 1975 lee en un periódico acerca de los ataques violentos a los estudiantes de CL. Anota en su diario: «Sagrado Corazón de Jesús, te confío a Comunión y Liberación, a los que hasta ahora miraba con cierta desconfianza. ¡Oh Jesús!, me has dado claridad. Si lo crees conveniente, concédeme tenerles en esta parroquia, que hoy más que nunca te confío». El padre Capra empieza a buscar a don Giussani. Se encuentra con él en Milán y le pide que alguno de sus chicos vaya a Siena para hacer presente a Cristo. Quiere que sean personas que estudian en Milán, es decir, en contacto continuo con él. Durante un año, algunos universitarios van a ver al padre Capra. «En junio, durante una boda, Onorato Grassi, por aquel entonces responsable del CLU, me preguntó si quería continuar mis estudios en Siena –cuenta Dado–. Le respondí que tenía que pensarlo. Aquel verano estuve en Friuli, trabajando con don Fernando Tagliabue en la zona donde se había producido el famoso terremoto de 1976, en primavera. A finales de agosto don Fernando me preguntó si quería quedarme en la zona para levantar un colegio. Le respondí que le preguntaría a don Giussani. Volví a Milán, fui a Riccione, y allí le planteé la alternativa a don Giussani: ¿Friuli o Siena? Siena significaba no perder los exámenes y allí estaba Andrea, mi amigo, que desde hacía algunas semanas se había establecido definitivamente en la ciudad toscana. Recuerdo perfectamente que no me dijo lo que tenía que hacer, sino que me ayudó a decidir. Miró por mi bien y por el de Andrea. En octubre partí para Siena». En tren hacia Riccione. «También para mí todo empieza en Riccione. Incluso materialmente. Iba en el tren camino de la Asamblea de Responsables, cuando mi amiga Ornella me dijo: “Me voy a Siena a terminar la universidad, ¿quieres venirte?”. Entonces pensé: ¿por qué no? En aquel período en mi universidad siempre había problemas; además, lo había dejado con mi novio... Luego en Riccione, las palabras de don Gius. Al volver a casa, le pregunté a los míos qué pensaban al respecto. No pusieron ninguna objeción. “Basta con que no retrases tus estudios”, fueron las palabras de mi madre. Mi decisión fue la ocasión para encontrarme con don Giussani. El recuerdo de aquel encuentro es una imagen indeleble en mi vida. En un pasillo del PIME (Pontificio Istituto Misión Estere, ndr.), donde se ubicaba entonces la sede del movimiento, él me dejó hablar, y después empezó a preguntarme: ¿Qué piensan tus padres? ¿Y el estudio? ¿Te supone algún problema para los exámenes?”. Se preocupaba verdaderamente como un padre de que las condiciones materiales para vivir fuesen adecuadas. Y al final me dijo: “Lo importante es que estéis unidos entre vosotros. Lo que tenga que nacer nacerá vuestra unidad”. No tenía ningún proyecto. No hizo comentarios “ideológicos”. La aprobación de aquella partida fue sencilla y muy humana». Lorenza parte el 22 de octubre. Unidad y presencia. Son las palabras plantadas en los corazones de Andrea, Lorenza, Dado y Ornella. Conocen a mucha gente: cada circunstancia es una ocasión para comunicar «el afecto a esa presencia original» que ha cambiado su vida. «Nuestra dimensión era toda la ciudad, su gente, su historia, sus santos», explica Dado. La amistad con don Giussani es continua. Telefonea, escribe, cuando van a Milán siempre quiere verles. «Giussani era nuestra compañía, junto con Andrea, que guiaba nuestra unidad ya desde por la mañana, cuando rezábamos los Laudes. Recuerdo que llegaba acalorada a la iglesia, tal vez distraída, y él ya estaba esperándome. Nada más verme, se levantaba y empezaba a rezar. Así nos educó en el seguimiento de don Giussani: alguien que te espera, y te recibe levantándose de pie. Fue una aventura decisiva para nuestra vida». Incluso en los detalles. Cuando Lorenza tiene dificultades con su novio, Andrea le aconseja escribir a don Giussani, que le responde: «Mi querida Lorenza, te estoy muy agradecido por este gesto de amistad. La dificultad es seria, no la infravaloro, pero me parece que se trata de una prueba. La plenitud se halla en la tarea que Dios te encomienda. Sigue el signo que te ha hecho empezar. Pide con fuerza, con calma, sin pretender de ti misma con dureza, pide al Señor poder abrazar la compañía que te ha dado, pues si ésta no fuese verdaderamente la voluntad de Dios, Él te lo haría ver con toda claridad. Acuérdate –lo sabes– de que, sea como sea, el sacrificio nos acompañará: lo único necesario es poder aceptarlo con libertad. Cuando vengas a Milán dímelo, porque quiero hablar de esto con tranquilidad, para explicarte mi pensamiento. Mientras, estate tranquila, porque el trabajo de una verificación o continuidad no te quitará nada de lo que es bueno para ti: ¡eres libre! Un abrazo» Vocación adulta. «Fueron años en los que maduró mi vocación adulta. Porque dentro de aquella unidad, viviendo la relación con Cristo, con ellos y con Giussani, arraigó en mí la certeza que después me ha permitido afrontar todas las pruebas de la vida», comenta Lorenza. Para ella, una vez licenciada, esto significa dejar Siena y después... «Aceptar la propuesta de marcharme a Alemania a estudiar y continuar esa aventura misionera. Y después: el matrimonio, los hijos, el trabajo, y la muerte, el verano pasado, de Alberto, mi marido, uno de los que en el año 76 había acompañado a Andrea en sus primeros viajes a Siena. Todo por aquella Presencia misericordiosa que, como signo de Su predilección, llamó a Andrea y a Alberto a Su gran casa a la vez, el mismo día». Así fue también para Dado, que permaneció en Siena después de la licenciatura, hasta que enfermó y tuvo que volver a Milán. Y que más tarde marchó a Lima con Andrea, a la primera casa de Memores Domini de Perú. «También entonces Giussani me insistió en que velara por la unidad. Para mí una cosa está clara: tanto la vocación como la misión descansan en una Presencia que se nos concede y que reconocemos; no en un esfuerzo, sino un acontecimiento. La misma Presencia que ahora, después de 30 años, vivo con mis alumnos en el liceo en el que doy clase en Córsico, a las puertas de Milán». |