Nueva
York Padre Carlos Acosta
El
desafío cristiano en el Bronx
Marco Bardazzi
Hace falta un mapa específico para orientarse entre todas las devociones
marianas que se pueden encontrar al este del Bronx. Puertorriqueños, dominicanos,
mejicanos y hondureños, llegados en sucesivas oleadas desde América
central, han trasplantado a Nueva York las tradiciones de sus tierras de origen. «El
resultado es que todos tienen una Virgen a la que adorar; le tienen una especial
devoción y nuestra iglesia está abierta para acoger sus respectivas
fiestas», explica el padre Carlos Acosta, desde mediados del año
pasado párroco de St. Luke, una iglesia en el corazón de este enclave
multiétnico.
Ser pastor de una comunidad es un desafío y, al mismo tiempo, un acicate
para un sacerdote uruguayo que llegó a Nueva York en los años 70,
haciendo una parada de diez años en Argentina antes de trasladarse a EEUU,
y que conoce bien la riqueza espiritual de las distintas tradiciones católicas
hispánicas. Anteriormente, el padre Acosta había sido párroco
en Manhattan, en un ambiente muy distinto. «Aquí, en el Bronx, la
gente está más ligada a la actividad de la Iglesia. El domingo
viene mucha gente a misa, entre ellos hay una unidad mayor de la que había
en Manhattan». El problema es que el pueblo del Bronx está formado
por personas que trabajan en puestos muy humildes, con ritmos y horarios a menudo
demoledores. «Por ello voy a visitarles a sus casas, voy a verles si trabajan
hasta tarde, intento rotar entre mis feligreses al menos un par de veces por
semana. Leo con ellos el Evangelio y procuro que Cristo sea una presencia familiar;
pero sobre todo, estoy con ellos con don Giussani en el corazón».
El padre Acosta conoció el movimiento hace tres años, a través
de monseñor Lorenzo Albacete. Desde entonces participa en la Escuela de
comunidad y en la amistad con un grupo de sacerdotes neoyorquinos de habla hispana. «La
Escuela de comunidad me ayuda a comprender la Iglesia y me ofrece una nueva visión
de ella. Supone un nuevo encuentro con Cristo y me ayuda a vivir mi responsabilidad
en la parroquia». «La Escuela de comunidad –añade– me
ayuda a comprender mejor mi vocación de sacerdote y cómo debe ser
la relación con mis feligreses».
El domingo por la tarde, el padre Carlos lleva una Escuela de comunidad en la
iglesia de St. Luke, una parroquia que se levanta en una zona enormemente poblada
del Bronx, encrucijada de gigantescas autopistas elevadas que cada día
soportan la invasión de cientos de miles de coches que van y vienen, llegando
o abandonando Manhattan. «Por ahora somos ocho en la Escuela de comunidad –dice
el padre Carlos– y los que vienen no son de mi parroquia, son amigos que
llegan de otras partes de la ciudad. No veo la hora de poder invitar a alguno
de mis feligreses, aunque la Escuela de comunidad sea en español, porque
la gente lo prefiere».
Uno de los mayores desafíos en su vida de párroco es ayudar a sus
fieles a comprender la importancia de la familia «como lugar donde el amor,
la ayuda y el compartir la vida del otro permiten vivir a Jesús».
Es una tarea delicada y decisiva, sobre todo frente a las nuevas generaciones
de inmigrantes, que no siempre tienen una concepción de la familia tan
clara como la de sus padres. «Para mí es particularmente importante –cuenta– ayudar
a los mejicanos, los más religiosos, a comunicar la fe a sus hijos, a
mantener vivas su cultura y sus tradiciones, las raíces de la fe que profesan».