| 01-05-2009 - Huellas, n. 5
la historia El jueves después del terremoto, mientras estaba con las cien mujeres del Meeting Point de Kireka, un barrio de Kampala (en el que las mujeres pican piedras para sacar algo de dinero), les leí el manifiesto de CL sobre el terremoto en los Abruzos, que me habían enviado desde la secretaría de Italia. En lengua acholi me dijeron: «Los afectados son de los nuestros. Tenemos que hacer algo». Me preguntaron si había alguna manera de ir a ayudarles, de llegar con un autobús. Los periódicos contaban que había todavía personas bajo los escombros, y ellas querían ir a los Abruzos para apartar los escombros y sacar fuera los cuerpos. Les dije que era imposible, porque los Abruzos estaban lejísimos, y que el único medio para llegar allí era el avión. Y ellas respondieron: «Tenemos que hacer algo, porque estos son de los nuestros, por lo menos enviar una ayuda para mostrarles que son de los nuestros, que nos pertenecen». Una mujer dijo: «Son los de la tribu de don Giussani». Estaban tan afectadas, que cuando me marché me dieron el equivalente a 250 euros, una cifra altísima para ellas. Me pidieron que si podía lo hiciera llegar allí cuanto antes, tal vez para pagar a alguien que ayudara a sacar a las personas de los escombros. Querida Rose: Alguien me abrió los ojos y me hizo descubrir quién soy, que mi vida vale porque es amada. Puedo decir que somos la tribu de don Giussani y del Papa, que nos han amado y que sin duda darían y han dado todo por nuestra vida. Nosotros hemos aprendido de ellos. Los que están sufriendo por el terremoto son de nuestra tribu, y yo les quiero hacer llegar mis sentimientos y mi amor: mi contribución es una señal de esto. Tú sabes, Rose, que una persona que jamás ha experimentado el amor no puede comprender lo que sentimos nosotros por estas personas. Porque el amor es un movimiento del corazón que no se puede explicar. Las personas que no aman sólo pueden responder de forma mecánica; sin embargo conmueve que alguien se haya movido por ti y llore por ti como nos ha pasado a nosotros. Dile a esas personas, si puedes, que las amamos y que les pertenecemos. Sentimos su dolor porque es algo que también nosotros hemos sufrido. Que Dios les acompañe en este momento de dificultad, les proteja y les consuele de nuestra parte. |