| V ANIVERSARIO LA ETAPA FINAL DE CARLOS V Un Hilo Ininterrumpido |
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Habla con llaneza popular
y gracia extreme?a, y trata al Emperador Carlos V como a alguien familiar.
M?s a?n, como a alguien vivo que, andando por el palacio y refiri?ndose
a los simposios, estudios y celebraciones del quinto centenario de su
nacimiento, le hubiera confiado: "Lo mejor de mi vida todav?a no lo
hab?is dicho".
"Lo que digo est? muy pensado - asevera el padre Francisco -, pasa por mi vida acrisolada y puesta a prueba como el oro en el crisol. Cuando quieras arrimarte, arr?mate a un hombre grande. No perder?s el tiempo. Siempre, por instinto, yo me he ido acercando a hombres grandes. Por experiencia s? que tienes que acercarte al m?s santo o al m?s pecador, al m?s borracho o al m?s ladr?n, porque en un hombre grande siempre encontrar?s algo de lo humano". ?C?mo miras a Carlos V? San Pablo, hombre de gran experiencia como el Emperador lo fue, invierte por completo la l?gica que todos utilizamos cuando, ante una persona o un suceso, de diez virtudes le buscamos el defecto o el error, y escribe: "Hay que verlo todo y quedarse con lo bueno". Esto es verdad, porque s?lo esto nos sirve para vivir. Un hombre sabe s?lo lo que experimenta. Estoy convencido de que si miramos a Carlos V como a un hombre de Iglesia, le entenderemos mejor. Con los aciertos y desaciertos de todo hombre puesto en una situaci?n tan compleja. Escribe el profesor Vicente de Cadenas y Vicent: "Carlos V traz? un tr?ptico que sigui? toda su vida: defender la religi?n cat?lica, mantener la unidad entre los pueblos cristianos de sus dominios y no ambicionar otros nuevos". Fue un hombre siempre fiel al papado. El hombre m?s poderoso de su tiempo vino a morir aqu?... La decisi?n, tomada en contra del parecer de sus consejeros, no se explica como un arrebato m?stico o un gesto inducido por miedo a la muerte. Dispon?a de todo, palacios, riquezas, saber, relaciones y, sin embargo, quiso unirse a una comunidad de monjes en uno de los monasterios m?s austeros y apartados de la orden. No fue un paso debido a una decepci?n o frustraci?n que busca una compensaci?n espiritual. Fue la consumaci?n de un proceso que madur? a lo largo de sus cuarenta y dos a?os de gobierno. Lo hab?a entregado todo, lo hab?a visto todo y lo pose?a todo, y quiso apartarse para conocer a Cristo. Como nadie lo dice, es un atrevimiento afirmarlo. Para m? est? claro que Carlos V no habr?a hecho todo lo que hizo sin tener una fuerza interior que le impulsaba. Esta fuerza era Cristo mismo, la fuerza que le anim? a lo largo de la vida y le llev? al deseo de conocerle. ?Qu? ten?a esta comunidad para que quisiese unirse a ella? Primero era un monasterio jer?nimo y el rey estuvo vinculado siempre a esta orden, ya que se retiraba peri?dicamente a sus monasterios. En segundo lugar, Carlos V no buscaba riqueza, no le interesaba; buscaba una comunidad observante, viva, que estuviera apartada en un paraje bello, y aqu? lo encuentra. Ante las resistencias de sus m?dicos acerca de la humedad del lugar, el Emperador que ven?a harto de estar en trincheras, librar las mayores batallas y pasar las mayores calamidades del mundo, no se iba a echar atr?s a causa de la gota o la artrosis. El Emperador hab?a tomado esta decisi?n hac?a tiempo? La decisi?n de entregar su vida en este lugar fue el resultado de un hilo que recorri? toda su experiencia como persona y como soberano. Francisco de Borja, ante el cuerpo de Isabel de Portugal que empezaba a corromperse, exclam?: "No volver? a servir a se?or que se me pueda morir". Al igual que su amigo el duque de Gand?a, militar al servicio de su esposa, Carlos V manifest? la voluntad de afirmar un ideal que no pudiera corromperse tras su muerte. Una decisi?n as? s?lo pod?a tomarla un monje o un hombre como el Emperador, que no daba nunca marcha atr?s ante una decisi?n que estimaba justa. Ven?a a buscar a Cristo. ?Qu? relaci?n mantuvo con los monjes? El Emperador valor?, respet? y potenci? la comunidad mon?stica con la que comparti? un a?o y ocho meses. Mand? traer los mejores cantores y los mejores m?sicos de c?mara, se rode? de los mejores predicadores. Llam? al monasterio a San Pedro de Alc?ntara, a Francisco de Borja, a Carranza, arzobispo de Toledo, y a los hombres espirituales m?s vivos de su tiempo. Su gran preocupaci?n fue vivir, y vivir para ganar la batalla decisiva, la ?ltima que libr?. Ven?a aqu? enfermo y con cincuenta y seis a?os; tampoco era un iluso para creer que iba a vivir otros veinte. Llegaba muy mal, pero sab?a tambi?n que iba a ser una temporada decisiva, en preparaci?n al paso que consideraba el m?s importante, tal como lo demostr? en el transcurso de su vida. Dec?as que en este quinto centenario no se habla de esto? El Emperador dio su vida entera por la Iglesia, porque la fe cristiana se hab?a hecho tan carne de su carne que no pod?a obrar con criterios distintos en el plano personal y en el pol?tico, aun con los errores que todos cometemos. As? se lo transmiti? tambi?n a su hijo Felipe II. El testamento recoje su forma de ser y de pensar de modo inequ?voco. El palacio de Yuste Junto al Real Monasterio fue construido el palacio de Carlos V, siguiendo los planos y las instrucciones que dio el proprio Emperador, adosado a la iglesia y separado por la misma del monasterio. En el a?o 1414 se comenz? la construcci?n del monasterio, y el palacio, 140 a?os despu?s, en 1554. La planta baja fue concebida como residencia de verano para el Emperador, pero nunca lleg? a vivir en ella. Actualmente es sede de la Fundaci?n Academia Europea de Yuste. Carlos V ocup? s?lo la planta noble con sus cuatro habitaciones: la Sala de Audiencias, donde recib?a a nobles y embajadores; la Camara Real, donde el Emperador, que era muy culto, pasaba la mayor parte del d?a dedicado a sus aficiones, m?sica, libros, relojes y mapas del viejo e del nuevo mundo; la llamada Sala de Don Juan de Austria, donde se produjo el encuentro entre el Emperador y Jerom?n, un hijo ileg?timo que tuvo con una burguesa alemana con la que mantuvo relaciones despu?s de la muerte de su esposa, y que, al ser reconocido por el Emperador como hijo natural suyo, adopt? el nombre de Don Juan de Austria, el c?lebre Capit?n General de la Armada del Mediterr?neo en la batalla de Lepanto; un dormitorio peque?o para recibir a alg?n familiar; y el dormitorio del Emperador que comunica directamente con el altar mayor de la iglesia. Las paredes est?n cubiertas por terciopelo negro en signo de luto por la muerte de su madre la reina Juana I de Castilla, y por la muerte prematura de su ?nica esposa, la emperatriz Isabel de Portugal, por la que guard? luto hasta el ?ltimo de sus d?as. Del monte en la ladera por mi mano plantado tengo un huerto, que con la primavera, de bella flor cubierto, ya muestra en esperanza el fruto cierto Fray Luis de Le?n Estos versos pertenecen a una poes?a dedicada expresamente al Emperador en su retiro de Yuste. Alude bien a la esperanza que anim? el tramo final del reinado terreno de un hombre que, habiendo recibido de Dios poder sobre el Imperio donde no se pon?a el sol, no quiso detenerse ante el paso a lo eterno. La muerte de Carlos Nada apart? al Emperador de la sorprendente firmeza con que quiso retirarse precisamente a este monasterio jer?nimo. Con ello cumpl?a un prop?sito largamente madurado, probablemente a partir del a?o 1535. [...] Pero con todo, no dejaba de causar estupor al mundo el que este vencedor de Papas y reyes, temido en Europa por poderosos a quienes pudo aplastar, respetado en el mar latino por los turcos, genoveses y venecianos, obedecido por vasallos en el universo mundo, dominador no vencido, en radical acto de libertad se refugiase en el escondido lugar de Yuste. [...] Dicen graves testigos que Carlos de Gante gustaba y deseaba que le hablasen de la misericordia de Dios. Lo atestiguan Fray Marcos de Cardona, el Conde de Oropesa y el mismo Carranza: "estando el Emperador N. S., que est? en gloria, en lo ?ltimo de la vida con gran congoja y temor, desseava que le esfor?asen con la gran misericordia de Dios, para lo cual no solamente al dicho tiempo, pero en salud quer?a que le hablase de ella". [...] El Emperador, vi?ndose morir, orden? que se trajese el crucifijo con que hab?a muerto la Emperatriz, su querida esposa Isabel. Desde hac?a tiempo lo guardaba en su c?mara para este efecto, as? como nueve velas blancas, probablemente procedentes de Montserrat, reservadas igualmente para el momento. Las encendieron y comenzaron a rezar el Credo, [luego]inici? la lectura de la Pasi?n. [...] Todos lo acompa?aban con sus candelas encendidas. El Emperador, con pleno juicio, tom? en una mano su candela y en la otra el crucifijo diciendo: "Ya es tiempo". Tiene su grandeza este gesto noble ante la muerte y hasta su sabor de divinal batalla con el cirio por lanza y Cristo por escudo. Casi no resulta enf?tica la expresi?n solemne de Fray Francisco de Angulo, "cuando S. M. quiso rendir el esp?ritu", pues, aunque prevalezca fatalmente la muerte, todav?a parece ense?orearse de ella la voluntad. Dios fija la hora, pero nosotros aceptamos con libertad el morirnos cuando ?l nos llama. Y de nuestra propia voluntad le sacrificamos nuestra vida, que es el mayor sacrificio que le podemos hacer. Cuando dio la ?ltima boqueada - prosigue el An?nimo - dijo "Jes?s", de forma que todos lo oyeron. "Y con el "Jes?s" - recuerda conmovido Quijada - se acab? el m?s principal hombre que ha havido ni habr?". Tomado de: Jos? Ignacio Tellechea Id?goras As? muri? el Emperador. La ?ltima jornada de Carlos V. Publicaciones Universidad Pontificia de Salamanca, 1995 "As? mismo ordeno y mando que, en caso que mi enterramiento haya de ser en este dicho monasterio, se haga mi sepultura en medio del altar mayor de esta dicha iglesia monasterio en esta manera: que la mitad de mi cuerpo hasta los pechos est? debajo de dicho altar; y la otra mitad, de los pechos a la cabeza salga fuera de ?l, de manera que cualquier sacerdote que dijere misa ponga los pies sobre mis pechos y cabeza"? |