Nueva
York De camino al trabajo
Encuentros
en el metro
Bajo la Gran Manzana, entre vendedores ambulantes, músicos y demás,
se encuentra gente “normal y corriente”. Basta con pararse y mirar
Giovanni Cesana
Chicas vestidas de modelos,
tacones de aguja
y mirada de estrellas,
se sienten seguras
porque son bellas,
y cuando él no llegue
romperán a llorar.
El metro es un reino
donde todo está permitido
y si lo tomas verás
que ningún viaje es nunca igual
y te divertirás,
en el metro…
Adiario, en el metro intento estudiar. Pero no es nada fácil entre el
circo de guitarras mexicanas, los predicadores del fin del mundo y la llegada
del poder negro, los malabaristas y los acróbatas, los vendedores de pilas,
M&Ms o patatas fritas, los que piden caridad y los que buscan trabajo, los
músicos, cantantes y vocalistas, pícaros, ladrones y artistas.
Por una vez, reparemos en los que, al menos a primera vista, resultan personas “normales”.
Poned a un negro con su “loro” a todo volumen, sin cascos, en un
vagón subterráneo y tendréis una pista de baile móvil.
Estamos hablando de la línea A, el metro negro, al son de R&B, esa
música negra cuyos compases no son de 4/4, sino una historia infinita.
Por la mañana resulta un somnífero aplastante. Yo intento estudiar,
pero me es imposible mantener los ojos abiertos. Me despierto súbitamente
del sueño metropolitano y mi mirada vaga medio inconsciente en busca de
un punto de referencia que me recuerde dónde estaba. Así me atrapa
la mole del gigante negro que está sentado a mi lado, quien ojeando la
página del libro abierto sobre mis rodillas me suelta: «Hey, cuidado
con eso, te matará». Entre pitos y flautas retomo mi estudio, hasta
que el gigante tiene que salir del vagón: «Me voy –me dice–, ¿quieres
comprar algo?». «No, gracias».
Una chica guapa y elegante llora escuchando el walkman. Grandes lagrimones, en
silencio, mirando al suelo, sola en medio de tanta gente. Un chaval de esos que
con sólo mirarte ya se han quedado contigo, gorro calado hasta las cejas
y sonrisa sarcástica, se sienta enfrente de mí. Se quita el gorro
y se plasnta unos cascos enormes en las orejas. Música a tope: cada una
de las palabras de la canción podía oírse con claridad a
un vagón de distancia. A mi lado, una anciana. «Hey, abuela –le
dice el chaval– ¿sabes si en el Estado de Nueva York hay pena de
muerte?». «No sabría decirle», responde la señora
un tanto extrañada. «¡¿Eh?!», grita el tipo con
miles de decibelios en los oídos. La señora le hace un gesto para
explicarle que no lo sabe. Entonces él se quita los cascos y apaga la
música, se inclina hacia delante clavando las manos en las rodillas: «En
Florida no hay, estoy seguro porque vengo de allí». Mientras tanto
el tren se detiene en la estación, las puertas se abren, la señora
se levanta forzando una sonrisa y se desliza fuera del tren. El chaval me mira
y me sonríe. Se vuelve a poner los cascos, enchufa la música a
todo trapo, apoya la espalda y la cabeza en el asiento, estira las piernas y
cierra los ojos con satisfacción.
De pie en la línea F, el metro de los rusos, me pongo a leer. Se va la
luz. Miro a mi alrededor y decido cerrar el libro. Vuelve la luz. Busco la página
y lo vuelvo a intentar. La luz se va otra vez. Resoplo y espero con el libro
abierto. Se enciende de nuevo, voy a ponerme a leer, pero se apaga otra vez.
Cierro el libro con rabia y se enciende. Displicente hacia la luz, guardo el
libro en la mochila. Oigo un aplauso: dos energúmenos rusos y bigotudos,
divertidos y satisfechos, han apreciado mi decisión.
Mientras tanto, la temperatura ha subido de -30 a -5 grados. Puedo decir, desde
un punto de vista científico, que la variación térmica produce
en mí y en los jóvenes de mi edad un desequilibrio circadiano:
por la mañana “no hay quien nos levante”. Pongo por testigos
a las señoritas de Brooklyn que, también ellas, llegan tarde al
vagón, desarregladas, despeinadas, con una taza de café que acaban
de comprar a toda prisa. No han tenido tiempo nada más que para levantarse
de la cama y para ellas, solo para ellas, el vagón se transforma en un
salón de belleza. Precisas, veloces y despiadadas contra las cejas rebeldes, ¡son
un espectáculo digno de verse!