Tras
los atentados del 11-M y las elecciones
La
fuerza de la Resurrección
Extracto
de la homilía del Cardenal-Arzobispo de Madrid, en la Eucaristía
con ocasión de los atentados terroristas en Madrid. Catedral de La Almudena,
16 de marzo de 2004
Antonio María Rouco Varela
Los trágicos atentados del pasado 11 de Marzo nos ha sumergido
a todos en un profundo dolor que sólo encuentra consuelo y alivio en la
oración y en el testimonio de la caridad con que tantos hermanos nuestros
se han comportado con las víctimas, sus familiares y los heridos. Los
madrileños, bien explícita, bien implícitamente, han respondido
desde el mismo momento en que se conoció la tragedia con una pronta y
heroica respuesta de fe y de caridad, admirable contrapunto a la conducta asesina
de quienes parecen vivir para matar a sus semejantes y luminoso y alentador signo
de esperanza...
El alma cristiana de la ciudad
Alentaba el alma cristiana de la ciudad y de sus habitantes, como en los mejores
y más nobles episodios de su historia multisecular. Desde la misma tarde
de los acontecimientos la comunidad cristiana de Madrid envolvía con el
hálito espiritual de la oración, privada y públicamente,
todo el despliegue de auxilios y socorros humanos que prestaban con tanta abnegación
los miembros de las fuerzas de la seguridad del Estado y de las Administraciones
públicas, el personal sanitario ejemplar en su entrega extenuante a los
heridos y muchos, incontables, voluntarios dispuestos a ayudar donde y como fuese
posible. Cada vez se conocen más capítulos de esta historia humana
y cristiana singular, plenos de conmovedor y anónimo heroísmo.
Nihilismo y terrorismo
El nihilismo asesino, del que se alimentan los actos terroristas, no es la última
palabra sobre la existencia humana. Sólo los insensatos, los ciegos de
ira y violencia, los que viven en oposición a Dios, consideran la muerte
como punto final de la existencia humana. (...)
Dios no nos ha creado para la muerte sino para la vida inmortal, la que brota
inagotable de la resurrección de Cristo. El terrorismo puede segarnos
la vida y arrebatarnos a nuestros seres más queridos; puede lanzarnos
al dolor más intenso e inexplicable, pero nunca podrá arrebatarnos
la certeza de que la muerte de Cristo, muerte por todos y cada uno de los hombres,
nos ha abierto las puertas de una esperanza que se alimenta, incluso contra toda
esperanza, de la Vida que nos viene de Dios. (...)
El rechazo de Dios se vuelve contra el hombre
El desprecio de Dios, la negación de su verdadero ser y trascendencia,
el rechazo de su verdad amorosa se vuelven contra el hombre en actitudes de odio
y violencia que pueden llegar a crímenes perversos como los que contemplamos
en los actos terroristas. (...) Volver a Dios, reconocer que sólo Él
es el dueño de la vida y, por tanto, Creador y Padre de todos los hombres,
someterse a su ley del amor inscrita en el corazón humano es, por ello,
la primera exigencia moral y el único camino que conduce al hombre a la
regeneración de sí mismo y al respeto de sus semejantes y de la
dignidad que les corresponde como hijos de Dios. ¡Con cuánta fuerza
hemos de orar, hermanos, por la conversión de los asesinos, que se denigran
y embrutecen a sí mismos y se precipitan en la eterna condenación
si rechazan todo arrepentimiento! ¡Con qué intensidad religiosa
suenan las palabras de Cristo anunciando su retorno para el juicio y advirtiendo
del peligro de ser sorprendidos en la impiedad y en la dureza de corazón!
El hombre depende
Cristo nos enseña a vivir en actitud de espera y esperanza, es decir,
atentos a la hora de nuestra muerte, siempre incierta. La actitud del hombre
sabio y prudente es la vigilancia acerca de esa hora final, en la que el Señor
vendrá a pedirnos cuentas de nuestra vida. Con esta enseñanza,
Jesús nos recuerda que el hombre depende de su Señor, a quien espera.
Que no es dueño de sí mismo, sino que es un siervo que tiene ceñida
la cintura y encendidas las lámparas para ponerse a servir a su Señor
apenas venga y llame. Olvidar esta actitud es creernos dioses y señores
de nosotros mismos y de nuestro prójimo; la consecuencia inmediata es
subyugar a los demás, dominarlos y maltratarlos, como dice Jesús
en otra de sus parábolas. Quien vive así, pronto se olvidará de
su destino, se comportará como un enemigo de sus hermanos y se burlará de
la salvación eterna.
Amar como Él mismo ama
Por el contrario, quienes esperan al Señor, quienes viven atentos a su
venida, siempre en vela, experimentarán el gozo de ver que su Señor
les sentará a la mesa y los irá sirviendo. Que esta eucaristía
nos estreche a todos nosotros en la caridad de Cristo para que podamos amar como Él
mismo nos ama y ser testigos de su amor ante todos los hombres que sufren las
consecuencias del pecado, hoy y en esta ocasión con suma viveza y emoción
con los más de doscientos heridos que se encuentran todavía hospitalizados
en los Centros Sanitarios de Madrid, de forma que el amor de Cristo sea capaz
de convertir el corazón de los impíos y este mundo sea renovado
por la única fuerza capaz de hacer nuevas todas las cosas: la fuerza de
la Resurrección.