PRIMER
PLANO
Abandonar
la nada, la victoria del Todo
Franco Loi
escritor y poeta
Recorriendo el texto de Luigi Giussani acerca de la Navidad, me
parece que hace
falta en primer lugar volver a considerar la Caída del Paraíso.
Adán come del fruto prohibido antes de haber realizado el conocimiento
de sí mismo y de su relación con Dios y, por tanto, de haber cumplido
la “semejanza”. Antes de haber llevado a cabo un trabajo sobre sí mismo,
Adán dirige el conocimiento adquirido hacia la tierra, hacia la posesión.
En otras palabras, dirige sus energías humanas a los bienes terrenos –que
no son sólo dinero y poder sobre los hombres y las cosas, sino también
pasión sexual sin amor, el uso de las artes y de las ciencias–.
Naturalmente Adán representa tanto la individualidad como la humanidad
entera. En cierto sentido, no es Dios el que expulsa del Edén, sino que
es el hombre mismo el que se excluye. Jesucristo se manifiesta en el mundo para
restablecer la relación de Dios con el hombre, para hacer posible y tangible,
por un lado, el contacto entre la humanidad y Dios y, por otro, para orientar
de nuevo (la Buena Noticia) al individuo hacia el trabajo que tiene que hacer
para construir la “semejanza”.
La Navidad es en sí misma un evento cósmico –tiene que ver
con toda la galaxia, y por tanto con todos los hombres, los animales, las plantas
y los minerales–. Toda la vida de Cristo manifiesta al hombre la inversión
de la tendencia: afirma de nuevo la naturaleza divina del hombre (Yo soy la Verdad),
le propone otra vez el camino (Yo soy el Camino) y se califica a sí mismo
como Vida. La Nueva Santa Alianza se hace concreta en el camino que va desde
el milagro de Caná hasta la Pasión, pasando por la Última
Cena. Cuando Juan (1,14) dice: «Y la Palabra se hizo carne», anticipa
el recorrido de Jesús hasta la Resurrección, que confirma diciendo: «Para
que la carne se haga Palabra».
El Nacimiento de Cristo es, por sí mismo, la victoria sobre la Caída.
Las palabras de Juan Pablo II son perfectas: «que cada uno se comprometa
a acelerar esta victoria». Pues Cristo ha vencido a la humanidad, pero
esta victoria debe realizarse en cada hombre. Y aunque la primera victoria, en
Cristo, propicia en los individuos el Nacimiento del hombre espiritual, el hombre
debe orientarse hacia Cristo y obrar el cambio total. «De la nada no puede
venir más que la nada», dice Giussani, y nosotros, sin esa orientación
y ese cambio, permanecemos anclados en la nada.
La exhortación de Juan Pablo II significa: abandonemos la nada y dirijamos
la cabeza hacia el Todo. Esto no quiere decir: «abandonemos los bienes
de la tierra», sino usemos la belleza y el conocimiento para realizar a
Dios en nosotros. Supone un gran trabajo obrar sobre uno mismo –hay que
superar el sufrimiento, las dudas, vencer la pereza, redimensionar nuestro yo,
amar, amar incluso a nuestros enemigos–, pero es ahí donde nos espera
la victoria.