PRIMER
PLANO
La
nueva creación obrada por Cristo
Padre Mauro Lepori, abad del monasterio cisterciense de
Hauterive (Suiza)
El precioso artículo de don Giussani sobre la Navidad hace resonar en
mí un versículo del Prólogo del Evangelio según san
Juan: «Al mundo vino y en el mundo estaba; el mundo se hizo por medio de
ella» (Jn 1,10). Todo lo que existe existe por medio de Jesucristo, todo
ha sido creado por Cristo y en Cristo, y no existe significado para la última
estrella de la última galaxia ni para la partícula infinitesimal
de materia fuera de Jesucristo. Entre lo infinitamente grande y lo infinitamente
pequeño, Dios ha querido que existiese una criatura, el hombre, capaz
de conocer el sentido de todo, es decir, capaz de conocer a Jesucristo, el Verbo
de Dios. El corazón del hombre es por naturaleza el punto del universo
desde el que toda criatura, tácitamente, hace brotar la pregunta sobre
su significado, y desde el que toda criatura espera y acoge la respuesta. Toda
la creación gime con dolores de parto (cfr. Rm 8,22) anhelando el encuentro
del hombre, del corazón del hombre, con el Significado de todo, que es
Jesucristo.
«
La Palabra estaba en el mundo, y el mundo se hizo por medio de ella». Los
Reyes Magos vinieron desde Oriente para expresar en su deseo la exigencia de
las estrellas. Y la respuesta resultó ser un Niño en brazos de
su Madre, porque Aquél por el cual el mundo se hizo eligió entrar
en el mundo así, en la naturaleza cotidiana de un niño pegado a
su madre. Encontrándose con aquel Niño el corazón del hombre,
interpelado por cada criatura, encuentra respuesta al sentido de todas las cosas.
Pienso que los regalos de los Magos, tan poco apropiados para la vida práctica
de la Sagrada Familia, expresan en realidad las preguntas fundamentales que el
hombre, cuando es sabio, lleva dentro de sí para depositarlas a los pies
de una respuesta que el hombre no se puede dar por sí mismo, si es sabio,
si es veraz consigo mismo, verdadero con relación a las estrellas o a
la «más pequeña hoja de álamo». Darse uno mismo
la respuesta es una injuria a la exigencia del universo, una ofensa a la naturaleza
de todas las cosas. La pregunta acerca del valor y de la belleza de las cosas
(oro), la pregunta acerca de la existencia y del rostro de Dios (el incienso),
la pregunta por el misterio de la muerte, y por tanto por el sentido de la vida
mortal (la mirra), vagan por la humanidad, por la historia, por la cultura, hasta
que lleguan a reposar en presencia de Dios hecho hombre, en presencia de aquel
que ha hecho todas las cosas y que está aquí, dentro del mundo.
Cuando el hombre, como los Reyes, se encuentra con el Verbo hecho carne, puede
partir otra vez hacia la belleza y hacia los valores, hacia la sed de Dios en
cada hombre, hacia la vida y hacia la muerte; puede marchar de nuevo hacia la
propia familia, los amigos, el trabajo; puede partir hacia sí mismo y
hacia el misterio de su corazón lleno de respuesta, de sentido, del Sentido
de todo y de todos: Jesucristo, Dios con nosotros, presente en los brazos de
María, llevado y mostrado al mundo por la compañía de la
Iglesia.
Entonces acoger a ese Niño, acoger a ese Hombre, es todo. La acogida de
Cristo es la victoria y la certeza, es la paz, la alegría para mí,
para todos, la alegría de toda la creación que gime. Acoger a Cristo
es la victoria del ser sobre la nada, del significado sobre la ausencia de significado.
Acoger a Jesús hace que todo se vuelva positivo. Juan escribe: «A
cuantos la recibieron, les da el poder para ser Hijos de Dios» (Jn 1,12).
Todo se vuelve positivo para aquel que acoge a Cristo en todo y en todos. Aunque
tuvo que huir a Egipto, víctima de la mentira y de la arrogancia del poder
de Herodes, José vivía una plenitud con María, porque a
través de aquella circunstancia se le pedía y se le daba la posibilidad
de acoger todavía más profundamente la presencia de Jesús
en su vida, y por tanto de recibir de Él el poder hacerse más realmente
hijo de Dios, justamente como Él. ¿Y qué puede haber más
positivo para el hombre mortal que hacerse hijo de Dios como Jesucristo, en la
cotidianidad dramática de su existencia?