| 01-04-2009 - Huellas, n. 4
EDITORIAL Es un riesgo grave porque nos impide ver lo que está en juego. Por ejemplo, el ataque contra la razonabilidad con la que la Iglesia afronta los problemas cotidianos del hombre –sean el sida o la crisis económica– niega de raíz la evidencia más poderosa que tenemos: que reconocer a Cristo permite conocer la realidad tal como es, pues la fe amplía la razón. Mientras que el escándalo ante la misericordia con la que el Papa abraza a quienes se equivocan –«un gesto inequívoco de lo divino» y por tanto «el mayor desafío» para nosotros, escribió Julián Carrón en el diario italiano Avvenire– constituye el rechazo más trágico y obstinado del hecho mismo que Cristo ha traído al mundo: la salvación. Obstinado en cuanto fruto de una razón tercamente cerrada. Y trágico porque trata de arrancar la esperanza de nuestra experiencia humana. Cristo rompió esa piedra. Su Resurrección abrió para siempre esa tumba y Él sigue vivo y presente en la historia, contemporáneo a todos nosotros. Lo expresa con vigor Benedicto XVI en un pasaje de uno de sus recientes discursos: «En el misterio de la encarnación está tanto el contenido como el método del anuncio cristiano». |