| 01-07-2009 - Huellas, n. 7
Filosofía Ignacio de los Reyes Las raíces y la razón. Con la ayuda de estos profesores y de otros investigadores venidos de EEUU y Europa pudimos discutir y ganar algo más de claridad en torno al momento histórico en que nos desenvolvemos, definido por la confusión y la incertidumbre. No sólo económicamente nos sentimos amenazados o desprotegidos sino que la propia existencia parece no encontrar en múltiples ocasiones un asidero firme. Signos o expresiones de esta debilidad las encontramos también en un modo de legislar que parece profundizar en el derrumbamiento de antiguas certezas, o en la distancia que algunos hombres quieren establecer entre la construcción actual de Europa y sus cimientos milenarios. En esta línea, el profesor Rocco Buttiglione afirmaba en la conferencia conclusiva la pertinencia de la pregunta en torno a las raíces de Europa. Y no sólo de Europa; también estamos obligados a entender cuáles son las raíces del mercado y, en definitiva, del propio yo. Así, el profesor y político italiano concluía en forma de pregunta: «¿Qué imagen tenemos de nosotros mismos?». También Husserl percibió durante las primeras décadas del siglo XX una crisis que arrasaba en Europa en forma de cientificismo –por una parte– y de irracionalismo –por otra–, ambas caras de la misma moneda. Ante esta situación, en él nació de un modo radical la pregunta acerca de Europa: Hablamos de «la forma espiritual de Europa, pero ¿de qué se trata?» (La crisis). Ante las cuestiones de sentido y de no-sentido, las más urgentes para la existencia humana y a las que la ciencia no puede dar una respuesta satisfactoria, Husserl pretendió recuperar la idea de razón que ha operado en Europa desde los albores de la Grecia clásica. Primacía del logos, primacía del amor. Ahora bien, como subrayó el profesor Sebastián Montiel, el diagnóstico de la enfermedad no nos ha llevado siempre a respuestas unánimes. De este modo, se ha vuelto y se vuelve a proponer el “problema” de la razón y de su amplitud, cuestiones que se han de medir inevitablemente –de un modo o de otro– con el cristianismo y con la novedad que éste ha portado en la historia. Las siguientes palabras de Benedicto XVI pronunciadas en la Sorbona y retomadas por el profesor Montiel expresan qué puede querer decir este diálogo con el cristianismo: «En la concepción del cristianismo primitivo, la primacía del Logos y la primacía del amor se habían revelado como una misma cosa. El Logos se había revelado no sólo como la razón matemática que se encuentra en la base de todas las cosas, sino como el amor que crea hasta el punto de convertirse en compasión, en co-sufrimiento con la creación». Esta conexión entre cristianismo y filosofía, lejos de ser un viejo recurso o un problema formal, nace –en primer lugar– de un intento sincero de no censurar aspectos decisivos de nuestra cultura, y –en segundo lugar– de un agradecimiento por una historia que se ha convertido en impulso real de humanidad y de belleza. Esto, como se pudo ver en el Congreso, se expresa de un modo explícito en el deseo de comprender mejor nuestra propia existencia, la historia de Europa, el desarrollo de la filosofía y las cuestiones que emergen en su seno. Se ve así que el diálogo con el cristianismo no es una receta que ahorra problemas o discusiones. Los testimonios de Charles Péguy y de Edith Stein –de los que se habló en numerosas ocasiones– son signos de cómo esta nueva pasión humana se convierte en un factor que potencia la razón y la inteligencia, la curiosidad y el deseo de comprender mejor la tradición y el presente. Por este motivo, que nazcan espacios de verdadero diálogo y amistad, de verdadera crítica y pasión por el destino propio y de todos los hombres, no es una cuestión secundaria o marginal, sino decisiva y esperanzadora para Europa. FILOSOFÍA Y AMISTAD |