| 01-07-2009 - Huellas, n. 7
la historia Fulvia lo busca y lo encuentra. Y tras decirle un «gracias» que es ya un abrazo, le hace a él las preguntas que figuraban en la hoja: ¿pero qué es lo que te han contado tus compañeros? ¿Y por qué dices que tengo un amigo? El contesta: «Me han hablado de Franco, tu amigo que está en la cárcel... de Rose... de las flores, y que detrás de todos ellos hay un regalo más grande... De que tú también vas a la escuela con los amigos de Jesús y que así le conoces mejor...». Sencillo, como un niño. Fulvia vuelve a pregntar: ¿Pero por qué estás seguro de este famoso “amigo”? ¿Tú quién crees que es, entre todos de los que yo hablaba? «Es Jesús, ¿no? Tú hablas de todas esas cosas que pasan, todos los días... Es Él el que las hace ¿verdad?». «He acabado el curso arrodillada en la Iglesia con su papelito en la mano y con el corazón rebosante de una alegría que yo no he merecido», dice Fulvia: «Ciertamente tengo que dar testimonio, tal y como soy, de lo que vivo porque la presencia del Señor es bien concreta». Fulvia se lo ha contado a mucha gente, una persona le dijo: «Lleva siempre a ese niño en tu corazón aunque no puedas continuar la relación con él...». ¿Ella qué piensa? «Doy gracias por este consejo, porque me hace seguir lo que se me ha dado, la belleza de Su presencia. La belleza que ese niño ha visto me cautiva y me salva, cada vez más». Sencillo. Como un niño. |