Tras
los atentados del 11-M y las elecciones
Signo glorioso de victoria
Algunos pasajes de la homilía del arzobispo de Granada
en el funeral por las víctimas del atentado. 12 de marzo del año
2004
Francisco Javier Martínez Fernández
A los cristianos no nos escandaliza el crimen, porque sabemos que el hombre,
que es, como hemos visto estos mismos días, capaz de un heroísmo
enorme, es también capaz de lo peor. El signo de nuestra fe, y el signo
de nuestra victoria, es la cruz, donde el mismo Amor con mayúsculas ha
sido injustamente sacrificado y convertido en víctima inocente. En la
cruz de Cristo, Dios ha abrazado a todas las víctimas de la historia,
ha abrazado a todo el mal del mundo, de cada uno de nosotros, haciendo de ese
abrazo –por muy paradójico que pueda parecer– la roca más
firme sobre la que construir la esperanza de un mundo humano. Cristo, el Hijo
de Dios, ha hecho de ese abrazo la revelación suprema e inefable de Dios
como misericordia infinita, como un puro Amor que se da a sí mismo, que
se pone a sí mismo, literalmente, en el “lugar de los pecadores”,
para que puedan reencontrar el camino de la verdad y de la paz. (...)
Cristo, en su cruz, revela así, al revelar a Dios como amor victorioso
del odio y del pecado, el valor de la vida y de la persona: que cada vida humana,
creada a imagen de Dios, es portadora siempre, y por el hecho de ser una vida
humana, de una dignidad, única, sagrada, conferida por ese Amor, y de
la que nadie puede disponer si no es en legítima defensa, y para evitar
el daño de la pérdida de otras vidas inocentes; y eso tiene como
consecuencias fundamentales: por una parte, que el contenido moral esencial de
una vida social que quiera corresponder al designio de Dios, y también
a las exigencias más profundas del corazón del hombre, es la tendencia
a la unidad en el amor y la concordia, a la libre cooperación al bien
de todos, y que toda violencia y todo lo que favorece la división y el
odio es un “no ser”, y un camino de muerte. Y por otra parte, que
la historia, a pesar de todas las innumerables miserias que la llenan (y los
atentados del jueves en Madrid son de las más execrables que hemos conocido),
no está abandonada a sí misma, sino que tiene sembrado en su propia
carne el Espíritu de Dios, que Cristo ha entregado a los hombres con el
don de sí mismo. Por eso la cruz de Cristo es un signo glorioso de victoria,
porque es el signo de que la misericordia de Dios ni se apartará ya nunca
de los hombres ni se deja vencer por nuestros males. La cruz de Cristo, por primera
vez en la historia, hace razonable y no simplemente voluntarista y arbitraria
la esperanza humana de un sentido positivo de la historia, de un triunfo final
del bien y del amor.