PABLO VI
Esta tierra bendita llegó a ser, por tanto, en cierto modo, el patrimonio
espiritual de los cristianos de todo el mundo, los cuales claman poderla visitar,
en piadosa peregrinación, al menos una vez durante la vida, para saciar
su devoción y expresar su amor a Dios hecho niño en Belén.
(…)
Pero es también, no obstante, la tierra en la que, junto a los santuarios
y lugares santos, existe y actúa una Iglesia viva, una comunidad de creyentes
en Cristo. Es una comunidad que, a lo largo de la historia, ha sufrido innumerables
pruebas y se ha visto sometida a dolorosas circunstancias. (…)
Estos hermanos nuestros, “que viven donde vivió Jesús, y
que, en torno a los lugares santos, son los sucesores de la antiquísima
primera Iglesia, que dio origen a todas las Iglesias”, (…) participan,
de un modo especial y cotidiano, de los sufrimientos de Cristo, responden al
nombre de cristianos con la manifestación de una fe viva, de un amor sincero
y de una pobreza auténtica, según el espíritu del Evangelio.
Si su presencia fuera a menos, se apagaría en los santuarios el calor
de un testimonio vivo, y los lugares santos cristianos de Jerusalén y
de la tierra santa se volverían semejantes a museos (…).
Es digno de destacarse el hecho de que, durante el Concilio Vaticano II, fueron
muchos los padres que acudieron en peregrinación a los lugares santos.
Estas peregrinaciones favorecieron el encuentro con pueblos de distintas creencias,
dado que a aquella tierra bendita, y especialmente a Jerusalén, miran
y confluyen como a su centro espiritual no sólo las comunidades cristianas,
incluidas las no católicas, sino también las judías y musulmanas.
Nosotros auspiciamos vivamente que se intensifiquen estos contactos, contribuyendo
al conocimiento mutuo los unos de los otros, al respeto mutuo, al acercamiento
de los hermanos, hijos del mismo Padre, así como a una comprensión
más profunda de la necesidad primaria de la paz entre los pueblos (…).
En este proceso de convergencia, la presencia cristiana en Tierra Santa, junto
con la judía y musulmana, puede ser un factor de concordia y de paz: y
esto tiene para nosotros los católicos una especial importancia, pues
confiamos en que “el futuro está en manos de los que son capaces
de transmitir a las generaciones del mañana razones para vivir y para
esperar”.
(de la Exhortación Apostólica Nobis in animo, 25 de marzo de 1974)
Al investigar el misterio de la Iglesia, este Sagrado Concilio recuerda los
vínculos con que el Pueblo del Nuevo Testamento está espiritualmente
unido con la raza de Abrahán. Pues la Iglesia de Cristo reconoce que
los comienzos de su fe y de su elección se encuentran ya en los Patriarcas,
en Moisés y los Profetas, conforme al misterio salvífico de Dios.
Reconoce que todos los cristianos, hijos de Abrahán según la
fe, están incluidos en la vocación del mismo Patriarca y que
la salvación de la Iglesia está místicamente prefigurada
en la salida del pueblo elegido de la tierra de esclavitud. Por lo cual, la
Iglesia no puede olvidar que ha recibido la Revelación del Antiguo Testamento
por medio de aquel pueblo con quien Dios, por su inefable misericordia, se
dignó establecer la Antigua Alianza, ni puede olvidar que se nutre de
la raíz del buen olivo en que se han injertado las ramas del olivo silvestre
que son los gentiles. Cree, pues, la Iglesia que Cristo, nuestra paz, reconcilió por
la cruz a judíos y gentiles y que de ambos hizo una sola cosa en sí mismo.
(de la Declaración Nostra aetate, 28 de octubre de 1965)