MADRID Ángel
López
Una
comunidad abierta a todos
a cargo de José Luis Restán
Con el estilo de vida de nuestras grandes ciudades, ¿cómo puede
ser la parroquia hoy una auténtica comunidad de fe, y no un lugar de paso,
o una “agencia de servicios religiosos”?
Cuando se erigió esta parroquia de Santa María de la Esperanza
(en junio de 1994), celebrábamos la misa dominical en el salón
de actos de un colegio público de la zona. Teníamos una sola misa
los domingos por la mañana y venían unas veinte personas. A la
primera Misa del Gallo (24 diciembre de 1994) asistieron once personas. Ante
esta situación me di cuenta de la concepción de parroquia que algunos
compañeros sacerdotes tenían. Uno de ellos me decía que
nuestra parroquia no sería tal hasta que no pusiéramos, al menos,
tres misas por la mañana y otra por la tarde, para que la gente pudiera
elegir. Sin embargo, nos hemos resistido a esta visión porque es entender
la parroquia como el supermercado de lo religioso. Voy a hacer la compra cuando
mejor me viene, pero eso no implica ninguna relación entre personas. Nosotros
no entendemos así la parroquia, y por eso intentamos que lo prioritario
sea facilitar y fomentar la relación entre los feligreses para que se
cree una verdadera comunidad de fe.
Desde finales de 1995, dispusimos de un barracón de 90 m≈ que hacía
las veces de templo, sacristía, despacho parroquial, sala de catequesis,
salón para comidas, cenas u otros encuentros lúdicos. La verdad
es que esta estrechez de espacio ha supuesto un bien inestimable, porque ha favorecido
la unidad entre nosotros. Nos ha hecho caer en la cuenta de por qué uno
viene a esta parroquia y no a otra, que está mejor acondicionada. Así también,
en la construcción del nuevo complejo parroquial, cuyo templo se consagró en
junio de 2002, se ha tenido en cuenta el concepto de parroquia como comunidad
y en la entrada del templo se ha construido un amplio atrio para que la gente
pueda estar tranquilamente charlando cuando sale de las celebraciones litúrgicas,
sin tener la sensación de que en cuanto acaba la celebración y
se sale del templo ya se está en la calle y hay que irse a casa.
La parroquia, al menos en nuestro país, está vinculada históricamente
a una situación de “cristianismo establecido”. ¿Es
difícil superar esta inercia para asumir una disposición fundamentalmente
misionera?
Sólo cuando uno tiene la gracia de caer en la cuenta de lo que supone
el cristianismo para la propia vida surge la inquietud misionera, es decir, el
deseo de que otros, próximos (prójimos), en casa, en el trabajo,
puedan encontrar lo que uno ha encontrado. Si no, la parroquia se puede convertir
en un refugio, donde huyo de los problemas del mundo porque aquí nadie
me molesta, nadie pone en cuestión lo que pienso o por qué lo pienso,
aquí puedo estar tranquilo. Sin embargo, uno come para vivir y no vive
para comer. En la parroquia intentamos poner de manifiesto que el encuentro con
Jesucristo es un bien, el máximo bien para afrontar la vida con todos
sus problemas. Queremos que sea una comunidad de personas que nos acompañemos,
que nos sostengamos, en la que podamos percibir Quién es la compañía
para la vida.
El propio barrio es un ámbito estricto para la misión, debido al
creciente alejamiento de la tradición cristiana. Ya no basta esperar que
la gente venga a la parroquia: supongo que esto requiere un cambio de mentalidad
en toda la comunidad parroquial….
Entonces es necesario un cambio de mentalidad. La gente viene menos a la parroquia
(solamente, y de momento, a recibir los sacramentos: bautismo, primera comunión
y, cada vez menos, matrimonio). Es necesario salir a su encuentro. Por eso es
fundamental lo que antes decíamos: entender que lo que uno ha encontrado
es el máximo bien no sólo para uno mismo, sino para todo hombre.
Jesucristo es la respuesta al deseo de infinito que tiene el corazón del
hombre, de todo hombre. No es la respuesta para algunos, es la respuesta para
todos. Por eso, mi vida habrá de ser un testimonio permanente de Él.
Para educarnos en esto se han creado tres grupos para adultos: la Escuela de
comunidad de trabajadores (frecuencia semanal), un grupo de “padres en
la fe” (frecuencia quincenal) y un grupo de matrimonios jóvenes
(frecuencia mensual) donde somos educados a hacer experiencia (juzgar la realidad
con el criterio original del corazón) y así poder reconocer en
ella a Aquél que ha venido para darnos la plenitud. Es impresionante oír
decir a un matrimonio (Marta y Ernesto) que lo más importante que les
ha pasado en la vida es haber conocido a la parroquia, o a una mujer (Luisa)
que dice: «Siempre he sido católica, pero en esta parroquia hay
algo que me atrae y me impulsa a participar».
Teóricamente, está claro que la parroquia debe ser “comunidad
de comunidades”, pero a la hora de la verdad, muchas veces parecen predominar
los problemas: ¿por qué debe abrirse la parroquia a los diferentes
carismas?
Es una riqueza inmensa que la parroquia esté abierta a lo que el Señor,
a través de Espíritu, suscita en medio de ella. Hoy día,
los carismas que el Señor hace surgir son un bien para Iglesia y, por
tanto, para el mundo. Estos carismas permiten a las parroquias ensanchar el horizonte
de la mirada. Un horizonte que coincide con los confines de la tierra.
¿
Cómo influye tu pertenencia a CL en el modo de vivir la responsabilidad
de párroco? Muchos dicen que pertenecer a una historia concreta hace más
difícil una paternidad abierta a todos...
Es un privilegio ser testigo de lo el Señor está haciendo. Por
ejemplo, el grupo de matrimonios está formado por diez matrimonios de
los cuales dos son de Comunión y Liberación, dos de Cursillos de
Cristiandad, uno de las Comunidades Neocatecumenales, uno de Salesianos, otro
de Jesuitas, otro de Sönschtatt y otros dos que proceden de experiencias
parroquiales. Esto, de por sí, ya es un milagro. Que nos podamos reunir
una vez al mes y hablar de nuestra experiencia, reconociendo cómo el Señor
actúa en nuestras vidas a través de caminos distintos es un espectáculo.
Estoy agradecido al Señor por haberme llamado a través de Comunión
y Liberación, porque cuando uno se da cuenta de que tiene un padre (don
Gius) y que gracias a él vive, puede entonces valorar a otros padres que
están generando a sus hijos. En mi experiencia puedo reconocer que el
hecho de pertenecer a una historia concreta no sólo no es un inconveniente
sino que me facilita mirar adecuadamente a todos.
A lo largo de estos años, ¿cuál es el motivo de esperanza
más claro que has visto surgir en tu parroquia, y cuál el que te
produce más dolor al acabar cada jornada?
Si no se puede dudar de la maravilla de lo que el Señor está haciendo
en esta parroquia, también hay que reconocer que es un dolor inmenso acostarte
todas las noches sabiendo que hay mucha gente que todavía no ha conocido
lo que busca, quizás inconscientemente, todos los días. Espero
y deseo que nuestra parroquia sea cada vez más misionera, es decir, que
sea testigo de Aquél que está entre nosotros. Y confío este
deseo a la Virgen María, nuestra madre, para que por su intercesión
crezca nuestra familiaridad con su hijo Jesús y la llevemos al mundo entero.