Cine
- Ficha
La
Pasión de Cristo
Acerca
de la última película de Mel Gibson, que narra las últimas
horas de la vida de Jesús de Nazaret, su muerte y resurrección,
vividos a través de los ojos de María
Julián Carrón
La película de Mel Gibson es una muestra de arte cinematográfico:
la narración a los hombres de hoy de la pasión, muerte y resurrección
de Jesús de Nazaret. Por medio de la conmoción estética,
hace revivir toda su capacidad de interrogar al hombre de hoy. Igual que ante
Los novios de Manzoni, un cuadro de Caravaggio o la Divina Comedia nos vemos
empujados a preguntarnos acerca del destino, el sentido del periplo humano y
la ley que rige el mundo, de forma análoga –si bien con las evidentes
diferencias–, ante esta película surge imponente la pregunta sobre
Jesucristo, como sucedió con los primeros que le conocieron: «¿Quién
es éste?». Naturalmente, cualquier espectador puede ver una película
sobre Cristo con la misma distracción con la que veía a Gibson
actuar en Arma letal y salir del cine, como mucho, con la convicción de
haber gastado bien o mal su dinero. Decía Péguy que el “consumidor” tiene
una gran responsabilidad: es él quien completa la obra de arte, es la
calidad de su atención la que decide el nivel de éxito. Y nadie
puede asegurar que los millones de personas que están viendo la película
lo hagan con tal atención que salgan con una pregunta verdadera, con una
emoción, esto es un movimiento de su persona auténticamente profundo.
Un sinfín de detalles
El arte posee una única ley: es un gesto diferente de todos los demás
que el hombre realiza para comunicar su experiencia. No es un artículo,
ni un ensayo, no es una proclama ni una charla entre amigos. Con su Pasión,
Gibson ha comunicado su experiencia cristiana y lo ha hecho como lo hacen lo
artistas, ligando una larga serie de detalles en la unidad de una visión.
Son los detalles (los que se nos quedan grabados y contamos después de
haberla visto) los que mueven las impresiones y suscitan emociones más
hondas. Así, en este caso, el sonido de las lenguas orientales, la brutalidad
del trato del condenado Jesús, cierto suspenso en las miradas de los protagonistas,
la emergencia en el recuerdo de Jesús o de los demás de escenas
de la vida pasada a partir de un detalle, como una gota, la posición de
una pierna... Estos y mil más son las pinceladas que el artista ha cuidado
para que impregnaran nuestra mirada y nuestra emoción interior. Pero el
gran logro artístico radica en haber mantenido la energía de cada
uno de estos detalles unida en la conmoción por la figura de Cristo en
el momento en que cumple conscientemente la misión que le ha confiado
el Padre. No se trata de un superhéroe, sino de un hombre que, en el instante
de su extrema debilidad, muestra la fuente de su fuerza victoriosa: «Se
hizo obediente hasta la muerte».
La mirada de María a su Hijo
Impresiona la extrema “normalidad” de acontecimientos tan excepcionales.
Dios que se hace hombre. Aquel joven carpintero que bromea con su madre, que
habla con sus amigos mientras cenan –cada recuerdo es como un cuadro de
Caravaggio (fuente de inspiración del director hasta en la elección
de los tonos del vestuario)–, parte el pan y sirve el vino: «No existe
amor tan grande como el de quien da la vida por sus amigos». Después
viene la traición de Judas, la negación de Pedro, agobiado por
el miedo a las represalias, el perdón de la adúltera. ¿Cómo
no sorprenderse, igual que el soldado judío, ante la “sencillez” con
que repone la oreja cortada por Pedro? Y, sobre todo, María, la madre, «envejecida
más de diez años» (Péguy).
Gibson ha elegido la mirada de la Virgen a su Hijo como principal elemento “dramático”,
esto es, como acción en la que el espectador pueda captar más claramente
la conmoción a la que tienden todos los detalles. La mirada de María
es el espacio dramático de la película. Pesa infinitamente más
que ningún otro aspecto, más que todos ellos (el proceso, la presencia
de la contra-mirada demoníaca, la sangre, que es mucha, los gritos, el
paisaje), se pone de relieve y se potencia. Ella le mira sabiendo, mira a su
Hijo con la infinita y desgarrada ternura de estar a su lado sin poder aliviar
su dolor, con su materno deseo de morir con él, pero también con
la conciencia de que se está cumpliendo el acontecimiento central del
mundo. Y él responde a esa mirada, buscándola como la busca cualquier
hijo que sufre. Pero la busca también relanzando, en el momento final
de la cruz, esa mirada a la historia del mundo, instituyendo la Iglesia como
su vida en el legado a Juan y a ella, María, así como en la última
cena, cuyas imágenes hacen de significativo contrapunto a la pasión.
Ni melindrería
ni sentimentalismo
Gracias a su sabia y tecnológicamente avanzada utilización del
medio cinematográfico, Gibson ha ofrecido una visión de la pasión
de Cristo y de su figura nada pegajosa o sentimental. Las polémicas que
lo han acompañado son difícilmente justificables, a no ser como
expresión de un malestar por el hecho de que reproponga a la atención
popular la figura de Jesús con su pretensión inaudita. Tampoco
es posible compartir las acusaciones de antisemitismo: el pueblo judío,
que llevó todo el peso de la historia precedente, es el pueblo en el que
nacen Pedro y Juan, la Magdalena, María y Jesús de Nazaret, como
cumplimiento de la antigua profecía.
Es cierto que, tratándose de Jesucristo, corresponde al espectador, por
una vez, el dejar de ser mero espectador para esgrimir la pregunta que la película
replantea –«¿Quién es éste?»– y
buscar una respuesta adecuada. Es de esperar que pueda encontrar todavía,
fuera de la sala de cine, ocasiones que ofrezcan a esa pregunta compañía
e hipótesis de trabajo. Dado que es la cuestión central de la existencia,
de todos los días y del universo entero, todo se juega en el modo en que
la libertad de cada uno se sitúe frente al hecho.
Don Giussani recuerda que una vez una mujer fue a confesarse y le contó que
su marido había muerto y uno de sus hijos, enloquecido, había asesinado
al otro. Se había quedado sola e increpaba a Dios por aquella injusticia. Él
la condujo ante un gran crucifijo en el fondo de la iglesia: «Si tiene
alguna queja, dígasela a Él». Y ella, tras un largo silencio,
contestó: «Tiene razón».
Tal vez la fuerza de la película sea precisamente ésta: un golpe
neto, una provocación a recordar que el cristianismo no es un sentimentalismo,
una cuestión de comportamiento, sino un hecho entera y “crudamente” humano.
Ha suscitado y sigue suscitando irritación, y no sólo por su realismo: ¿puede
Dios abajarse hasta tal punto y asumir la fragilidad y el dolor hasta la muerte?
La película concluye con la resurrección, el comienzo de una historia
nueva sin la cual la que cuenta Mel Gibson quedaría como un incomprensible
hecho del pasado. Una historia tan normal como excepcional, porque es humana
y divina.
Y, así, la pregunta «¿Quién es éste?» abre
a otra más decisiva, porque es la pregunta de la vida hoy: «¿Dónde
está Él?». Aquí se juega todo el drama de la libertad
y del presente. ¡Quién sabe!, tal vez se relate en una próxima
película.