| 01-05-2009 - Huellas, n. 5
Actualidad Giorgio Paolucci Permaneced en mí. El Papa ha lanzado un llamamiento a la comunidad cristiana –reducida ya al 2 por ciento de la población y en la que crece la tentación de emigrar hacia destinos más seguros– para que reconozca que la unidad es un don de Cristo, y ha invitado a los cristianos a permanecer en los lugares donde se manifestó el acontecimiento que ha cambiado la historia del mundo, para que no se conviertan en museos donde las piedras vivas darían paso a restos arqueológicos. Las raíces comunes con los hermanos mayores. En el día de su llegada a Israel, ha recordado que la fe cristiana se injerta en el buen olivo de Israel, representado en el árbol que él mismo ha plantado en la residencia del Presidente Simón Peres. Así pues, los destinos de la Iglesia y del pueblo judío están misteriosamente entrelazados. «Somos alimentados por las mismas raíces espirituales. Nos encontramos como hermanos, hermanos que en algunos momentos de nuestra historia han tenido relaciones tensas, pero que ahora están firmemente comprometidos por construir puentes de amistad duradera». Y en su visita al Memorial del Holocausto, ha rendido homenaje a los seis millones de hebreos exterminados por una ideología atea, y ha evocado el rostro y el nombre de cada uno, un rostro y un nombre que no han podido ser borrados por los asesinos, ya que son custodiados por el Omnipotente. Todo el discurso del Papa en Yad Vashem nacía de la sabiduría contenida en la Torah de Israel. Ha sido un alegato estremecedor contra el negacionismo, el reduccionismo y el olvido, y al mismo tiempo una proclamación de confianza total en el Dios de Abrahán, de Isaac y de Jacob, el Dios que permanece fiel a sus promesas y que no puede abandonar a su pueblo. Reiteró su condena de la Shoah en el discurso pronunciado al término del viaje: «Este espantoso capítulo de la historia nunca debe ser olvidado o negado. Por el contrario, aquellos oscuros recuerdos deberían reforzar nuestra determinación para acercarnos aún más los unos a los otros, como ramas del mismo olivo, alimentados por las mismas raíces y unidos por el amor fraterno». Islam. Elogio de la razón. En los siete días de su estancia en Tierra Santa el Papa ha entrado dos veces en una mezquita. Como hizo en Ratisbona en 2006 –entre incomprensiones y malentendidos por parte de quienes no prestan atención a la lógica rigurosa de sus palabras– ha vuelto a señalar que la razón es el terreno privilegiado para el encuentro con el mundo islámico. Una razón que –como reiteró en el encuentro con los jefes religiosos musulmanes en la mezquita nacional jordana de Al-Hussein Bin Talal– «se eleva al nivel más elevado cuando es iluminada por la luz de la verdad de Dios». Una razón que debe caminar junto con la libertad. «Los que veneramos al Dios Uno –dijo tras haber visitado la Cúpula de la Roca, en la Explanada de las Mezquitas– creemos que Él pedirá cuentas a los seres humanos por sus acciones. Los cristianos afirmamos que los dones divinos de la razón y la libertad se encuentran en la base de esa responsabilidad. La razón abre la mente para entender la naturaleza y el destino común de la familia humana, mientras que la libertad lleva al corazón a aceptar al otro y a servirle con caridad. El amor indiviso por el Dios Uno y la caridad hacia el prójimo se convierten en el eje alrededor del cual gira todo lo demás». El muro de cemento y el de los corazones. La peregrinación de la fe y del diálogo entre culturas y religiones no podía evitar los escollos de la política en el marco de una convivencia tan difícil. El más evidente es el muro que Israel ha construido para defenderse de los ataques terroristas y que ha hecho aún más dura la vida de miles de palestinos. El Papa lo ha definido como «una tragedia», pero ha recordado que «lo más necesario es, sin embargo, derribar los muros que construimos en nuestros corazones». «Una de las imágenes más tristes para mí durante mi visita a estas tierras ha sido el muro –dijo en su discurso de despedida–. Al pasar a su lado, recé por un futuro en el que los pueblos de Tierra Santa puedan vivir juntos, en paz y armonía, sin necesidad de semejantes instrumentos de seguridad y de separación, sino más bien respetándose y confiando mutuamente, renunciando a toda forma de violencia y agresión». En los territorios palestinos. El Papa no ha sido portador de un discurso político, sino una mirada que nace de la fe. Una mirada que no puede sino conmoverse ante la situación de injusticia que padecen ya varias generaciones de palestinos, incrementada por la trágica presencia del muro que divide familias y territorios. No ha señalado culpables, comprende la dramática necesidad de los israelíes de contar con fronteras seguras, y ha pedido a todos que rechacen la tentación de la violencia y del terrorismo. La segura esperanza. Como ha dicho en el Santo Sepulcro, «el Evangelio nos dice que Dios puede hacer nuevas todas las cosas, que la historia no tiene que repetirse necesariamente, que la memoria puede ser purificada, que los amargos frutos de la recriminación y de la hostilidad puede ser superados, y que un futuro de justicia, de paz, de prosperidad y de colaboración pueden surgir para el pueblo que vive en esta tierra, tan querida para el corazón del Salvador». |