| 01-06-2009 - Huellas, n. 6
ejercicios de la fraternidad La escisión entre saber y creer Yo creo que el pintor debe tener dentro de sí la imagen antes de plasmarla en el lienzo. Creo también que esta imagen no puede nacerle más que de una posición y una convicción ante el mundo y desde dentro de él, desde una verdad, en definitiva, que esa convicción y posición suya determinan. Ahora ya no soy comunista, lo sabes bien, sino cristiano católico, y precisamente en cuanto tal no puedo impedirle a nadie la búsqueda de lo que cada uno cree que es la verdad y luego su afirmación, aunque no sea tal para mí (no puedo repetir el error que has cometido tú, hablando de Cristo de forma ordinaria, simple y vulgar…). Me pregunto si todo este equívoco que está en la base de mucha pintura, y también de la vuestra, no haya que buscarlo en otro equívoco, en el que tú mismo has caído al escribir estas palabras: «Una verdad activa, una verdad peleada, buscada en el mar de la fantasía y de la imaginación». (…) Pero, ¿acaso puede buscarse la verdad en el mar de la fantasía y de la imaginación? Y, aunque la hallarais, ¿qué clase de verdad sería? ¿De nuevo y sólo la de un pintor, la de la fantasía de un pintor? ¿No te das cuenta de que en el mar de la fantasía y de la imaginación sólo se puede encontrar una forma figurativa de la verdad, que será siempre algo relativo con respecto a la verdad? (…) Querido Guttuso, yo no creo que el problema sea poder llegar a la realidad, sino poder partir de la realidad. Es decir, tener una Fe que permita partir. Y no tanto para pintar, créeme, sino para vivir. Este es el punto sobre el que ciertamente no estamos de acuerdo. Cree que ha descubierto el secreto del universo, que consiste en el hecho de que no existe ningún secreto. Pero este es el problema de los modernos: no tienen el sentido del misterio. La ciencia moderna poco puede hacer ahora para restituirnos el sentido experiencial del mundo, pues por desgracia ha hecho mucho por embotarlo. Acostumbrados a pensar que existe una explicación para todo lo que nos sucede, hemos delegado en la ciencia la formulación de las preguntas y de las respuestas, hasta el punto de “desaprender” nuestra misma experiencia, para dejar que hablen de ella los expertos de turno. Parece una Iglesia destinada a apagarse y a dejarse sustituir por una concepción racional y científica del mundo más fácil y experimentable, sin dogmas, sin jerarquías, sin límites posibles al goce de la existencia, sin cruz de Cristo. Y si se prescinde de la Cruz de Cristo, con todo lo que ella comporta, ¿qué queda de nuestra religión? ¿Qué queda de nuestra Iglesia? Vistas así las cosas, se comprende que la Iglesia pasa por un momento de dificultad (…) ¿No se ha abierto, tal vez, un abismo insalvable entre el pensamiento moderno y la vieja mentalidad religiosa y eclesial? ¿No ha absorbido la cultura profana ese tesoro de sabiduría, de bondad, de socialidad, que parecía ser patrimonio característico de la religión católica, hasta llegar casi a vaciarlo y a privarlo de su razón de ser, para trasvasar este patrimonio a la mentalidad laica y civil de nuestro tiempo? ¿Hace falta todavía que la Iglesia nos enseñe a amar a los pobres, a reconocer los derechos de los esclavos y de los hombres, a cuidar y a asistir a los que sufren, a inventar alfabetos para pueblos iletrados? Todo esto lo hace el mundo profano por sí mismo, y según parece, lo hace mejor; la civilización camina con fuerzas propias. (…) «La primera condición para que el movimiento sea un acontecimiento para mí, para que sea un fenómeno imponente, la primera condición es precisamente el sentimiento de la propia humanidad […]: el “amor a uno mismo”». ¿Qué significa este amor a uno mismo? No se trata de un sentimentalismo: «El amor a uno mismo nos reconduce al descubrimiento de las exigencias constitutivas, de las necesidades originales, en su desnudez y amplitud […]: una espera sin límite. […] En esto consiste la originalidad del hombre; la originalidad del hombre es la espera del infinito». «En el transcurso de una guerra, la batalla decisiva puede haber ocurrido bastante antes del final efectivo del conflicto. Sólo quien conoce el carácter definitorio de esta batalla tendrá la certeza de que a partir de ella la victoria ya es un hecho. La mayoría sólo creerá cuando el Victory-day sea anunciado. Así, el Gólgota y la resurrección –los acontecimientos decisivos de la historia de la salvación –le dan a aquél que cree en el Día del Señor la certeza del futuro último. En ambos planos –en la historia secular y en la historia sagrada–, la esperanza en el futuro descansa en la confianza en un acontecimiento ya ocurrido. La tensión entre la batalla decisiva y el V-day final se extiende sobre el entero período intermedio como sobre la última, pero no todavía definitiva, fase de la contienda, pues la meta final es la paz. El resultado de la batalla decisiva sugiere que el final ya es un hecho y, sin embargo, aún se sitúa en una lejanía indefinida, pues nadie puede pronosticar de qué esfuerzos será capaz aún el enemigo para postergar su derrota definitiva». …Mirado desde el origen, desde el humano ser [el hombre] se asemeja a una herida que no puede cerrarse. La herida no está sólo en nuestras cosas. Está ante todo en nuestra mirada… El misterio que nos rodea sólo nos encuentra disponibles para acogerlo en algunos momentos. Pues ¿dónde y cuándo experimento yo mismo mi vida bienaventurada, para que me acuerde de ella, y la ame y la desee? En esto no estoy yo solo, ni tengo pocos que me acompañen, pues todos deseamos ser bienaventurados, lo cual no apeteceríamos con una voluntad tan firme y determinada si no la conociéramos con certeza y no tuviéramos de ella cierta y segura noticia. Su vida le parecía ahora tan vacía con respecto a los últimos días, galvanizados por (su) presencia. Y no sólo vacía: tenía la impresión de que antes de su aparición había actuado sin reflexionar, de forma casi mecánica, automática, superficial. Pero ahora…, cada cosa que le sucedía, cada persona con la que se encontraba, cada pensamiento suyo… todo se unía y se relacionaba con un único punto central, profundo, desbordante de vitalidad. ¿De qué es falta esta falta, Algo que se da antes El carácter repentino de los dones divinos no tiene nada de fugaz. Lo que viene… llega sin preparativos…; pero con su irrupción abre un tiempo nuevo, de una novedad que no pasa y que se renueva incesantemente. Con tu mirada tibia La vida es un hacerse que se sostiene en algo que simplemente viene, que está allí antes. Anticipa tu despertar cuanto quieras: ya lo encontrarás ahí, siempre llegará antes. El acontecer es más originario que el hacer, cuyas obras se tejen en la trama de lo que acontece. Es fácil para un niño señalar cada domingo los errores del sermón en el camino de la Iglesia a casa. Es imposible que encuentre el Amor oculto que hace que un hombre, a pesar de sus limitaciones intelectuales, sus neurosis y su falta de fortaleza, renuncie a su vida para servir al pueblo de Dios, independientemente de cuán a trompicones lo haga... El florecimiento de la esperanza La sola idea constante de que exista alguna cosa infinitamente más justa e infinitamente más feliz que yo, me llena de una ternura sin fin y de gloria. El hombre necesita, más que ser feliz, saber y creer en cada instante que existe una felicidad tranquila y perfecta, para todos, para todo. Jamás nos abandonará, porque por su voluntad la tierra es una anticipación del Reino de los Cielos y forma parte del cielo desde hoy. Esa tosca nodriza de todos, la esfera que es un punto en el infinito, y sin embargo contiene la esperanza del infinito, Cristo la ha recobrado para sí como propiedad eterna, y hoy está más ligado a nosotros que cuando comía el pan en nuestros campos. |