| Salmo 135 Un lazo profundo y personal Audiencia general. Miércoles, 9 de noviembre de 2005 1. Acaba de entonarse «El gran Halel», es decir, la alabanza solemne y grandiosa que entonaba el judaísmo durante la liturgia pascual. Hablamos del Salmo 135, del que acabamos de escuchar la primera parte, según la división propuesta por la Liturgia de las Vísperas (cf. vv. 1-9). Reflexionemos ante todo en el estribillo: «porque es eterna su misericordia». En la frase resuena la palabra «misericordia» que, en realidad, es una traducción legítima pero limitada del término originario hebreo «hesed». Forma parte del lenguaje característico utilizado por la Biblia para expresar la alianza que existe entre el Señor y su pueblo. La palabra trata de definir las actitudes que se establecen dentro de esta relación: la fidelidad, la lealtad, el amor y evidentemente la misericordia de Dios. Nos encontramos ante la representación sintética del lazo profundo y personal instaurado por el Creador con su criatura. Dentro de esta relación, Dios no aparece en la Biblia como un Señor impasible e implacable, ni es un ser oscuro e indescifrable, como el hado, con cuya fuerza misteriosa es inútil luchar. Él se manifiesta, sin embargo, como una persona que ama a sus criaturas, que vela por ellas, les acompaña en el camino de la historia y sufre por la infidelidad de su pueblo al «hesed», a su amor misericordioso y paterno. 2. El primer signo visible de esta caridad divina –dice el salmista– hay que buscarlo en la creación. Después entrará en escena la historia. La mirada, llena de admiración y maravilla, se detiene ante todo ante la creación: los cielos, la tierra, las aguas, el sol, la luna y las estrellas. Incluso antes de descubrir a Dios que se revela en la historia de un pueblo, se da una revelación cósmica, abierta a todos, ofrecida a toda la humanidad por el único Creador, «Dios de los dioses» y «Señor de los señores» (cf. vv. 2-3). Como había cantado el Salmo 18, «el cielo proclama la gloria de Dios, el firmamento pregona la obra de sus manos: el día al día le pasa el mensaje, la noche a la noche se lo susurra» (vv. 2-3). Existe, por tanto, un mensaje divino, grabado secretamente en la creación, signo del «hesed», de la fidelidad amorosa de Dios que da a sus criaturas el ser y la vida, el agua y la comida, la luz y el tiempo. Es necesario tener ojos limpios para contemplar esta manifestación divina, recordando la advertencia del Libro de la Sabiduría al recordar que «de la grandeza y hermosura de las criaturas se llega, por analogía, a contemplar a su Autor» (Sabiduría 13, 5; cf. Rom 1, 20). La alabanza orante surge entonces de la contemplación de las «maravillas» de Dios (cf. Sal 135,4), presentes en la creación, y se transforma en un himno gozoso de alabanza y de acción de gracias al Señor. 3. De las obras creadas se llega así a la grandeza de Dios, a su amorosa misericordia. Es lo que nos enseñan los padres de la Iglesia, en cuya voz resuena la constante Tradición cristiana. De este modo, san Basilio Magno, en una de las páginas iniciales de su primera homilía sobre el «Hexamerón», en el que comenta la narración de la creación según el primer capítulo del Génesis, se detiene a considerar la sabia acción de Dios, y acaba reconociendo en la bondad divina el centro propulsor de la creación. Estas son algunas de las expresiones tomadas de la larga reflexión del santo obispo de Cesárea de Capadocia: «“En el principio creó Dios los cielos y la tierra”». Mi palabra cae rendida ante la maravilla de este pensamiento» (1,2,1: «Sobre el Génesis» –«Sulla Genesi» [«Omelie sull’Esamerone»], Milán 1990, pp. 9.11). De hecho, si bien algunos, «engañados por el ateísmo que llevaban dentro de sí, imaginaron el universo sin un guía ni orden, a la merced de la casualidad», el escritor sagrado, sin embargo, «nos ha iluminado inmediatamente con el nombre de Dios al inicio de la narración, diciendo: “En el principio creó Dios”. Y ¡qué belleza tiene este orden! » (1,2,4: ibídem, p. 11). «Por tanto, si el mundo tiene un principio y ha sido creado, tú tienes que buscar a quien le dio este inicio y a quien es su Creador… Moisés te previno con su enseñanza imprimiendo en nuestras almas como si fuera un sello o una filacteria el santísimo nombre de Dios, al decir: “En el principio creó Dios”. La naturaleza bienaventurada, la bondad carente de envidia, el objeto del amor por parte de todos los seres razonables, la belleza más deseable, el principio de los seres, el manantial de la vida, la luz intelectiva, la sabiduría inaccesible, en definitiva, Él “en el principio creó los cielos y la tierra”» (1,2,6-7: ibídem, p. 13). Dos modalidades de la única Revelación Audiencia general. Miércoles, 16 de noviembre de 2005 1. Volvemos a reflexionar sobre el himno de alabanza del Salmo 135 que la Liturgia de las Vísperas propone en dos etapas sucesivas, siguiendo la distinción de temas que ofrece la composición. De hecho, la celebración de las obras del Señor se perfila en dos ámbitos: el del espacio y el del tiempo. En la primera parte (cf. vv. 1 a 9), que fue objeto de nuestra meditación precedente aparecían las acciones divinas realizadas con la creación: dieron origen a las maravillas del universo. En esa parte del Salmo se proclama la fe en Dios creador, que se revela a través de sus criaturas cósmicas. Ahora, sin embargo, el gozoso canto del salmista, llamado por la tradición judía «el gran Halel», es decir, la alabanza más alta elevada al Señor, nos pone ante un horizonte diferente, el de la historia. La primera parte, por tanto, habla de la creación como reflejo de la belleza de Dios; la segunda habla de la historia y del bien que Dios nos ha hecho en el transcurso del tiempo. Sabemos que la Revelación bíblica proclama repetidamente que la presencia de Dios salvador se manifiesta de manera particular en la historia de la salvación (cf. Dt 26, 5-9; Gn 24, 1-13). 2. Pasan ante los ojos del orante las acciones liberadoras del Señor que tienen su momento central en el éxodo de Egipto, al que está íntimamente unido el difícil viaje por el desierto del Sinaí, que desemboca en la tierra prometida, el don divino que Israel experimenta en todas las páginas de la Biblia. La famosa travesía del Mar Rojo, dividido «en dos partes», como desgarrado y domado cual monstruo vencido (cf. Sal 135,13), da a luz a un pueblo libre, llamado a una misión y a un destino glorioso (cf. vv. 14-15; Éx.15, 1-21), que tendrá su interpretación cristiana en la plena liberación del mal con la gracia bautismal (cf. 1Co. 10,1-4). Se abre después el itinerario del desierto: en él, el Señor es representado como un guerreo que, continuando la obra de liberación comenzada en la travesía del Mar Rojo, defiende a su pueblo golpeando a sus adversarios. Desierto y mar representan, entonces, el paso a través del mal y la opresión para recibir el don de la libertad y de la tierra prometida (cf. Sal 135, 16-20). 3. Al final, el Salmo se asoma a ese país que la Biblia exalta con entusiasmo como «tierra buena, tierra de torrentes, de fuentes y hontanares que manan en los valles y en las montañas, tierra de trigo y de cebada, de viñas, higueras y granados, tierra de olivares, de aceite y de miel, tierra donde el pan que comas no te será racionado y donde no carecerás de nada; tierra donde las piedras tienen hierro y de cuyas montañas extraerás el bronce» (Dt 8, 7-9). Esta celebración enfática, que va más allá de la realidad de esa tierra, quiere exaltar el don divino, dirigiendo nuestra expectativa hacia el don más elevado de la vida eterna con Dios. Un don que permite al pueblo ser libre, un don que nace –como repite la antífona que salpica cada uno de los versículos– del «hesed» del Señor, es decir, de su «misericordia» de su fidelidad al compromiso asumido en la alianza con Israel, de su amor que sigue revelándose a través del «recuerdo» (cf. Sal. 135, 23). En el momento de la «humillación», es decir, durante las sucesivas pruebas y opresiones, Israel siempre descubrirá la mano salvadora del Dios de la libertad y del amor. En el momento del hambre y de la miseria el Señor también intervendrá para ofrecer a toda la humanidad la comida, confirmando su identidad de creador (cf. v. 25). 4. En el Salmo 135 se entrecruzan por tanto dos modalidades de la única Revelación divina, la cósmica (cf. vv. 4-9) y la histórica (cf. vv. 10-25). Ciertamente el Señor es trascendente como creador y árbitro del ser; pero se acerca también a sus criaturas, entrando en el espacio y en el tiempo. No se queda lejos, en el cielo lejano. Por el contrario, su presencia entre nosotros alcanza su cumbre en la Encarnación de Cristo. Esto es lo que la interpretación cristiana del Salmo proclama claramente, como los testimonian los padres de la Iglesia que ven la cumbre de la historia de la salvación y el signo supremo del amor misericordioso del Padre en el don del Hijo, como salvador y redentor de la humanidad (cf. Jn 3, 16). De este modo, san Cipriano, mártir del siglo III, al comenzar su tratado «Sobre las buenas obras y sobre la limosna», contempla maravillado las obras que Dios ha realizado en Cristo, su Hijo, a favor de su pueblo, prorrumpiendo en un reconocimiento apasionado de su misericordia. «Hermanos queridos, son muchos y grandes los beneficios de Dios, que la bondad generosa y copiosa de Dios Padre y de Cristo ha realizado y realizará por nuestra salvación; de hecho, para preservarnos, para darnos una vida y podernos redimir, el Padre mandó al Hijo; el Hijo, que había sido enviado, quiso ser llamado también Hijo del hombre para convertirnos en hijos de Dios: se humilló para elevar al pueblo que antes estaba postrado por tierra, fue herido para curar nuestras heridas, se convirtió en esclavo para liberarnos a nosotros, que éramos esclavos. Aceptó la muerte para poder ofrecer a los mortales la inmortalidad. Estos son los numerosos y grandes dones de la misericordia divina» («Tratados: Colección de Textos Patrísticos» - «Trattati: Collana di Testi Patristici», CLXXV, Roma 2004, p. 108). |