01-04-2009 - Huellas, n. 4

cultura
el caso galileo


Por qué quieren
un “santo laico”

Hace 400 años el genio pisano enfocó hacia el cielo su nuevo instrumento, el telescopio. Comenzaba así una revolución que afectaría a una civilización entera. Su artífice sigue siendo la bandera de los que defienden la incompatibilidad entre fe y razón.
¿Qué hay detrás de esta polémica? El historiador de la ciencia William Shea explica por qué habría que mirar el caso Galileo con ojos nuevos

Carlo Dignola

William R. Shea es uno de los principales expertos en Galileo. Es titular de la cátedra Galileo de la Universidad de Padua. Galileo enseñó en el ateneo de esta ciudad durante dieciocho años, entre 1592 y 1610. Shea procede de Cambridge, Harvard y de la McGill University de Montreal; ha sido director del Instituto de Historia de la Ciencia de la Universidad Louis Pasteur de Estrasburgo y se le considera una autoridad absoluta en Historia del pensamiento científico moderno. El 12 de marzo, con ocasión del año mundial de la astronomía proclamado por las Naciones Unidas, estuvo en el Centro Cultural de Milán para explicar «Lo que cuentan los cielos de Galileo» 400 años después de que inventara el telescopio. Habló de aquella noche del verano de 1609 en la que, desde la Torre de los dos Moros de Venecia, el genio pisano enfocó hacia el cielo su nuevo instrumento, mucho más potente que cualquiera de los que se habían construido hasta entonces, iniciándose así una revolución científica que desplazaría a la Tierra del centro del universo y que cambiaría también la cultura cristiana.
El profesor Shea no cree, como lo hacen otros colegas suyos, que Galileo fuera víctima intelectual de una Iglesia contraria por naturaleza a la ciencia. No le gusta que se le presente como icono que se esgrime cada vez que se plantean discusiones (relativas a cuestiones morales, no al método científico) entre creyentes y no creyentes. En su libro Galileo observed: Science and the Politics of Belief (escrito en colaboración con Mariano Artigas, cuya versión española publicará próximamente Ediciones Encuentro con el título Desmitificando a Galileo), Shea recuerda que el “caso Galileo”, utilizado por la Reforma protestante en clave antipapal. Hoy habría que mirarlo con nuevos  ojos, desechando los anteojos de la polémica tardo-ilustrada. Gracias a Galileo, hoy tenemos claro que si bien «los teólogos no deben pronunciarse a propósito de las leyes de la naturaleza», escribe Shea, también es cierto que «los científicos no deben atribuir valor religioso a las ideas especulativas a las que se ha llegado actualmente en el ámbito de la física».

Galileo Observed, profesor Shea: el problema consiste precisamente en analizarlo con cierta distancia, es más, con frialdad científica.
Exactamente. Sin mitificarlo. Superando la propaganda secular de los laicistas y de los clericales, que no de los católicos. Hay quienes están haciendo de Galileo un “santo laico”, intocable. Me sorprende la actitud de los colegas de mi generación a los que les preocupa lo que escribo no porque sea falso –al menos tienen la honestidad de admitir que es verdadero– sino porque lo consideran inoportuno.

¿Cuál fue el mérito de Galileo?
Tuvo la inmensa fortuna de disponer de una nueva tecnología que se estaba desarrollando entonces en Italia: lentes de una calidad excepcional. En el mes de julio de 1609 llegó a Venecia. Allí, su amigo Paolo Sarpi le dijo que alguien había descubierto cómo agrandar los objetos mediante lentes de vidrio. Las que hacían los artesanos de Murano eran superiores a cualquier otras de las que se fabricaban entonces en Europa. Jugando con una lente cóncava y otra convexa, Galileo consiguió agrandar un objeto primero seis veces, luego nueve, y así hasta veinticinco veces. Un resultado excepcional, que no se alcanzaría en otros lugares de Europa hasta veinte años más tarde. No acababa de comprender exactamente para qué servía ese maravillosos “juguete” pero tuvo la fabulosa y originalísima idea de dirigirlo hacia el cielo. Con ello abrió el camino de descubrimientos importantísimos.

Pero no lo utilizó sólo para fines científicos.
Si consigo agrandar los objetos diez veces con un telescopio, puedo identificar a la gente a distancia, puedo ver a un ejército cuando se está acercando y puedo evaluar sus fuerzas. El 22 de agosto de 1609, Galileo llevó a Venecia su invento y mostró a los notables las ventajas de reconocer las naves en el mar, de distinguir los diferentes tipos de cañones que hay en una fortaleza… Era un hombre de gran inteligencia y bastante astuto.

¿Sabía moverse en la política?
Manejar el dinero sí. Carecía, en cambio, de habilidad política.

Cuando regresó desde Padua a Toscana, su vida cambió.
Se convirtió en un cortesano. En Florencia, Galileo tenía que destacar como el intelectual más brillante, el más inteligente, porque era lo que el Gran Duque de Toscana esperaba de su matemático oficial. Cambió de oficio. Como puede pasar hoy en día con un buen profesor universitario, abierto al dialogo, que se mete en la política y de repente se convierte en un dogmático.

Pero su éxito tuvo un precio.
Perdió el sentido de las proporciones. Empezó a tratar a sus colegas de Pisa con cierta arrogancia. Empleaba una ironía que a veces lindaba con la caricatura y que resultaba hiriente. Sobre sí mismo, en cambio, no bromeaba en absoluto.

Por su carácter no resultaba ser un hombre fácil de tratar. Usted le define como troublesome, un personaje molesto, un cizañero.
Galileo era un genio. Psicológicamente, se fue deslizando hacia una exagerada consideración de sí mismo. Ciertamente fue un hombre fascinante, pero era muy duro con los que no compartían su visión de las cosas. También esto explica, en parte, por qué fue condenado. Las verdaderas razones me resultaron algo oscuras durante mucho tiempo, hasta que leí su correspondencia. La gente, en Pisa, más bien se alegró de su censura. Qué extraño, ¿no? Lo lógico habría sido una protesta, una carta de desaprobación… pero no hubo nada de esto en el mundo intelectual que le rodeaba.

¿Qué peso tuvieron estos elementos en su relación con Urbano VIII?

Maffeo Barberini también estaba convencido de su propia superioridad: se consideraba el mayor poeta italiano de su tiempo, cosa que se descarta radicalmente, como es sabido. También Barberini fue un personaje muy arrogante. Toscanos, ambos. Algunos aspectos de su relación resultan graciosos… Aunque con Urbano VIII reírse podía resultar peligroso. Cuando el Papa leyó el Diálogo sobre los sistemas máximos se vio retratado en la figura de Simplicio.

Que representa al necio, como su propio nombre indica.
Y se enfadó mucho.

¿Por qué fue condenado Galileo exactamente?
Le habían advertido de que no enseñara la doctrina de Copérnico como teoría física. Pensando que no trascendería, lo hacía entre unos pocos allegados. Pero, naturalmente, en un Estado absoluto como era el que gobernaba entonces el Papa, los personajes tan importantes como él tenían un expediente abierto, y a raíz de esto le condenaron.

Juan Pablo II pidió que la Iglesia revisara el “caso Galileo”. Usted, como hombre de ciencia, ¿qué opina de esta decisión?
Fue un gesto muy interesante. Pero siempre hay que enmarcar históricamente los hechos. La Iglesia y la ciencia del siglo XVII eran muy diferentes a las de hoy. Creo que también desde el punto de vista religioso deberíamos hablar más de nuestros deberes actuales y no juzgar con presunción a los que nos han precedido. Es cierto que podemos aprender de lo que sucedió en el pasado, pero si pretendemos condenar, con la conciencia que tenemos hoy, todo lo que no se hizo hace 400 años, la lista de “pecados” –no sólo en todas las confesiones religiosas, sino también en todos los Estados laicos– sería bastante larga. A Galileo se le ha instrumentalizado.

La Iglesia se equivocó, pero él también cometió algún error.
En el ámbito de la ciencia hace falta una mayor crítica interna. También creo que es necesario que una autoridad moral como la Iglesia tenga modestia y espíritu franciscano, cosa que entonces no hubo.

¿Se ha encontrado algo nuevo con la apertura de los archivos vaticanos?

Es una pena que no se haya hecho antes: no ha salido nada. Lo que se ha descubierto es que no había nada que descubrir mas que algunos detalles sobre el ambiente de Roma en aquellos años. En el Vaticano se muestran extremadamente amables con nosotros, los investigadores; hay un monseñor español que facilita la búsqueda a todo el que llega, sea de la tendencia religiosa que sea.

Usted también ha estudiado a Pascal, a Descartes, a Newton o a Kepler: todos estos genios de la ciencia moderna tuvieron gran confianza en la razón humana, pero también tenían fe en Dios.
Sin duda. Estaban convencidos de que la racionalidad del hombre encuentra su fundamento en la racionalidad misma de la Creación y de que –como dice Galileo– conociendo el “libro de la Naturaleza” podemos llegar a conocer algo de la Mente de Dios. Se podría escribir un libro sobre la religión como motor de la revolución científica. La imagen judeo-cristiana de un Dios que crea con inteligencia ha contribuido sin duda al desarrollo de la ciencia moderna. Casi todos sus fundadores hablan de Dios, del Dios de la revelación cristiana.

¿Galileo, en concreto, era cristiano?
No leía la Biblia y no iba a Misa más que de vez en cuando. Era un creyente de andar por casa; se consideraba católico, aunque no llevaba una vida moralmente intachable. Al leer su biografía descubrimos que fue de peregrinación a la Virgen de Loreto; y no es que le gustara caminar, porque estaba aquejado de una hernia doble. Uno no hace semejante esfuerzo porque sí.

¿Qué idea tenía de Dios?
No habla nunca de Jesucristo: el suyo era más bien un “Dios de la naturaleza”. Galileo no fue en absoluto un teólogo. Gracias a las investigaciones más recientes sabemos que se apoyaba para sus reflexiones en un grupo de sacerdotes barnabitas –uno llamado Baroncini, y el prior del convento de Pisa, Tartaglia– quienes habían comenzado a interpretar la Biblia como un documento de tipo espiritual, recuperando el pensamiento de los Padres de la Iglesia. Se estaba llevando a cabo entonces en el seno de la Iglesia católica una reflexión avanzada sobre estos temas y Galileo pudo disponer de ella. En este campo, antes que un pensador original, Galileo fue un “buen cronista”: con su fina prosa –fue un excelente escritor– supo presentar de manera vibrante aquellas ideas teológicas que podían resultar áridas. Pero fueron otros los que trabajaron en estos temas antes que él. Como suele suceder en los procesos intelectuales, Galileo difundió ideas que no eran suyas.

Usted ha definido como naif la convicción de que la libertad absoluta de la ciencia lleve «necesariamente a un mundo mejor». Ha escrito que la ciencia no puede ser la «última instancia» en cuestiones de carácter moral.
Actualmente, nuestro conocimiento científico puede intervenir en la persona modificando su ADN e incluso su cerebro. Creo que se hace necesaria una reflexión. No podemos alterar la naturaleza del hombre sin razonar sobre sus posibles consecuencias. Nos encontramos en un momento crítico en el que la Iglesia y otras instituciones deben aportar su contribución en el plano estrictamente racional, no emotivo. Naturalmente estoy hablando de una racionalidad que no se limita a la tecnología: la razón es una facultad más amplia, es relación entre seres humanos, respeto a la libertad. Estos son los temas que se están tratando. El “caso Galileo” es un reclamo a la cautela, a atender a la complejidad de los fenómenos.

¿Pero por qué se sigue discutiendo?
Sigue vigente una tensión entre creyentes y no creyentes que en ocasiones resulta extraña. Se está inventando un “san Galileo” que no responde a la realidad histórica, que es ficticio. Pero por encima de esta polémica, creo que lo que pasa es que muchos científicos desconocen completamente lo que es la Iglesia.