| 01-07-2009 - Huellas, n. 7
actualidad José Luis Restán Tres grandes cuestiones. De hecho hay tres grandes cuestiones sobre las que batalla la encíclica: la dictadura del relativismo, las utopías ideológicas y la omnipotencia de la técnica. Frente a ellos, Benedicto XVI plantea el protagonismo del hombre que se reconoce abierto a Dios, miembro de una familia, partícipe de un designio bueno en el que es invitado a participar libremente. El hombre que construye junto a otros, con la conciencia (clara o confusa) de que la vida es un camino hacia un destino bueno, y de que su obra en el mundo, aunque pasajera y contingente, es un anticipo de la eternidad. No son los Estados, ni el mercado ni la técnica, los protagonistas del desarrollo, sino el hombre libremente unido a otros hombres: las familias, las comunidades, las empresas... De ahí que la libertad, la subsidiariedad y la solidaridad, sean tres grandes palabras a declinar en la lectura de estas páginas. Palabras que llevan tras de sí el peso de una experiencia de siglos, la que ha dado lugar a monasterios, escuelas, hospitales, cooperativas, asociaciones no gubernamentales y tantas formas nuevas, ya en curso o por venir. Por primera vez. El cardenal Angelo Scola ha señalado que «por primera vez en términos explícitos y directos, casi técnicos, el magisterio pontificio hace una propuesta de innovación radical en el ámbito económico». Según el Patriarca de Venecia, la originalidad radica en que el Papa se pronuncia partiendo de la “razón económica”, de modo que su propuesta se injerta en las preguntas que surgen dentro de la economía. La Caritas in veritate no es una especie de barniz que se superpone a un sistema económico que ya está completo y cerrado, sino que recoge las preguntas que están sin respuesta en la economía, y desde ahí hace sugerencias para una nueva «civilización de la economía». Scola destaca entre esas sugerencias el «principio de gratuidad» y la «lógica de una donación destinada a la construcción de una fraternidad». No se trata de corregir desde fuera, con la ética o los buenos sentimientos, la maquinaria autónoma del mercado, sino que el Papa sostiene el principio de gratuidad es intrínseco a la economía, y que sin la dinámica de la gratuidad no se puede conseguir el desarrollo del hombre. Para Benedicto XVI, es el mercado mismo el que necesita estar atravesado por una corriente de gratuidad, por una presencia eficiente y jurídicamente tutelada, de empresas para las cuales el beneficio es un instrumento, pero la finalidad para la que trabajan es mucho más grande. Una cuestión antropológica. Con esta carta perfectamente hilada con sus dos precedentes –Deus caritas est y Spe salvi–, Benedicto XVI introduce de nuevo el cristianismo en la escena de la historia. Con ella el Papa no ha ofrecido un decálogo para afrontar la crisis, sino que ha explorado la realidad dramática de nuestro tiempo con los ojos de la fe, para comprender que hoy «la cuestión social se ha convertido radicalmente en una cuestión antropológica». En este sentido resulta verdaderamente profético el capítulo sexto sobre el desarrollo de los pueblos y la técnica, dado que el Papa entiende que el proceso de globalización corre el riesgo de sustituir la pretensión de las viejas ideologías del siglo XX por el absolutismo de la técnica, convertida ella misma en nueva ideología que hace coincidir la verdad con lo factible. |