EMMENDINGEN
Romano Christen y Gianluca Carlin
Partir
de la persona para educar al pueblo
Sebastian
Hügel
Emmendingen
es una pequeña ciudad no lejana de Friburgo, en la
ladera de la Selva Negra. Aquí me encuentro con el padre Romano y el padre
Gianluca, dos sacerdotes de la Fraternidad de San Carlo. Su casa es el punto
de partida de la visita que realizaremos a las parroquias que se les han confiado.
Todo empezó hace diez años, cuando el p. Romano, que había
estudiado en el seminario diocesano, fue nombrado párroco. Él mismo
nos cuenta: «Lo nuestro no fue un comienzo fácil. Encontramos la
realidad típica de muchas parroquias alemanas: una comunidad ideológicamente
dividida entre conservadores y progresistas, y una liturgia entendida como campo
de experimentación. Mi predecesor había dejado la parroquia afirmando
que para permanecer fiel a Cristo tenía que abandonar la Iglesia». «La
Iglesia alemana vive una gran herencia –continúa el p. Gianluca,
que ahora releva a Romano en la visita a las parroquias–: las grandes asociaciones
católicas aún cuentan con decenas de miles de inscritos, la Iglesia
todavía tiene a su disposición considerables medios financieros
y cientos de obras; pero, para la mayoría, la fe no es el centro de la
vida, criterio de juicio o fuente de esperanza».
Me llevan a una iglesia neogótica dedicada a san Bonifacio, el apóstol
de Alemania. Romano me dice: «Desde aquí empezamos: cuidando la
liturgia y la vida sacramental, anunciando a Cristo y su amor por cada uno de
los hombres. Intentamos conocer a la persona, independientemente de su ideología,
ayudándola a descubrir las circunstancias de la vida como el lugar donde
se juega la aventura de la propia vocación. Don Massimo Camisasca nos
confió el desafío de ser factor de reforma. Han sido años
intensos en los que la realidad parroquial nos ha planteado interrogantes y enriquecido
continuamente. El camino de la Iglesia es el encuentro del hombre con Cristo,
no con una idea. Muchos agradecían volver a oír cómo se
anunciaba la fe; otros, acostumbrados a “luchar en contra”, se marchaban.
Es muy fuerte la tentación de pensar que es uno mismo el que hace que
la parroquia crezca. Pero es Cristo el que obra, nuestra tarea es reconocer aquello
que el Espíritu hace crecer». Salimos de la iglesia y nos dirigimos
hacia las calles del centro. «Esta es mi parroquia, esta es mi gente»,
dice Gianluca. «Muchos no saben ni siquiera quién es Cristo».
Más del 20% de los habitantes de Emmendigen no está bautizado,
una tercera parte de los que reciben el Bautismo lo hace en edad escolar. Y tampoco
faltan los adultos: «Poder contribuir a la obra de Dios es una enorme gracia».
Empiezan a relatar historias muy diferentes sucedidas entre ellos, como la de
un kosovar musulmán que aquí descubrió las raíces
de su historia y pidió el Bautismo; o la de una chica de veinte años
procedente del Este que, intrigada al ver a la gente detenerse ante la iglesia,
pregunta de qué se trata: sería el primer paso que la conduciría
al Bautismo. También nos cuentan la historia de una mujer evangélica
que durante veinte años había asistido a la liturgia en la catedral
de Friburgo: al final solicitó ser católica. Pero no todas son
historias con final feliz. Hay también quienes ceden ante las burlas de
la familia o de los compañeros de trabajo.
Continuamos nuestro tour dirigiéndonos hacia el barrio más nuevo
de la ciudad, donde se encuentra la otra parroquia. La iglesia de San Juan Bautista
es una gran iglesia de cemento en forma de tienda, diseñada por el arquitecto
como la nueva tienda de la Alianza, lugar en el que Dios habita en medio de su
pueblo. Un pueblo que, como el viejo Israel, ha quedado reducido a un pequeño
resto. «Sin embargo, la salvación del mundo llegó de aquel
pequeño resto de Israel», destacan. Y cuentan cosas de la fe y de
la oración de los ancianos, de las lágrimas porque sus hijos hayan
abandonado la fe. Nos hablan también de un grupo de familias con las que
han empezado una Escuela de comunidad y de las tardes de juego de los domingos
con sus hijos; o de un grupo de jóvenes que acompañan a una de
sus amigas de dieciséis años en su camino a la Primera Comunión.
Entramos en la escuela infantil que, con sus 125 niños, es la más
grande de las cuatro que tienen en sus parroquias. «La escuela infantil
es la obra más importante de la parroquia. Aquí se mide la capacidad
de una propuesta educativa. No se trata sólo de los niños. Para
mí –dice Gianluca– esta escuela tiene la función de
recordar a la parroquia que los cristianos podemos dar un juicio cultural sobre
la vida. Acogemos a todos precisamente porque pensamos que nuestra mirada sobre
la persona es más humana. La necesidad más urgente de las familias
hoy día no es la de tener un lugar donde dejar a sus hijos mientras ellos
trabajan. La urgencia mayor es la de ser educados a educar. Esto vale para toda
la parroquia. No se puede partir de un proyecto o de un eslogan. Sólo
se puede partir de la persona».
La última etapa nos lleva a Heimbach, la tercera parroquia, la única
con raíces tradicionalmente católicas, fundada por los monjes benedictinos
de San Gallo en el siglo VIII. Romano continúa explicando que «pensando
en estos monjes, uno no puede dejar de pensar en la compañía que
el movimiento y la Fraternidad de San Carlo nos ofrecen. Toda nuestra fuerza
radica ahí, en sabernos parte de un pueblo y en la capacidad de generar
juntos nuestra casa». La parroquia alberga a dos beatos. Hugo, monje cisterciense
del monasterio de Tennenbach que fue suprimido a raíz de la secularización;
y Adelheid, eremita que vivió en esta selva. «En el fondo, esta
es la naturaleza del sacerdote –concluyen–, pedir a Dios la gracia
de la santidad para su pueblo».