Editorial
Mirar
a la Iglesia para sostener la esperanza de los hombres
Vivimos tiempos difíciles. Muchos dicen tiempos “de guerra”.
Es cierto, horribles masacres y escenas de odio alimentan el miedo y la angustia.
Nadie está a salvo del temor y la inquietud. Abundan los análisis
y las conjeturas de todo tipo. En muchos casos en la prensa y en las plazas,
la ideología vuelve a su pretensión violenta de leer la realidad,
ocultando el esfuerzo por comprender lo que verdaderamente está en juego.
Algunos insensatos llegan a equiparar el terrorismo a una especie de guerras
entre ricos y pobres (llevado a cabo, en realidad, como un ataque a los países árabes
moderados y a Occidente, con el fin de conquistar un mayor poder); otros defienden
la guerra como único remedio a los males del mundo. Así sólo
se incrementa el odio y el resentimiento, con una perspectiva cada vez más
sombría para todos.
«
Nosotros amamos la muerte más de cuanto vosotros amáis la vida».
Con estas palabras los que han reivindicado la autoría de la matanza en
Madrid manifiestan su pretendido punto de fuerza contra la tradición europea
y cristiana. Es una afirmación que contiene todo el delirio que ha llenado
recientemente la mochila de un niño palestino y las cabezas de todos los
kamikazes que están ensangrentando el mundo. Y es una frase que, de manera
provocadora, nos interpela sobre nuestro amor a la vida. El amor a la vida sufre
una prueba muy dura en estos tiempos. Prevalecen temores, cerrazón en
los propios intereses, cálculo y, bajo una superficial distracción,
un sentimiento de oscuro pesimismo. Es la sombra negra de la nada, que tantas
manchas deja en la vida social, la cultura y las elecciones personales de muchos.
Para amar la vida hace falta una razón para esperar y poder así conservar
una mirada positiva aun en medio de las pruebas. Para amar la vida es necesario
algo que la haga amable siempre, aun cuando tiene el rostro herido o faltan las
fuerzas para amarla. Hace falta que el corazón y la mente sepan por qué la
muerte –como dice san Pablo– no tiene la “victoria”.
Los cristianos creen en la Pascua no como un rito, sino como el momento en el
que tuvo lugar la victoria de la vida sobre la muerte. La victoria que sólo
la potencia de Dios puede conceder a la vida del hombre. La Pascua no es un hecho
del pasado, es una historia que continúa en el presente, un séquito
de acontecimientos que introducen el fundamento de la esperanza en el mundo.
Los 50 años de vida de CL –que el Papa ha querido recordar con su
carta a don Giussani– han sido para muchos el “movimiento” mediante
el cual la Pascua ha entrado en su existencia y en su forma de juzgar la vida.
Por ello, en el manifiesto de Pascua de este año hemos escrito: «Solamente
Cristo ha introducido en el mundo la vida, como drama, como lucha por el bien.
No hay separación alguna entre la materialidad de la existencia y Cristo,
que está con nosotros y que nos abraza. Somos bien conscientes de nuestra
fragilidad humana, común a todos los hombres, pero también de la
certeza que tenemos en Cristo, que nos diferencia de todos los demás y,
en consecuencia, sabemos de la alegría y el optimismo que explican la
repetición incansable de nuestros intentos: siempre estamos en lucha».
Hoy, mirar a la Iglesia –lugar de la victoria de Cristo sobre la muerte– y
con ella rezar a Aquel que es nuestra paz es la manera más adecuada y
amante de la vida de ahuyentar las pesadillas del futuro, juzgar con inteligencia
y apertura los hechos que suceden y sostener la esperanza de los hombres.