| 01-04-2009 - Huellas, n. 4
El valor de la vida A la hija de Pierre le diagnosticaron espina bífida al nacer. «El médico nos mostró fotos de otros niños con esta malformación, nos dijo que nuestra hija iba a ser un monstruo, que era mejor dejarla morir. Intentaba destruir el amor natural que sentíamos mi mujer y yo hacia nuestra hija recién nacida», nos contó Pierre. «Pero nosotros veíamos a nuestra hija, no simplemente unas malformaciones». Aquí comenzó la batalla de Pierre y su mujer, Mol, por la pequeña Liesje. Vivió hasta los 11 años. «Liesje disfrutaba de la vida, de los amigos… nos enseñó muchas cosas, pero sobre todo nos enseñó a consolar a otros». Y, sobre el aborto, añadió: «Utilizar la excusa de una calidad de vida pobre para matar al no nacido no es prevención, es un asesinato». Finalmente, terminó diciendo: «Cuando miras a la otra persona, la escuchas, la acompañas, descubres una belleza inesperada, como me ocurrió a mí con Liesje. Su corta vida es lo mejor que me ha sucedido jamás». Con el paso de los años Pierre, respondiendo a lo que tiene delante, ha llegado a ser presidente de la Federación Internacional de Espina Bífida e Hidrocefalia y ha puesto en marcha programas de ayuda a unos 6000 niños con espina bífida y pobreza extrema en Uganda y Zimbawe. Nos sentamos a charlar después del encuentro. Pierre, con su sonrisa afable, se declara ateo. Blanca cuenta que es de tradición católica, pero la abandonó en su juventud para después volver a ella a lo largo del camino de su vida. Los dos, cada uno siendo leal a las experiencias que la vida les ha puesto, han llegado a la misma conclusión: que la persona no está definida por sus límites, sus malformaciones o su enfermedad. Que la vida merece la pena siempre. Y si a una misma respuesta se llega desde caminos tan radicalmente diferentes, es que es verdad. |