Tras
los atentados del 11-M y las elecciones
Precisamente
por lo que somos
En
lugar de ceder al impacto disolvente de los atentados, la sacudida del terror
ha retado a toda la realidad del movimiento a una unidad más fuerte, a
una fe más profunda y a una presencia pública. En el diálogo
con compañeros de trabajo y estudio, con familiares y vecinos, hoy más
que nunca resulta necesario comunicar una esperanza cierta, para que el país
retome la senda de una construcción común. Ante la tarea de educar
en una alternativa real al nihilismo.
Después de las elecciones, las horas de la manipulación violenta
mediante la maquinaria formidable de los medios de comunicación. El terrorismo
ha golpeado una nación fraguada en el crisol de la tradición cristiana
José Luis Restán
Nueve de la
noche del sábado 13 de marzo de 2004. España
entera llora a los muertos del atentado terrorista más cruel de su historia.
Pocas horas antes, el Ministro del Interior ha comunicado la detención
de cinco individuos relacionados con el atentado, tres marroquíes y dos
indios. La pista del terrorismo islámico se ha convertido ya en la hipótesis
más segura para la policía, mientras el protagonismo de ETA se
desvanece.
El soporte ideológico
Para entonces la tensión en la calle ya es evidente. Decenas de sedes
del Partido Popular eran asediadas por numerosos manifestantes que acusaban al
Gobierno de haber mentido y de ser responsable de los atentados por su estrecha
alianza con la Administración Bush. Este movimiento no tuvo nada de espontáneo:
fue alimentado por las declaraciones de los líderes del PSOE y amplificado
por la formidable maquinaria del grupo PRISA, el principal grupo español
de medios de comunicación, espejo de la cultura radical-burguesa que ha
servido de soporte ideológico a la izquierda española en los últimos
veinticinco años. Y todo ello en plena jornada de reflexión, cuando
se supone prohibida toda propaganda política.
Transferencia de culpa
En la sede de la calle Génova toman conciencia de que el asunto se les
va de las manos: el miedo y la rabia de una parte importante de la sociedad española
han encontrado un cauce eficaz para manifestarse en el castigo al Gobierno del
PP, que hasta la víspera del jueves trágico aparecía en
todas las encuestas como seguro y cómodo vencedor. La operación “transferencia
de culpa” tiene su amargo reflejo en algunos gritos de los manifestantes: «Las
bombas que lanzasteis sobre Iraq explotan ahora sobre nosotros». En cambio,
apenas se escucharon condenas contra el terror de Al Qaeda y sus secuaces. Era
el comienzo de una larga noche, preludio de un histórico cataclismo electoral.
Las raíces del vuelco
Los resultados de las elecciones del 14-M no dejan lugar a dudas. La dramática
situación que enmarcó los comicios produjo la movilización
de dos millones y medio de votos que en las anteriores elecciones no habían
acudido a las urnas. El PP perdió un millón de votos y 35 escaños,
quedándose con 148; por el contrario, el PSOE conquistaba casi tres millones
de nuevos votos y alcanzaba la cifra de 164 diputados. Un país apesadumbrado
y dividido, presa de viejos fantasmas y de imágenes estereotipadas, necesitado
de una especie de catarsis tras el horror de los trenes, había plasmado
su grito en un vuelco político inimaginable tan sólo tres días
antes. Pero este fenómeno, que ha dejado boquiabiertos a los sociólogos
de medio mundo, tiene raíces profundas en una nación a la que siempre
parece resultar difícil encontrarse consigo misma.
Un odio típicamente
progresista
En un número de marzo de la revista Time, España, siempre amante
de las paradojas, aparece reflejada como una nación «fuerte, decidida
y con confianza en sí misma»; el prestigioso semanario norteamericano
reconoce que «su influencia en el mundo no ha tenido igual desde los tiempos
del imperio», y rinde homenaje a su crecimiento económico, su creatividad
artística e incluso su poderío deportivo. Curioso: el despegue
de este nuevo protagonismo de España ha tenido lugar durante los años
de gobierno de Aznar, esos mismos que una cierta mentalidad progresista ha detestado
como años sombríos en los que se habrían reducido las libertades,
la crispación habría sustituido al diálogo y el oscurantismo
y la reacción habrían frenado cualquier avance. Alguno de sus delirantes
voceros, como el cineasta Almodóvar, ha llegado a saludar el resultado
del 14-M como una «recuperación de la democracia», pero la
realidad de España no tiene nada que ver con este odio a lo propio, tan
típico de una franja intelectual de nuestro país.
Fuertes contradicciones
Sin embargo, la imagen de un país en permanente expansión, con
una especie de incansable voluntad de vencer y un brillo desenfadado y transgresor,
esconde la corriente profunda de una debilidad y un desencanto que aprovechan
cualquier resquicio para asomar. La tragedia del 11-M ha puesto dramáticamente
sobre el tapete estas contradicciones. España crece, bulle y se agita,
pero más como reflejo de una raíz vital que aún permanece,
que como expresión de una tarea común. Falta una conciencia clara
acerca del núcleo de nuestro patrimonio espiritual, cultural y moral,
sobre el que se puede construir y que, por tanto, merece la pena defender. Lo
ha manifestado claramente la reacción social frente a los atentados. Por
una parte, se ha producido una respuesta espontánea de generosidad y solidaridad
con las víctimas, pero casi nadie ha recogido el guante de este ataque
al corazón de nuestra identidad. Se ha preferido tirar la sangre a la
cara del Gobierno, sin comprender que, sean cuales sean los errores que éste
haya cometido, el terrorismo de matriz islámica nos ha golpeado precisamente
por lo que somos: una nación fraguada en el crisol de la tradición
cristiana, cuya sociedad se articula sobre el reconocimiento de la libertad y
de los derechos humanos. Es lo que ha dicho, por ejemplo, Gilles Kepell, el politólogo
francés que se opuso a la guerra de Iraq pero que ahora nos pone frente
a lo que no deseamos ver.
Repudio y vulnerabilidad
¿
Hay algo por lo que merezca la pena sufrir, trabajar y construir juntos? Tal
como recoge Time, según el actor Javier Bardem lo que mueve la creatividad
de los españoles es el deseo de encontrar el máximo placer para
librarnos de un sentimiento de culpa que sería producto de nuestra tradición
católica. Ahí está de nuevo ese repudio de la propia identidad
tan grato a los artistas de distinto pelaje, pero ahí tenemos, sobre todo,
la causa de nuestra terrible vulnerabilidad: se echa en falta un horizonte ideal
positivo y común, un amor por el que merezca la pena asumir un sacrificio
compartido. Los terroristas islámicos lo han señalado en más
de una ocasión: «Nosotros amamos la muerte más de cuanto
vosotros amáis la vida». Ahí radica la debilidad profunda
de Occidente frente a ellos, pues nuestro amor a la vida (que es muy distinto
de nuestro apego enfermizo al bienestar) no es lo suficientemente grande, porque
hemos roto los vínculos con lo que la sostiene: la relación con
el Infinito que se ha implicado en nuestra historia para salvarla.
Un verdadero ariete
La cultura del nihilismo en sus diferentes versiones ha hecho estragos gracias
a instrumentos como la escuela estatal (vaciada de propuesta ideal e invertebrada
tras las reformas socialistas) y a buena parte de los medios de comunicación,
que han hecho suyo el combate contra una tradición considerada antimoderna
e incapaz de permitir el avance de una España, que según sus mitos,
habría permanecido demasiado tiempo anclada en el pozo oscuro de la historia.
Hay una “vanguardia iluminada” que ha hecho de esta cultura difusa
un verdadero ariete en el debate político, discutiendo desde el primer
momento (año 1996) la legitimidad del centro derecha aglutinado en el
PP para gobernar la democracia española. Son los mismos que han repetido
hasta la saciedad el tópico de que el Ejecutivo Aznar ha reducido las
libertades, ha provocado el enfrentamiento civil y nos ha traído de nuevo
los aromas de la inquisición. Munición gruesa contra un gobierno
que hizo del “centro reformista” su divisa. Naturalmente esta vanguardia
tiene diferentes voces, entre otras la del tándem Cebrián-González
en el puente de mando y la de los cineastas que dirigieron el vídeo panfletario
Hay motivos, para convencer a la sociedad de que el Gobierno Aznar no era sólo
un adversario político, sino un peligro latente para la democracia. Y
así, los atentados del 11-M han sido la mecha brutal que ha prendido un
líquido inflamable que llevaba tiempo vertido.
La censura
Naturalmente, la Iglesia tenía que estar de una u otra forma en el punto
de mira de este proceso ideológico, por más que se situara en el “no
a la guerra” y que sus relaciones con el PP hayan pasado por momentos muy
duros. No es extraño que el laicismo en sus diversas manifestaciones haya
sido una de las claves del programa de la izquierda en esta última campaña.
Pero, sobre todo, llama la atención la censura sobre el sentido religioso
que ha tenido lugar en los días posteriores a los atentados. El cuadro
de inmensa conmoción que los diferentes medios nos retransmitían
ha quedado reducido a la solidaridad afectiva con las víctimas y a la
vendetta política, sin que se abriera paso, siquiera débilmente,
la pregunta sobre el sentido último, sobre el significado sin el que resulta
imposible el coraje para reconstruir y para luchar. La dimensión religiosa
de toda vida humana y de toda sociedad, que tan presente estuvo tras el 11-S
en Nueva York, apenas se ha hecho notar en la crónica de estas jornadas
amargas, privándolas así del recurso más profundo para encarar
la tragedia. Incluso se ha intentado poner sordina a la presencia de un centenar
de sacerdotes en la improvisada morgue del Parque Juan Carlos I para acompañar
a las familias de las víctimas. Los funerales celebrados en distintos
lugares de Madrid han sido conmovedores y han ofrecido la esperanza cristiana
con toda nitidez, pero no han llegado a vertebrar la respuesta del pueblo entero,
como sucedió, en cambio, con el funeral de Estado por los carabinieri
italianos muertos en atentado en Nassiriya.
La tarea de educar
La intensa y espontánea solidaridad de millones de españoles demuestra
que hay un germen de pueblo cuya raíz está viva. Pero necesita
más que nunca una guía que desempeñe una tarea educativa
y abra las conciencias al significado de la vida, a su postividad radical, al
valor irreductible de la razón y de la libertad. Decía Hannah Arendt
que el totalitarismo triunfa cuando ya no se distinguen la verdad de la mentira,
ni la realidad de la ficción. Y debemos reconocer que el terrorismo nos
ha herido también en esto.
Hace poco más de un año, después de meses de dura crispación
tras el hundimiento del “Prestige” y la guerra en Iraq, la presencia
de Juan Pablo II en Madrid supuso un inesperado punto de unidad para la sociedad
española, un momento de intensa conciencia sobre el bien común
que hemos sido llamados a custodiar, una pista para identificar el camino de
crecimiento de nuestro pueblo. Aquella experiencia cobra ahora singular valor,
pero hace falta un sujeto que la tome entre sus manos para traducirla en principio
educativo.
En una Nota titulada «Esperanza frente al terrorismo», los obispos
concluyen diciendo que en la dura tarea que espera a la sociedad española,
los católicos «aportaremos el ánimo fuerte que se alimenta
de una esperanza que no defrauda». De hecho, lo hemos visto ya estos días,
pues en lugar de ceder al impacto disolvente de los atentados, la sacudida del
terror ha retado a toda la realidad de Comunión y Liberación a
una unidad más fuerte, a una fe más profunda y a una presencia
pública a través de gestos tales como la Eucaristía celebrada
el mismo 11-M, el rezo del rosario por las víctimas, la participación
juntos en la manifestación del día 12 o el debate al conocerse
los resultados de las elecciones. El juicio que hemos difundido mediante un panfleto
se ha mostrado incisivo en el diálogo con nuestros compañeros de
la Universidad o del trabajo, con familiares y vecinos, comunicado a todos “una
esperanza cierta” necesaria para que nuestro país retome la senda
de una construcción común.