| 01-06-2009 - Huellas, n. 6
EDITORIAL Festejar el hecho de que Cristo existe y sacia nuestro corazón. «Hasta que no nos demos cuenta de esto, no podremos comprender la gracia que hemos recibido al conocerle; no nos sorprenderemos de que Alguien haya tenido piedad de nuestra nada y nos haya dado esa gracia, absolutamente inesperada, que ninguno de nosotros merece y que muchos hombres buscan a tientas. Nosotros la hemos recibido, pero a menudo vivimos como si no fuera así». Es un juicio que pone al descubierto nuestro malestar o insatisfacción latente. Aunque Cristo haya entrado en nuestra vida y tantos gestos y rostros nos lo manifiesten contemporáneo, puede que nos resulte completamente ajeno «festejarlo». El método de la fe es Cristo mismo. Por ello, «ya no os falta ningún don de gracia», nos dice san Pablo. Basta con que nuestra humanidad despierte de la anestesia a la que está sometida para que la vida se llene de alegría por la correspondencia entre nuestro deseo infinito y Su presencia carnal. Esta alegría puede ser una fiesta. Cualquier circunstancia –trabajo, familia, política, vida diaria o la iniciativa de entregar un manifiesto a un amigo– es la oportunidad para reconocer Su presencia que actúa. Incluso –aunque parezca increible– una campaña electoral. Lo saben perfectamente quienes, superando una lógica de poder, la han aprovechado para verificar esta “correspondencia imposible”. Ahora que han pasado las elecciones, éstos pueden seguir celebrando, con mayor certeza que antes esa fiesta que Cristo mismo es para el corazón del hombre. |