| 01-10-2009 - Huellas, n. 9
un día en... El silencio que llena la vida Alessandra Buzzetti Cuando a las ocho de la tarde escuchas el toque de campana que llama a Completas, te das cuenta de que estás agotado. Es increíble. ¿Quién podía imaginar que un día en un monasterio de clausura requiriese semejante energía para seguir su vida, una vida que te arrolla por completo? Al subir las escaleras de la hospedería, y mientras suspiras por una cama rodeado por el silencio de la campiña y por la luz de los últimos rayos de sol, te explicas la risotada de sor Giusi, maestra de novicias, ante una de las primeras e inevitables preguntas: ¿dónde está la novedad de una vida marcada por días que transcurren siempre iguales? «Mira –dice sonriendo–, lo primero que me dicen las postulantas que acaban de entrar es: “¡Auxilio, parad el mundo, me quiero bajar!”. En el monasterio las cosas suceden, ¡y de qué manera! Aquí la vida tiene una fuerza intrínseca». Traspasar el muro de la clausura no sirve para comprender mejor las cosas si no existe la disponibilidad para abatir la barrera de siempre, la de la apariencia. También porque, a primera vista, todo parece girar en sentido contrario. Empezando por la hora de levantarse, en el corazón de la noche. En verano, gracias al calor y a la hora legal, se levantan una hora más tarde: son las cuatro de la mañana cuando las hermanas de la Trapa de Vitorchiano, pequeño pueblo de poco más de tres mil almas en la campiña de Viterbo, entran en silencio en la capilla para rezar el Oficio de Vigilias. Desfilan más de setenta monjas, las más ancianas junto a las cinco postulantes, que han entrado en el monasterio en los últimos meses. Un número increíble, comparado con la lenta pero continua disminución de las comunidades monásticas, un número al que se añaden las hermanas de las ocho fundaciones esparcidas por los cinco continentes. «Es una fecundidad fruto de la gracia, que requiere de nosotros una mayor responsabilidad –aclara enseguida sor Rosaria Spreafico, la madre abadesa–. En la confusión de hoy en días, una vida monástica que no diera testimonio carecería de justificación, incluso podría ser dañina». Clausura y testimonio, dos palabras contradictorias a primera vista. Es mejor fiarse del sintético Vademécum benedictino, preparado por la madre Rosaria para la ocasión. «El centro de la jornada monástica, precedido por las dos horas nocturnas de oración y meditación personal (lectio) que siguen a las Vigilias, es la Santa Misa. Este tiempo da el tono a nuestra vida, nos sitúa en actitud de espera del Señor que viene. La espera es el aliento mismo de nuestra vocación». La maleta abierta. Una vez que sale el sol, la vida común se desarrolla en un equilibrio entre trabajo, oración litúrgica y personal, y lectio divina. La dimensión comunitaria caracteriza todos los actos de la jornada monástica. «Para vivir la comunión es necesario descubrir que la convivencia es el camino maestro de la conversión», explica el precioso Vademécum. Máscaras y misericordia. «Las personas que entran en el monasterio carecen cada vez más del sentido de la realidad y tienen la mente abarrotada de imágenes poéticas sobre la mística y la clausura –explica sor Alba–. Hacer que trabajen en una cadena de producción de mermeladas es una buena forma para educar en la realidad: o uno aprende a estar presente, o puede estropear el asunto... Y así, para la próxima, aprende sí o sí». Del ’68 a la ’ultima apparenza. A mediodía se toma en el refectorio una comida frugal, mientras se escucha en silencio la lectura; en estos días se está leyendo un libro de Jerome Lejeune, fundador de la genética moderna. De vez en cuando se escucha también algún editorial de un periódico sobre un hecho de actualidad particularmente significativo. «En la actualidad, existe la tendencia a buscar enseguida un culpable, por la incapacidad de sostenerse ante el primer dato: la vida no nos pertenece. Segundo: ¿cómo puedo decir, ante todos estos muertos, que no se ha perdido nada?». Por ejemplo, sor Giusi ha afrontado con sus novicias la crónica de un drama reciente, el desastre ferroviario de Viareggio. «Es importante quitar a la noticia ese ansia un poco perversa de conocer hasta los últimos detalles, y llegar rápidamente a preguntarnos: ¿cuál es el dato que permanece?». La madre Rosaria va más al fondo: «La capacidad de juicio sobre la realidad está estrechamente ligada al juicio que uno tiene sobre sí mismo. Nuestra experiencia nos lleva a ir hasta el corazón incluso del abismo de mal de algunas realidades que el mundo atraviesa. En la oración nos damos cuenta de la necesidad que tenemos de ser perdonadas, de ser curadas, de aprender a querer a los demás, porque tocamos con la mano la mentira y el mal que alberga en nuestro corazón. De esta forma podemos comprender lo que sucede en el mundo. Y cuanto más se conoce uno a sí mismo, más se abre a la misericordia de Dios. Es un recorrido muy largo, pero es lo que cautiva en la experiencia de la clausura». El deseo de conocerse a uno mismo y al mundo inició, para la madre Rosaria en Lecco, cuando conoció Gioventù Studentesca. Siguió, luego, en el año 73, en la Trapa de Vitorchiano, guiada por la madre Cristiana Piccardo, que conoció a don Giussani después de recibir en clausura a algunas jóvenes de CL. Un vínculo que permanece intacto y fecundo, por la sintonía profunda que sintió siempre don Giussani con la Regla de San Benito, que alterna trabajo y oración con la finalidad de buscar a Dios, sin anteponer nada al amor de Cristo: toda la vida se convierte en vida del Cuerpo de Cristo. «Este hecho es de una sencillez desarmante», nos explica sor Gabriela, al final del día, en el locutorio: «San Benito nos enseña que toda la realidad está hecha para llevarte a Cristo: si te deshaces de algo, ¡caes en un infierno!» Para descubrir esto, sor Gabriela ha recorrido un largo camino: el 68, la contestación, los viajes por la India, la conversión, la pregunta de cómo vencer el propio mal y el de los demás, y el descubrimiento, al conocer a algunas hermanas de la madre Teresa de Calcuta, de que lo que le fascinaba no era tanto el servicio prestado a los miserables, sino el origen de esa belleza que se hacía presente en medio de unas vidas destruidas. «Yo, que me había pasado mucho tiempo evadiéndome de la realidad, he encontrado en el monasterio un lugar en donde todo lo puedo con el Señor, todo menos evadirme de la realidad». |