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No se puede quebrar el bien común
Los eventos de los últimos meses han destruido
el mito de la
globalización. En Occidente la dimensión política se ha
refugiado en una visión maniquea del bien y del mal. Se crea un vacío
en el que se produce un intercambio de papeles entre política, magistratura
y economía. Pero el fin de toda acción debe ser la persona. Este
es el punto desde el que hay que partir
a cargo de Paola Bergamini
Enron, los
bonos argentinos, la industria agroalimentaria
Cirio y ahora
Parmalat. La economía mundial parece dominada por fuerzas sin escrúpulos,
ya sean bancos, organizaciones monetarias, financieras o industrias.
¿Es el fin del mito de la globalización?
Diría que todo esto supone un golpe más, después de la guerra
en los Balcanes, del 11 de septiembre, de Afganistán y de Iraq, a la idea
de una mundialización surgida del contexto del post 89: el “final
de la historia” del que hablaba Fukuyama. La globalización, presentada
como panacea de los males y de las diferencias socio económicas del globo –el
problema del hambre vencido en el año 2000–, cede el puesto a valoraciones
más realistas. La globalización, como afirma Juan Pablo II en Ecclesia
in Europa, «en vez de llevar a una mayor unidad del género humano,
amenaza con seguir una lógica que margina a los más débiles
y aumenta el número de los pobres de la tierra» (§ 8). En el
contexto europeo, y en el italiano en particular, la globalización ha
sido la justificación adoptada para la venta de las industrias nacionales,
para redimensionar el Estado social, para una praxis económica y financiera
que ha situado en el centro al poder bancario y a los centros financieros del
exterior, fuera de Europa, definidos por Luigi Spaventa como los verdaderos “Estados
canalla”, por la rapiña y la destrucción de los ahorros.
Este cuadro, que se impone incluso al observador más distraído,
ha convertido en obsoleta la ecuación: globalización = bien común,
que hasta ayer se daba por descontado. En concreto, la globalización ha
funcionado como modelo para economías fuertes, sostenidas por realidades
políticas (EEUU, Europa, Japón), que de puertas adentro han practicado
una clara posición proteccionista. La lección que se puede extraer
es que las realidades más débiles tienen más necesidad que
nunca de ser tuteladas.
La idea de “bien común” a la que hacías referencia
y que los actuales escándalos financieros sitúan de forma dramática
en primer plano parece haber desaparecido hace tiempo del lenguaje corriente. ¿Qué lugar
ocupa en la política contemporánea el “bien común”?
La mundialización significa de alguna forma, al menos para los Estados
más pequeños, pérdida de soberanía y de control sobre
los procesos económicos. La política no consigue ya controlar los “instintos
animales”, la suma de los egoísmos individuales de la que se compone
la sociedad civil. Después del año 89, la pérdida de la
universalidad de la política se sitúa al frente de la mundialización
económica. El modelo democrático, aparentemente sin enemigos, se
repliega en la exaltación del libre mercado. El fundamentalismo islámico,
con su mezcla teológico-política, y la locura del 11 de septiembre,
han obligado a Occidente a reconquistar su dimensión política.
Como en los años de la guerra fría, de la división entre
Este y Oeste, la presencia del “enemigo” es el camino de vuelta a
la política. En esta perspectiva, el “bien común” está determinado
por la defensa común del adversario. Y esta defensa, en la actualidad,
significa tutela y protección con respecto al terrorismo. De forma más
global, sin embargo, la noción de “bien común” incluye
también la guerra contra los tiranos para exportar la democracia a todo
el mundo. Su dilatación requiere una guerra global. El uso del término
se sitúa de esta forma dentro de una visión maniquea que divide
al mundo en áreas geográficas pobladas por buenos o por malos.
Me parece entender que no estás de acuerdo con esta perspectiva. ¿Tiene
que ver la idea de “bien común” con la noción de “compromiso”?
El compromiso, ¿no indica un debilitamiento ideal y práctico?
La política vive de universalidad y de compromiso. Y hoy está en
crisis porque no es ni lo uno ni lo otro. Es, sobre todo, idealismo cínico,
dirigido a marcar instrumentalmente las diferencias, y a esto le sigue un pragmatismo
sin alma. El compromiso es negativo cuando indica la pura mercancía, el
intercambio mafioso, el despilfarro de los recursos. Por el contrario, es positivo
cuando está dirigido a la superación del odio social y político.
El “compromiso histórico” de la coalición DC-PCI (Democracia
cristiana y Partido comunista italiano) representó, en el contexto encendido
de los años 70, una fórmula de gobierno y de coexistencia social.
El compromiso es tolerante hacia el mal menor, teniendo como fin la reducción
de la conflictividad social e ideal que divide a una nación. En este ámbito
se sitúa el tema de las “leyes imperfectas”, para el que remito
al libro, de varios autores, Il potere e la grazia. Attualità di sant’Agostino
(El poder y la gracia. Actualidad de san Agustín, ndt.), editado por Trenta
Giorni – Nuova Òmicron.
Presentas el arte del compromiso como una modalidad específica para alcanzar
el bien común. Hoy, sin embargo, el panorama político está marcado
por una conflictividad infinita, conflictividad que desde hace un decenio caracteriza
a los mismos órganos del Estado.
Después del año 89 la izquierda y la derecha pensaron que alcanzaban
un sólido control del poder a través del sistema bipolar, un sistema
típicamente “maniqueo” que preveía la liquidación
del centro. La conflictividad surge de aquí, del modo en que la magistratura
ha sustituido a la política en la obra de esta “liquidación”.
El problema hoy no está en la reducción de las diferencias entre
los poderes (balance of powers), con la que el Estado moderno ha puesto un límite
a las propias tendencias absolutistas. Al igual que en el campo económico,
en el que se debe evitar la reductio ad unum de los interventores de las empresas
(Bankitalia, Consob, Antitrust). El problema es que cada uno cumpla con su parte
y no rebase el papel que ha asumido. Es verdad, por otra parte, que los papeles
se intercambian allí donde aparecen los vacíos. Así, a la
despolitización de la política sigue la politización de
la magistratura, a la deslegitimación del sindicato sigue la irrupción
de los Cobas (Confederación de comités de base, ndt.)... En política
no existe el vacío. Cuando se produce, es el caos. Por eso una política
consciente de su primado no debe deslegitimar al adversario, sino armonizar su
reconocimiento en la óptica de un bien global. El compromiso asume forma
ideal en la óptica de un bien global. Esto reclama hoy una atención
particular a los estratos menos protegidos: los millones de personas que se acercan
al umbral de la pobreza y los inmigrantes acogidos, con ciertas condiciones,
como huéspedes dignos de respeto.
¿Responde el bien común a un modelo social?
En cierto sentido, sí, y es lo que ha tratado de subrayar la doctrina
social de la Iglesia. Se trata de un modelo abierto que prevé, según
las circunstancias históricas, un abanico de opciones posibles. En la
realidad, esto funciona si la persona, entendida según una medida más
o menos grande, es el fin de la acción política, económica
y social. Cuando Giorgio La Pira pidió la intervención del Estado
para impedir el cierre de la Nuova Pignone de Florencia, fue duramente criticado
por el “liberal” Luigi Sturzo. La Pira, en realidad, no se preocupaba
de la pureza de los modelos, sino del despido de los trabajadores y de cientos
de familias puestas en la calle. El bien común nace de lo particular,
del cuidado de “algunos”, para dirigirse después, como tensión
ideal, hacia la totalidad.
¿Puede decirse que Occidente es el lugar de la persona? ¿No se encuentra
aquí el presupuesto para una noción auténtica de “bien
común”?
Occidente es el lugar de la persona en la medida en que la tradición cristiana,
por la cual la persona es la “realidad” por excelencia, está todavía
viva. Por el contrario, la nuda persona es, como Hegel había comprendido
bien, el individuo abstracto, la nada del mendigo sin rostro que entorpece nuestro
paso. En otro lugar existen pueblos, etnias, tribus, no los individuos. La Europa
que se está constituyendo reconoce este don que se le ha concedido –la
autoconciencia de un bien precioso–, pero, como ha mostrado J. H. H. Weiler
en su ensayo Una Europa cristiana (Encuentro 2003), no reconoce a su donador.
Sin embargo, lo esencial está en el reconocimiento de aquellos que Ecclesia
in Europa denomina los «tres elementos complementarios»: el derecho
de las Iglesias y de las comunidades religiosas de organizarse libremente; el
respeto de las identidades específicas de las confesiones religiosas;
el respeto del estatus jurídico del que gozan ya tales Iglesias y confesiones
en virtud de las legislaciones de los Estados miembros de la Unión. Reconociendo
estas tres condiciones, Europa reconoce el terreno en el que se origina la noción
de persona, el lugar de su experiencia. El problema es cómo conciliar
tales nociones con la de “bien común” que actualmente debe
tener en cuenta al extraño, al extranjero que aporta usos, costumbres
y mentalidades distintas. En su espléndido libro Europe, la voie romaine,
Remi Brague hacía referencia a la capacidad de acogida y de integración
sin precedentes que posee la tradición romano cristiana. El atajo francés,
por el que el Estado laico abole cualquier signo religioso público, ha
conseguido el reconocimiento de las escuelas católicas, por parte de las
autoridades islámicas, como lugar de apertura y de verdadera tolerancia.
De nuevo una posición fuertemente ideológica se convierte en fuente
de división, de separación y de enfrentamiento. Desaparece inesperadamente,
en este caso, ese necesario compromiso entre derechos universales y costumbres
particulares –una cosa es el velo, otra el burka– en el que encuentra
lugar la tolerancia. Una tolerancia que, sin fanatismos y guerras de religión,
Occidente podría pedir gradualmente incluso a los países de tradición
islámica con los que mantiene una relación económica y diplomática
más intensa.