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MILAN
Una ciudad en ebullición
Giuseppe Zola
Se podría decir que Milán era en 1954 la verdadera “capital
moral” de Italia –como se decía entonces–, no
tanto en el sentido ético del término, cuanto en el sentido
de que la ciudad representaba la punta de lanza de los ideales (y de las
tensiones) que recorrían todo el país.
Se estaba acometiendo la frenética reconstrucción de la ciudad,
tanto desde el punto de vista industrial como en los aspectos civiles y
culturales (Milán había sido duramente castigada tanto por
los enemigos como por los amigos “aliados”). Así pues,
se estaban asentando las bases que llevarían pocos años más
tarde al “milagro económico”, del que Milán fue
factor decisivo y puntero. Derivado de todo ello, en torno a aquel año
se desarrolló de forma impresionante el fenómeno de la inmigración
interna procedente del sur, por la que el terùn, como denominaban
los milaneses coloquialmente al meridional, se convertía en factor
determinante del nuevo ordenamiento social de la ciudad. La reconstrucción
estaba determinando también una imponente expansión física
de la ciudad con un crecimiento rápido –a veces salvaje– de
las periferias, que iban arañando día a día el terreno
abandonado hasta entonces a la alegre y libre invasión de los chavales
que jugaban allí al deporte nacional del “balón” o
llevaban a cabo “batallas” entre calles y barrios. Este desarrollo
rápido y pleno de esperanzas tenía su equivalente “sociológico” en
la enseñanza, donde se podían encontrar en la misma clase
los hijos de obreros y empleados junto a los hijos de la rica burguesía
milanesa industrial y profesional. Algunas figuras permanecen en la memoria
como “guías” de aquel renacimiento asombroso: los “austeros” alcaldes
de entonces (en 1954 el alcalde era Ferrari, que poco después emprendería
la construcción del metro), el venerado y popularísimo arzobispo
Schuster, que moría en agosto de 1954, el arzobispo Montini, quien,
nombrado el 1 de noviembre de 1954 por Pío XII, entraba en la ciudad
el 6 de enero de 1955, el gran don Gnocchi y el mítico Franci, que
relanzó la Feria. Y entraban en el imaginario colectivo algunos
nombres de industriales que “hacían” Milán: Falck,
Borletti, Motta, Alemagna. Eran fuertes también las referencias
deportivas, que arrastraban el entusiasmo de miles de personas: el famosísimo
proyecto de San Siro (que el 24 de enero del 54 albergó el primer
partido transmitido por la TV), el velódromo Vigorelli (cuyo “rey” era
entonces el fabuloso Maspes, milanés de pro), el Palacio del Hielo,
las “reuniones” pugilísticas organizadas el día
de San Esteban en el Palacio de los Deportes de la Feria o las famosas “zapatillas
rojas” del baloncesto.
Se empezaba a salir del conformismo musical de antaño: yo escuchaba
todos los días por el patio de vecinos las primeras divagaciones
musicales de Enzo Iannacci, que horrorizaban a mi pobre madre.
Los estudios de Milán efectuaban en enero de 1954 la primera transmisión
televisiva, presentada por el sempiterno Mike Bongiorno.
En definitiva, en1954 Milán era una ciudad muy “viva”,
con mucha confianza en el futuro. Se apreciaba, tal vez inconscientemente,
un fuerte fermento cultural que, desgraciadamente, pronto decayó en
prejuicios ideológicos. Los jóvenes debatían mucho,
se discutía en un clima cultural dominado por el Piccolo Teatro
(fundado en la primera posguerra) y por Il Mondo de Pannunzio, que hacía
crecer una gran polémica anticatólica, acusando permanentemente
a la Iglesia de inadmisibles “injerencias” (no sólo
políticas).
Había un intenso clima de espera: un fuerte deseo de cambio y de
nuevo desarrollo, una especie de intolerancia respecto a lo antiguo, curiosamente
acompañada de un singular formalismo y una respetabilidad conformista:
hace gracia ver nuestra foto de clase de entonces, con chicos de 15-16
años todos rigurosamente vestidos de traje y corbata.
Así pues, convivían un fuerte deseo de cambio y un rígido
anclaje en formas cada vez más estrictas: era como si los bombardeos
de los años anteriores hubieran destruido los “interiores”,
pero hubieran dejado en pie las “fachadas” y esto valía
tanto para la sociedad civil como para la Iglesia. Por lo que respecta
a esta última, la situación era aún más grave:
las iglesias todavía se llenaban, pero dentro predominaba una repetición
formalista de fórmulas antiguas que no interesaban a los jóvenes
de entonces, porque su deseo de cambio no hallaba ya respuesta en exhortaciones
individualistas y moralistas. En este contexto contradictorio, pero interesante,
un sacerdote de expresión segura y sotana revolante, subía
las pocas escaleras del Berchet, provocando la espera de todos con el anuncio
de la eterna verdad y novedad de Cristo. Y toda la ciudad se vio arrollada
en poco tiempo.