jubileo

Durante todo el AÒo Santo

Huellas contar· la historia

de los primeros discÌpulos

que Jes™s de Nazaret eligiÛ

para darse a conocer al mundo.

La fascinaciÛn de Su Presencia

dio comienzo a un flujo

ininterrumpido de amistad

que ha llegado hasta nosotros.

A travÈs de los avatares de aquellos hombres

nos alcanza la verdad y racionabilidad

de los Evangelios y de la tradiciÛn

Lemiraban hablar

´SimÛn, øme amas?ª

nGIUSEPPE FRANGI

 

øQuiÈn era Pedro? Los Evangelios, los Hechos de los ApÛstoles, las Cartas de Pablo, las del mismo Pedro, son prÛdigos en detalles acerca de Èl, mucho m·s que acerca de los otros protagonistas. Sabemos mucho de Pedro: seguramente era un hombre de constituciÛn robusta, ya que siempre que se trataba de demostrar la fuerza Èl estaba en primera fila. TenÌa un car·cter impulsivo, violento y sin duda generoso. Su edad era similar a la de Jes™s, provenÌa de Betsaida, una ciudad en la margen oriental del lago de Tiberiades, en Galilea. Era hijo de una familia de pescadores y su padre se llamaba Juan. Como su hermano AndrÈs, tenÌa un nombre de origen griego, signo de que la regiÛn de la que provenÌan era una tierra cosmopolita: ´la Galilea de los gentilesª la definen IsaÌas y Mateo, y Èste es un dato importante para comprender toda la historia humana de SimÛn. Cruzando las cuatro fuentes evangÈlicas se puede reconstruir el encuentro de Pedro con Jes™s (Peter Thiede es el autor de esta reconstrucciÛn): Jes™s le vio por primera vez en Betania, a orillas del Jord·n. El hombre de Nazaret habÌa llamado ya a Juan y a AndrÈs, discÌpulos del Bautista. Y fue AndrÈs quien llevÛ a Pedro ante Jes™s. Era el tiempo de la Pascua judÌa. La cita definitiva, y decisiva para Pedro, se da en Cafarna™m, una localidad de la margen occidental del lago de Tiberiades. En ese lugar desarrollaban su hermano y Èl su actividad de pescadores. Jes™s les ve, sale con la barca de los dos hermanos y pide que se alejen un poco de la orilla para que la muchedumbre que le seguÌa pudiera escucharle mejor. DespuÈs, concluida la predicaciÛn, Jes™s les pide un gesto que siendo ellos pescadores profesionales parecÌa del todo irracional: echar las redes en pleno dÌa cuando, en las condiciones m·s favorables, es decir, durante la noche, no habÌan conseguido sacar ni un solo pez. En este punto Lucas nos cuenta las primeras palabras en directo de Pedro. Y son palabras que fotografÌan su car·cter: al principio un amago de protesta por lo absurdo del requerimiento, despuÈs inclina la cabeza y obedece. La pesca milagrosa constituye el verdadero cambio de rumbo en la vida de Pedro. Lucas escribe de modo sintÈtico que Èl y sus compaÒeros ´cuando llegÛ la barca a la orilla, dejaron todo y le siguieronª.

 

En casa de Pedro

El siguiente escenario es la casa de Pedro en Cafarna™m. AllÌ vivÌa con su familia; la suegra, el hermano AndrÈs y la mujer (de la que los Evangelios no dicen casi nada, pero que, seg™n Eusebio y Clemente, muriÛ m·rtir en Corinto antes de la llegada de Pedro a Roma en el aÒo 42). Una casa que no debÌa ser pequeÒa, de una sola planta, que se convierte en la base para Jes™s y sus discÌpulos: Marcos testimonia que dormÌan aquÌ. La curaciÛn de la suegra (quien, como nos cuenta Lucas, que era mÈdico, permanecÌa postrada a causa de las fiebres) despertÛ tal curiosidad que ´se agolparon tantas personas que ni siquiera ante la puerta habÌa ya sitioª (Mc 2,2). Cafarna™m est· llena de restos arqueolÛgicos que confirman la verdad del relato evangÈlico. La tradiciÛn que reconoce los restos de la casa de Pedro es antiquÌsima (se remonta al 381, cuando la peregrina Egeria hablÛ de una iglesia que habÌa incorporado los muros de la casa del apÛstol); los restos de pavimento de basalto confirman la ubicaciÛn de la sinagoga, frecuentada por Jes™s (´Cuando saliÛ de la sinagoga se fue con Santiago y Juan a casa de SimÛn y AndrÈsª, Mc 1,29). Pero ante todo se encontraron los restos de los edificios de la guarniciÛn romana, la del centuriÛn de Cafarna™m que le pidiÛ a Jes™s que curara a su siervo paralizado y doliente. El episodio fue ciertamente crucial para la formaciÛn de Pedro. Le mostrÛ cÛmo Jes™s estaba abierto a todos, tambiÈn a los romanos, enemigos y paganos, que para colmo habitaban a unos metros de su casa. Y Pedro mismo lo recordarÌa unos aÒos despuÈs cuando, sembrando el desconcierto en la comunidad de JerusalÈn, se fue a casa del centuriÛn de Cesarea MarÌtima que le habÌa llamado (´a mÌ me ha mostrado Dios que no hay que llamar profano o impuro a ning™n hombre. Por eso al ser llamado he venido sin dudarª, Hch 10, 28).

 

LiberaciÛn milagrosa

El episodio del centuriÛn y de la relaciÛn con los gentiles liga los dos polos decisivos en la vida de Pedro: por una parte, Cafarna™m, donde el pescador lo deja todo y sigue a Jes™s; por otra, Roma, donde el expescador vive tantos aÒos y encuentra el martirio. Es un Pedro muy cambiado el que describen los Hechos de los ApÛstoles: la mirada de Jes™s, que se posÛ sobre Èl al cantar el gallo en el patio del sumo Sacerdote, le hizo percibir la potencia y la libertad de la misericordia de Dios. Es un Pedro maduro, que sabe solventar las situaciones m·s complicadas, que sabe ser astuto, que descubre una virtud tan poco congÈnita en Èl: la paciencia. Dos veces encarcelado, dos veces liberado de modo milagroso. Tras el segundo cautiverio se aloja en JerusalÈn en casa de la madre de Marcos, el discÌpulo fiel que escribirÌa su evangelio a partir de los relatos de Pedro. Lucas cuenta el asombro de quien se encontraba con Èl y despuÈs escribe que Pedro, que era perseguido, se dirigiÛ a ´otro lugarª. øCu·l era ese ´otro lugarª? Con toda probabilidad era ya Roma, aunque ninguna fuente del Nuevo Testamento lo confirma directamente. Sin embargo, hay dos confirmaciones indirectas. Una en la primera carta de Pedro, donde el apÛstol dice escribir desde la ´iglesia elegida que est· en Babiloniaª: y Babilonia, igual que en el Apocalipsis, era un criptograma que indicaba a Roma. La otra referencia se encuentra en la Carta de Pablo a los Romanos, en la que Saulo justifica su ausencia de Roma con el hecho de no querer ´construir sobre el fundamento de otroª. Llegado en el aÒo 42, partiÛ por primera vez en torno al 46 para volver a JerusalÈn, donde, con la muerte de Herodes Agripa, tenÌa menos que temer.

La relaciÛn con Pablo

En el aÒo 48 participa en el primer Concilio, defendiendo junto a Pablo la libertad de los gentiles convertidos de no someterse a la circuncisiÛn. De cualquier forma la relaciÛn entre ellos no iba como la seda, como muestra el cÈlebre episodio de AntioquÌa. Pedro, en la fortaleza de Pablo, acepta una invitaciÛn a cenar de un grupo de gentiles convertidos. Pero al saber de la llegada de emisarios de Santiago (que era el paladÌn de los judeo-cristianos) procedentes de JerusalÈn, ´comenzÛ a evitarles y a mantenerse al margenª. Para Pablo era una actitud hipÛcrita y es difÌcil no darle la razÛn. Sin embargo, tenemos sÛlo su versiÛn del episodio, y ciertamente Pedro, el m·s abierto a los paganos, tenÌa buenos motivos para comportarse asÌ, tratando de no exponerse y de no implicar a los neoconversos.

A™n le esperaba Roma, donde de casa en casa la comunidad crecÌa a ojos vista. RegresÛ en torno al 57. Ciertamente se ganÛ m·s de un enemigo dentro de la comunidad si bien es cierto lo que escribe Clemente, el tercer papa, quien cuenta que a causa de los celos de algunos fue capturado y condenado a muerte. Era probablemente el aÒo 67, ™ltimo del reinado de NerÛn. Pedro fue crucificado, en los Huertos de NerÛn, con la cabeza hacia abajo por su voluntad explÌcita, porque se consideraba indigno de morir como su maestro y SeÒor. Fue sepultado a unas decenas de metros, en el lugar donde hoy se alza el altar de la ConfesiÛn de la BasÌlica de San Pedro. l