| 01-11-2009 - Huellas, n. 10
LA HISTORIA Empieza el canto. Una de las dos mujeres al fondo de la sala, la más anciana, al cabo de un momento empieza a llorar silenciosamente y la camarera la abraza. Al final de la canción, la más joven, de unos cincuenta años, se acerca al grupo: «No podíais hacerme mejor regalo». Y se retira junto con las otras. Después de un momento, la camarera vuelve con diez bolsitas con un plato de cerámica de regalo y unos chorizos. «La señora que os ha hablado es la dueña, la otra es su madre. Hace un mes su marido murió. Todos le queríamos mucho. Un buen hombre, católico, como todos nosotros». Y visiblemente conmovida añade: «No nos había pasado nunca lo de hoy: ver la misma fe en chicos tan jóvenes. Os ruego que nos digáis cómo podemos buscaros». Alguien saca un papel y apunta algunos teléfonos. Pero no bastan los teléfonos y las direcciones. Apuntan en el folio: «Como usted, también nosotros necesitamos continuamente que el Nazareno nos abrace, nos quiera y nos consuele con su caricia». La presencia que consuela. Carla a la vuelta repara en lo que ha pasado: por ese gesto tan sencillo, por esa compañía de diez amigos, había pasado la única Presencia amiga que podía consolar a aquella mujer. Y a ellos también. |