Cartas
Experimentar la victoria sobre la muerte
El 11-M tenía que haber sido un día normal, ir a la biblioteca
a preparar mi examen de ascenso, ir a taekwondo y por la noche trabajar. Pero
ese día sucedió algo imprevisto que no estaba en la agenda de ninguno.
Me desperté, puse la radio y antes de que dijeran las primeras palabras,
apareció mi padre con rostro serio diciéndome: «Hijo, nos
han golpeado, ha sido una masacre». Hacía treinta minutos de los
atentados, así que lo primero que hice fue llamar a mi comisaría,
situada a escasos 500 metros de la estación del Pozo, pero nadie respondía
el teléfono. Sin pensármelo, me dirigí hacia la estación
de Santa Eugenia, bastante cercana a donde vivo. Al llegar al lugar, reinaba
un caos tremendo. Montado un hospital de campaña, estaban sacando los
cuerpos de los heridos hacia las ambulancias; allí empecé a ver
el rostro de mis compañeros y jefes desolados. Durante toda la mañana
fueron llegando diversas personalidades, el alcalde y algunos ministros. Muchos
no querían pasar el último cordón policial para no ver las
consecuencias del mal. Las imágenes que recuerdo son dantescas. Ya trabajando
como policía, había estado en dos atentados en Barcelona, pero
lo de aquel día parecía sacado de una película de guerra:
cadáveres esparcidos por los alrededores, cuerpos mutilados, trozos de
carne humana pegados al vagón… Frente al impacto con esto veía
rostros de incomprensión, rostros de ira, todo envuelto en un gran silencio,
solo roto por el ruido de las sirenas. De camino a casa, venía llorando
en el coche y todavía con el olor a carne quemada impregnado en la nariz
sentía que la muerte era la que tenía la última palabra,
que el mal había triunfado, que el sentido de la realidad estaba subyugado
por el mal. Estaba destrozado. Como en el lugar de los atentados no había
cobertura, al llegar a casa empecé a recibir llamadas de todo el mundo:
Joan y Dolors, Germán y los Giordani desde Barcelona, Perrone y Martino
desde Italia, Carlos desde Paraguay, y muchos más amigos y familiares
de España. Aún sin dar respuesta a todo el horror que había
visto y experimentando que uno por sí solo uno no se sostiene frente al
mal, en cada llamada me sentí abrazado y acompañado. Sólo
el reconocimiento de una presencia real es lo que sostiene mi vida. Esa misma
noche trabajaba y volví a pasar por el escenario de los atentados, el
horror después de 15 horas persistía, acababan de encontrar el
brazo de un niño. Sobre las 2 de la madrugada nos llamaron de la comisaría
de Vallecas para que acudiéramos urgentemente a desalojar el edificio,
ya que entre los objetos personales de las víctimas se había encontrado
una bolsa de la que salían dos cables sobre un teléfono móvil.
Se trasladó a un parque cercano, desactivándola sin explosionarla.
Fue un verdadero milagro que no estallara ni en los trenes, ni en IFEMA, ni en
mi comisaría. Además, doblemente milagroso, porque gracias a esta
bomba se ha podido sacar toda la información necesaria para detener a
los implicados o a los autores de la masacre. Después de un duro día
de trabajo, traspasado por lo sucedido, te preguntas: «¿Por qué tanto
mal y tanto dolor? ¿Es justo? ¿Cómo puede el hombre ser
capaz de hacer tanto mal y a la vez tanto bien como ayudar a sacar a los heridos
de los trenes siniestrados, poniendo su vida en peligro, compañeros míos
después de toda una noche trabajando doblar el turno para ayudar, una
multitud de personas donando sangre, gente llevando a los heridos en sus coches
particulares porque las ambulancias no daban a basto y así muchas historias
más?». Puedo decir con certeza lo mismo que dijo san Pablo: «Todo
es para un bien». Si parto de mi experiencia en estos días, es así;
aún en el dolor he experimentado esta Presencia buena y misteriosa con
la que no caes en la fácil reactividad, institividad o desesperación.
Ahora para mí es razonable mirar la realidad, mirar mi vida con una mayor
positividad. Parecen frases hechas, pero os digo que mi vida ahora, por gracia,
es así. Se hace evidente que el hombre, a pesar de hacer continuamente
el mal, está hecho para el bien, porque es lo que corresponde con su corazón.
Parece que en estas circunstancias uno tiene más a flor de piel los deseos
de amor, de felicidad, de justicia y de verdad. Todavía me acuerdo del
día que iba a la manifestación en el metro, la cercanía
y el afecto que sentí por las demás personas que iban en el vagón
y que no conocía. Todos los hombres compartimos estas exigencias. Por
eso uno está agradecido a todos los gestos que el movimiento nos ha propuesto,
la misa, el rosario, la Escuela de comunidad, el ir juntos a la manifestación.
En los Ejercicios de este año se nos decía que la relación
con Cristo se nos da en la realidad. Esta semana yo he visto personas en las
que el mal no ha triunfado sobre el bien: ¡Con qué humanidad trataban
Carmen Giussani y Luigi Amicone a los familiares de los heridos y muertos en
el hospital y tanatorio que visitamos! ¡Con qué libertad un amigo
enviaba a todos sus compañeros de trabajo un e-mail con el manifiesto
que expresaba el juicio del movimiento ante los atentados terroristas! ¡Con
qué conciencia mi amigo Javier Prades sale de casa con el mismo manifiesto,
viajando hacía París para entrevistarse con el filósofo
Finkerklaut, y se lo da porque expresa su experiencia! La vida de estos amigos
está traspasada por el reconocimiento de la presencia del Misterio en
el presente. Cada vez estoy más cierto de haber encontrado el “chollo” de
la vida y de que seguir a esta compañía me permite experimentar
la victoria sobre la muerte. Pidamos a la Virgen por las víctimas y sus
familiares, por los heridos y por la conversión de nuestros corazones
y el de los terroristas.
Piza, Madrid
Pasión
Frente a la terrible inhumanidad de los atentados en Madrid, que pone de manifiesto
el mal del que el hombre es capaz, no pudimos dejar de pensar en el bellísimo
testimonio de fe al que acabamos de asistir viendo la película de Mel
Gibson sobre la Pasión. En el sufrimiento terrible, casi insoportable,
de la flagelación y coronación de espinas de Jesús, lo que
más nos impresionó fue ver cómo toda la violencia, brutal
y gratuita, es absorbida por el perdón y por el amor que Jesús
tiene por nosotros, haciendo de esta obra una experiencia personal de encuentro
con el misterio del dolor y del pecado y con la certeza de nuestro valor infinito,
de nuestra redención. Es particularmente conmovedor ver el dolor de Nuestra
Señora, dolor profundísimo de Madre, pero que nunca es desesperado,
incluso totalmente sereno, unida a Jesús, pendiente de Él, cierta
de un Bien que no puede comprender totalmente, pero que sabe que Jesús
puede dar.
Rosarinho y Manuel
(y muchos amigos portugueses), Lisboa
Lo primero y lo último
Gracias. Es lo primero que me viene a la cabeza cada día cuando me levanto,
y lo último que pienso antes de irme a dormir. Mi historia no es muy distinta
de cualquiera de las que aquí se pueden leer, y uno puede pensar: «más
de lo mismo», pero no es cierto. Es algo excepcional. Excepcional porque
a mí me ha ocurrido y excepcional porque sigue ocurriendo. Es la “novedad
de lo verdadero”. Conocí el movimiento hace muchos años.
Sentí ese “flechazo”, esa correspondencia que te hace decir «sí»,
y me sentí más viva que nunca. Nunca he sido pesimista, pero la
vida no es fácil para nadie, y la mía tampoco. Empezaron a ir mal
las cosas. Me sentía sola. Yo rezaba, pedía, quería que
las cosas cambiaran. Creía realmente que si pedía de verdad se
me concedería aquello que deseaba, pero nada mejoraba. No quería
pensar en nada. Soy bastante constante y competitiva, con lo que marcarme un
objetivo me parecía muy razonable, una idea estupenda, era una especie
de reto. Y así estuve demasiado tiempo. Mis “retos” cada vez
eran un poco más exigentes, pero los superaba. Sin embargo, cada vez que
lo hacía aumentaban mi desánimo y mi insatisfacción de manera
directamente proporcional a la dificultad de lo que conseguía y sentía
la sensación de un vacío terrible. Me dolía el corazón.
Era un dolor casi físico. Pero continué hasta que Dios quiso. Él
puso en mi vida a una persona muy especial, que volvió a mi vida en el
momento justo: ni antes ni después. Me ha cuidado, me ha acompañado
y me ha ayudado a entender que en la vida todo es un don, que mis límites
no importan y que, afortunadamente, a uno no se le quiere por las cosas que consiga.
Ahora me siento una privilegiada. Mi vida es la misma: vivo en el mismo lugar,
trabajo en el mismo sitio, los mismos problemas, pero la conciencia que tengo
de todo lo que me rodea es distinta. Puedo mirar hacia adelante sin ponerme objetivos,
sin medir mis propios límites y sin la sensación de conformismo
que me ha acompañado siempre. Ahora tengo una esperanza y he ganado en
libertad. Mis amigos me lo dicen sorprendidos. Hace unos meses alguien muy importante
para mí me dedicó en un libro esto: «Se te conceda siempre
ver tu rostro en el de Cristo y de sus amigos». Se me ha concedido. Gracias.
Beatriz, Madrid
Quien me acompaña
Este trimestre para mí no ha sido fácil. Mi padre ha tenido una
recaída y he tenido que estar constantemente yendo a mi pueblo para hablar
con él y acompañar a mi abuela. Incluso voy a tener que seguir
haciéndolo. Es duro, pero cada vez me doy más cuenta de que estoy
muy acompañada. El primero que me acompaña es Dios, que me da fuerzas
a través de mi oración y petición y los segundos sois vosotros.
En la Escuela de comunidad, comenté: «Cuando me llamabais me daba
cuenta de que Él está presente en nuestra amistad». Yo nunca
me había imaginado lo que estoy viviendo ahora, la cercanía que
tengo con vosotros, la amistad y las relaciones que tengo y las que surgirán.
Sois un regalo para mí. Me acuerdo de lo que decía Pancho el domingo: «Yo
no decido las amistades ni lo que pasará mañana…».
Es verdad: cómo me iba a imaginar yo hace cinco años que ahora
tendría un amigo en Fuenlabrada, otro en Alcorcón, otro en Parla
y una amiga italiana, y no solo aquí sentados conmigo, sino para todo,
tanto lo bueno como para lo malo. ¡Qué agradecida estoy a Cristo!
Muchas veces pienso: «Pero, ¿por qué me da tantos sufrimientos
y responsabilidades?». Pero ahora puedo decir bien alto que se me ha hecho
presente en cada uno de vosotros.
Laura, Alcobendas
Un abrazo humano
«
Un grito se oye en Ramá, llanto y lamentos grandes: es Raquel que llora
a sus hijos, y rehusa el consuelo, porque ya no existen» (Jeremías
31,15). Creo que a todos nos acompañaron las lagrimas mientras transcurría
el inolvidable jueves negro. Y junto a las lágrimas, la pregunta más
elemental: ¿cómo ayudar en estos momentos? Al final del día,
y casi por casualidad, escucho un aviso en televisión: se necesita gente
que acompañe a los familiares de las víctimas que se encuentran
en el recinto ferial de IFEMA. Cuando termino la eucaristía, 9 de la noche,
invito a algunas religiosas y a algunos seglares para que me acompañen
a IFEMA. En unos minutos llegamos al recinto ferial, que está muy concurrido.
Antes de salir del coche rezamos a la Virgen para que el consuelo de su Hijo
se haga presente en medio de tanta desolación. Aunque hay 3.000 ó 4.000
personas en el famoso Pabellón 6, te sorprende el gran silencio que se
respira, roto por algún desconsolado suspiro. Hay muchos voluntarios y
numerosos psicólogos. Empezamos a caminar entre la gente, intentando que
nuestra generosidad no sea inútil. La situación es difícil,
pues unas personas están muy acompañadas y no necesitan a nadie
más, y otras están solas y quieren continuar en su soledad. Empiezo
a pensar que mi presencia allí es inútil. Después de algunos
contactos, llegamos al pabellón donde se encuentran las bolsas con restos
humanos sin identificar. Me vienen en ese momento a la cabeza «los Cristos
mutilados» de W. Congdon, que siempre me han parecido un poco exagerados
y que en este momento considero una profecía. Como resulta imposible entrar
en este pabellón, comienzo a rezar el rosario por las víctimas
en una patio que me parece inmenso. Una mujer, que espera para reconocer los
restos de su marido, no para de llorar y no admite ningún consuelo. Otra
voluntaria del SAMUR se acerca a nosotros y habla con una religiosa y después
conmigo. Ya no puede más y rompe a llorar. Me dice que lleva todo el día
intentando consolar con sus palabras, pero que sus palabras cada vez le parecen
más vacías. Hace tiempo que ha abandonado la Iglesia, pero en estos
momentos se da cuenta que si no hay Algo más la vida no tiene sentido.
Yo apenas digo nada y, sin embargo, la luz de Dios va brillando poco a poco en
su alma. La vuelta a casa es dura y difícil dormir esa noche. Sólo
un abrazo humano nos sostiene y hace posible la mirada positiva sobre la realidad.
Antonio Ciudad, sacerdote de Madrid
Nuestra
naturaleza eterna
Con motivo del fallecimiento de Alberto, un feligrés de nuestra parroquia,
acudí a IFEMA. El pabellón se había convertido en la mayor
exposición de cuadros en vivo sobre el dolor humano. Era como si estuviese
contemplando El descendimiento de Van der Weyden. Aparecían los rostros
desencajados de los familiares y amigos, el llanto contenido o prorrumpido en
sollozos, el grito que brotaba de lo más profundo del corazón de
todos, la pregunta insistente que nos aturdía: «¿Por qué?
No puede ser». Familiares y amigos, policía y voluntarios, políticos
y periodistas, sacerdotes y psicólogos, todos éramos iguales ante
el dolor. Pero nadie estaba solo. En una mirada, un gesto, una palabra, en un
abrazo se manifestaba el verdadero ser del hombre, como si el dolor hubiese desvelado
su naturaleza eterna: ser compañía.
Javier de Haro, sacerdote de Alcorcón
Por intercesión
de Álvaro
Acudí a IFEMA sobre las 10,30 h. de la noche del jueves, con Fran Pozo
y Toni Hapuarachi, compañeros de curso. A mediodía había
estado Pozo con más de 100 sacerdotes, cuando todavía era un caos.
Según iban llegando las familias, después de peregrinar por todos
los hospitales buscando a sus familiares, les asignaban dos psicólogos,
pero no les mencionaban la posibilidad de que les pudiera acompañar también
un sacerdote, si querían. Jamás había visto el sufrimiento
desesperanzado que vi allí. Oí madres y abuelas decir de modo desgarrador: «Tantos
trabajos, tantos sacrificios, tantas ilusiones ¡y ahora esto!». Como
la parábola del que acumula bienes para el futuro y, al día siguiente,
Dios le pida cuentas. Muy pocos percibían que la vida no nos pertenece.
El domingo por la tarde, estando en el confesionario, vino una señora
mayor que se identificó como la abuela de Álvaro, un chaval de
17 años que murió en Atocha. El 13 de marzo cumpliría 18
años e iba a votar por primera vez el día 14. Su hermano, estudiante
de periodismo, fue entrevistado por la SER y por Telemadrid. Los dos iban a votar
a Izquierda Unida. La gran preocupación de la abuela era qué habría
pasado con su nieto, puesto que no estaba bautizado. Cuando al terminar la misa
me acerqué para abrazarla y conocer también al abuelo, pude conversar
con ellos un buen rato. Es un matrimonio con una fe sincera. La abuela me había
expresado siempre preocupación por sus nietos. Lo único que deseaba
era que pudiéramos celebrar un funeral por su nieto no bautizado para
que al menos sus otros nietos me conocieran y pudieran acercarse a la fe, porque
su otra nieta, muy unida al fallecido, no paraba de decir que si Dios existiera
no habría permitido el atentado. Después de un buen rato hablando
con ellos, había empezado una relación verdadera con ellos. Pero
no dejaba de preguntarme cómo era posible que se hubiera producido esa
ruptura entre la fe de los abuelos y los nietos. Todo puede suceder de nuevo.
Yo no dejo de esperar un milagro. Hasta este dramático acontecimiento
puede ser la ocasión para esa familia. Álvaro, que ya conoce la
verdad de todo, desde la vida eterna también intercederá para que
suceda.
Gabriel García Serrano, sacerdote de Madrid
Maribel
Eran más de las dos de la madrugada cuando volví junto a Maribel,
aún con la incertidumbre de la angustiosa espera de escuchar por los altavoces
el nombre de su familia. «Yo no voy a poder vivir sin mi hijo», me
decía. Y yo no sabía cómo decirle que sí, que Dios
nos ha creado para la vida, que la muerte no tiene la última palabra.
Sólo podía ofrecerle mi pobre presencia, mi cariño y mi
amistad. Como la viuda de Naín lloraba amargamente por su hijo muerto.
Cuando Aquel nazareno tomó de la mano al joven que llevaban a enterrar
y lo levantó con vida, el llanto de la madre pudo transformarse en una
alegría inimaginable hasta entonces en el mundo. Para darnos a todos la
vida que no muere, cargó con todos los pecados de la humanidad entera
y murió en la cruz. Hoy, como en Naín, Cristo sigue diciendo, con
toda la verdad del poder infinito de su amor: «Mujer, ¡no llores!».
Alfonso Simón, sacerdote de Madrid
Encuentros
científicos
Querido don Giussani: Soy profesor en la universidad y junto a un grupo de jóvenes
investigadores trabajo en el campo químico en un sector que linda con
la bioquímica. Nuestro trabajo consiste en la determinación de
una clase de encimas, interesantes por su función fisiológica en
el mundo vegetal. Lleno de perplejidad por unos resultados experimentales que
estaban en evidente contradicción con lo descrito en la literatura científica,
y después de haber repetido mis mediciones innumerables veces, con los
investigadores más jóvenes hartos de mi testarudez, empecé con
notable insatisfacción la redacción del artículo científico
en el que debía comunicar estos “nuevos” resultados. Había
algo que faltaba, quizá algo simple que no conseguíamos “ver” y,
como sucede en estos casos, el discurso giraba en torno al problema y no conseguíamos
encontrar un atisbo de resolución. Esbozamos algunas conclusiones y enviamos
el artículo a una prestigiosa revista científica europea. Puntualmente
llegó el jarro de agua fría. Los expertos de la revista, aun reconociendo
que se había hecho un trabajo ingente, estaban poco convencidos de las
conclusiones a las que habíamos llegado y nos devolvían el artículo.
Un día, hablando con uno de mis colegas, implicado en una investigación
análoga a la mía, pude conocer algunos resultados preliminares
de su grupo, que me llenaron de curiosidad. Consultando el resumen de las actas
del congreso, en un cierto momento “vi” lo que durante dos años
no había sido capaz de ver. Instintivamente me puse de pie y me santigüé.
A pesar de la vaguedad de lo que había intuido, no dejaba de dar gracias
al Señor, con el corazón lleno de alegría por lo que había
comprendido, consciente de que era un don. Está de más decir que,
tras profundizar en el discurso y replantear las conclusiones, el artículo
fue aceptado con gran satisfacción por parte de todos. Aquella intuición,
una molécula de agua que cambiaba de posición entre dos átomos
metálicos, pasando del estado sólido al de solución sólida,
era algo que se me había dado de forma gratuita. No era el desarrollo
lógico de unas premisas. Y todo sucedió a través de la mediación
de un encuentro.
Raffaele, Catania
Pintar el ViaCrucis
Querido don Giussani: Acabo de volver de Belo Horizonte, en donde he pasado un
mes junto al padre Pigi Bernareggi. Había oído muchas veces hablar
del padre Pigi, de Rosetta Brambilla, de lo que hacían por la gente en
Brasil, y el año pasado fui con don Primo y otros amigos a la inauguración
de una escuela que llevaba el nombre de nuestro querido don Berna. ¡Es
tan hermoso, humano e importante lo que hacen el padre Pigi y Rosetta! Me ha
fascinado ver hacer el bien de esa manera, persona a persona. Después
de un año, volví a ver al padre Pigi. Le pregunté si podía
hospedarnos a mí y a mi amigo Gianni, un magnífico pintor además
de una gran persona. Recibí un fax que decía: «Queridos amigos
Ernesto y Gianni, sed bienvenidos. Así, con dos pintores, terminaremos
el ViaCrucis de la iglesia de Boao Uniao». De esta forma, a la preocupación
por un largo viaje se añadió la de tener que hacer una Viasacra
en una iglesia, sobre paredes de un metro y medio por dos... El año anterior
había visitado esta iglesia, y sus paredes me parecieron ideales para
un ViaCrucis, pero una cosa es intuir una obra y otra, bien distinta, hacerla.
Lógicamente, no podíamos hacer un ViaCrucis al estilo de Giotto,
teníamos que plasmar una idea más sencilla. Gianni es un gran pintor,
yo también soy pintor, aunque no tan bueno. Nos documentamos, llevando
una serie de bocetos, y partimos hacia Brasil. Gianni estaba preocupadísimo,
pero yo tenía mucha confianza en Gianni, en Pigi... y en Jesús,
que con toda seguridad nos echaría una mano. Y en verdad fue así.
El padre Pigi quería un ViaCrucis en blanco y negro y, como la pared era
blanca, solo teníamos que utilizar el negro. Eligió uno de los
ViaCrucis que llevábamos esbozados. Tuvo una intuición preciosa
sobre el modo de llevar a cabo el trabajo y nos pusimos manos a la obra. Había
ya cuatro paneles, diseñados por pintores brasileños, una natividad,
con un niño Jesús que tenía una cruz en la cuna y la escena
de la condena, pintados por un joven. Gianni y yo conseguimos terminar el ViaCrucis
en diez días. La composición consta de una serie de grandes cruces
que llevan desde el Nacimiento de Jesús hasta su Resurrección.
Ernesto, Turín
Más allá
del compromiso
Queridos amigos: Tenemos tal cantidad de trabajo que podríamos estar las
veinticuatro horas del día en el hospital, implicándonos a fondo
cada minuto, constatando sin embargo que todo el compromiso parece servir de
poco. Pero aquí las satisfacciones son distintas. Puedes perder horas
buscando una vena en una niña de seis años, ingresada desde hace
dos meses porque un charlatán ha hecho el papel de cirujano y nadie se
explica qué es lo que le ha hecho. Con treinta personas que te miran y
esperan un milagro que tú no puedes hacer, sino sólo pedir. Se
puede invocar al Espíritu Santo para que te ayude a encauzar esa última
vena en la cabeza, y esperar que se mantenga al menos el tiempo necesario para
que pueda pasar un poco de sangre. Te puedes encontrar con un cadáver
entre las manos, mientras tratas de reducir lo que entre nosotros sería
una simple hernia umbilical. Pero esta chica de treinta años ha permanecido
durante seis días en su aldea, encerrada y deshidratada, porque esperaban
que la “serpiente” saliese de su tripa. Después de tres semanas
en el hospital parece otra persona. Al final, el Espíritu interviene y
encuentras finalmente esa vena, y la madre se arrodilla a tus pies con los ojos
llenos de gratitud. Y vives quizá una satisfacción nunca antes
experimentada. Aquí parece que has retrocedido mil años en un instante.
Pero esta gente tiene necesidad de lo mismo que nosotros: de sentirse amada,
sostenida, acompañada, y de saber que existe algo por lo que merece la
pena vivir. A veces tienes que ir hasta un lugar perdido, después de media
hora por un camino de polvo, y llegas a una cabaña en done la gente vive
con una dignidad inimaginable y que, después de la visita, reza pidiendo
la salud. Ayer llegó Tracce. La devoré. Es verdad que para comprender
hasta el fondo las cosas en cierto modo hace falta perderlas.
Andrea, Hoima (Uganda)
Diálogo ecuménico
Publicamos el mensaje que una monja de un templo Zen, que este año participa
en la Escuela de comunidad, ha enviado a un amigo
Querido Carlo: te agradezco tu mensaje. Para Taiten y para nosotros, que hemos
hablado con él de este tema, la experiencia del lunes por la noche, profunda
y conmovedora, ha confirmado un entendimiento que se perfilaba desde hacía
tiempo y que al mismo tiempo nos ha sorprendido, inesperado en el recorrido de
un diálogo auténticamente “ecuménico”, como
justamente dices. Es reconfortante ver cómo se está desarrollando
este encuentro, con rigor, pasión y a la vez con familiaridad.
Vera, Bargone
Gesto sencillo
y concreto
Queridos amigos: Quería antes que nada disculparme por el retraso con
el que he hecho mi aportación al fondo común del último
año. Yo siempre me retraso, pero esta vez ha sido demasiado exagerado.
Debo decir que dentro de poco me caso y, con todos los gastos de los preparativos
y de la casa, he estado tentado de pasar de todo y saltarme el pago. ¡Qué tentación
y qué infeliz elección habría hecho contra mí y contra
mi deseo de felicidad! Ésta es justamente la última tentación
de nuestro tiempo: vivir de momentos fugaces, de emociones que pasan, dejando
resbalar las cosas a nuestro lado como un arroyo sobre las piedras sin que nada
eche raíz y dé fruto. Pero yo deseo que mi vida dé fruto.
A partir de mi experiencia puedo decir que mis sarmientos no crecen si no están
alimentados por esa fuente viva de esperanza única que es la Iglesia y
Cristo a través de ella. El fondo común es quizá el gesto
más hermoso para testimoniar que mi vida pertenece a Otro, hermoso porque
es tan sencillo y concreto como lo es hoy la ayuda que la Fraternidad ofrece
a mi vida, a la de mi futura mujer y a la de mis amigos.
Guglielmo, Avellino