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Subiendo aquellas escaleras del Liceo Berchet...
Proponemos un extracto de libro-entrevista con don Giussani,
de Robi Ronza, publicado por la Jaca Book en 1976 y una edición ampliada de Ediciones
Encuentro en 1987 (a la que pertenecen estas páginas). Incitado por
el autor, don Giussani cuenta y cuenta...
Hacia la mitad de los años 50 la sociedad italiana parecía estar
en pleno equilibrio y continuidad con todo el proceso histórico y cultural
anterior. Todavía estaba muy extendida una mentalidad que yo no sentía
en absoluto distante u opuesta al ambiente y al contexto familiar en que había
crecido durante treinta años. Sin embargo se trataba de un equilibrio
falso, mantenido solamente por el respeto formal de leyes y costumbres en las
que ya no creía y que por consiguiente muy pronto serían abandonadas.
Era pues un equilibrio sólo formal cosa que quedaba inequívocamente
demostrada por su resultado en el plano educativo. En efecto, una sociedad
que esté en equilibrio real y fecundo tiene la primera medida y la primera
confirmación de su propia fuerza vital en la generosa disposición
de sus jóvenes para el compromiso. En la Italia de los años 50,
por el contrario, la inmensa mayoría de ellos vivía encerrada
en el modesto perímetro de sus pequeñas esperanzas y proyectos
, individuales en su alcance y burgueses en su formulación.
Muchas de las personas más vivaces y más interesadas por el mundo
en que vivían, se ocupaban de arte, de música y, en particular,
de jazz. Esto era intento –por lo general inconsciente– de huir
la sociedad en que vivía, salir de ella o, más bien, buscar desde
fuera las claves para interpretarla. En la misma línea y con esperanzas
idénticas iban a interesarnos más tarde fenómenos como
el “mundo beat” o los “hippies”. Lo que parecía
más serio entonces era (en algunas, pocas, personas) un compromiso ideológico-político
totalmente sujeto, sin embargo, al conformismo de partido y, por tanto, igualmente
formalista en su temática y en sus ideas-fuerza: se hablaba mucho de
la Resistencia, pero sin tener siquiera una pizca de la capacidad de sacrificio
que había implicado la Resistencia. Su recuerdo era simplemente la bandera
que agitar para encubrir o justificar con palabras la propia afirmación
política o de partido en el sentido más estricto del término.
Además del interés por los aspectos menos conformistas de la
cultura americana, y del reclamo a la lucha antifascista, un tercer elemento–también
muy formal– de coagulación y de relativa movilización era
el principio de la libertad de conciencia, del que se hacía derivar
un corolario, que incidía mucho a nivel escolar, según el cual
los jóvenes no podían ser ya invitados antes que nada a verificar
los contenidos culturales de la tradición ( de la tradición en
general, y no sólo de su componente cristiana), sino que debían
ser puestos en contacto con todos los tipos de expresión y de pensamiento,
para poder llegar así a alcanzar la verdad de manera documentada e imparcial.
Por lo menos así lo esperaban, o en todo caso decían esperarlo,
quienes apoyaban esta pedagogía de matriz típicamente iluminista-liberal.
Yo era entonces profesor en el Seminario de Venegono: enseñaba teología
dogmática en los cursos del seminario y teología oriental en
los de la facultad, y no preveía cambiar de página de allí a
poco, como sin embargo me iba a suceder. Todo comenzó con un episodio
pequeño, pero destinado a cambiar mi vida: me dirigía al litoral
adriático para pasar unos días de vacaciones y, durante el viaje
en tren, entablé conversación casual con algunos estudiantes,
en quienes vi una pavorosa ignorancia de la Iglesia. Y al sentirme evidentemente
empujado –por lealtad, por salud de ánimo– a atribuir su
disgusto y su indiferencia por la Iglesia a dicha ignorancia, pense entonces
dedicarme a la reconstrucción de una presencia cristiana en el ambiente
estudiantil.
Y así pedí, y obtuve, de mis superiores el dejar Venegono y venir
a Milán; y una vez aquí fui enviado a enseñar religión
en el Liceo Berchet. Desde los primeros días de mi tarea en el Berchet
la intuición inicial, provocada por aquel encuentro en el tren, quedo
por desgracia plenamente verificada. Yo paraba en los corredores o en las escaleras,
durante los descansos, a los poquísimos estudiantes que llevaban el
distintivo de la Acción Católica o de los Scouts, y les preguntaba
explícitamente: «Pero ¿vosotros creéis de verdad
en Cristo?». Me miraban sorprendidos, y no recuerdo que uno solo me respondiera «sí» con
la espontaneidad característica de quien tiene dentro de sí una
verdadera raíz de fe. Otra pregunta que hacía a todos, en aquellos
primeros tiempos, era: «Según tú, ¿el cristianismo
y la Iglesia están presentes en la escuela, tienen incidencia en la
escuela?». La respuesta era casi siempre el estupor o la sonrisa.
Esto sucedía a mediados de los años 50, cuando, según
la opinión común, todavía la Iglesia disponía de
una sólida posición en la sociedad italiana; y en efecto la tenía,
pero sólo como resultado de un pasado aún no descompuesto por
el ataque que a todas luces ya se estaba preparando activamente en esas forjas
de hombres nuevos, y de nueva sociedad, que son la escuela y la universidad.
Entonces se me hizo claro que cualquier tradición, o cualquier experiencia
humana, no pueden desafiar a la historia, no pueden subsistir en el fluir del
tiempo más que en la medida en que logren expresarse y comunicarse con
modos que tengan una dignidad cultural.
La Iglesia, en aquellos años, constituía, sí, una presencia
todavía evidentemente sólida y enraizada gracias a su pasado,
pero su peso y su solidez se fundaban más que nada en estos dos órdenes
de motivos: por un lado, en la participación masiva en el culto católico,
a medida debida a la simple inercia, y por otro –paradójicamente– en
un poder estrictamente político, además de todo bastante mal
utilizado desde punto de vista eclesial. Tan cierto es esto que, tanto la Iglesia
como los organismos partidarios que representaban su rostro político,
daban claras muestras de no darse cuenta en absoluto de la importancia que
revestían la creatividad cultural y, en consecuencia, el problema
Educativo. Todo se resolvía en el compromiso de incrementar el número
de inscritos en las sociedades católicas oficiales. El contenido de
la vida de estas asociaciones se reducía además (fuera de algunos
momentos de entusiasmo) al más puro moralismo: toda la viva complejidad
de la experiencia cristiana se veía reducida en aquellos lugares a la
observancia reglamentista de unos pocos mandamientos (en la práctica,
ni siquiera todo el decálogo era recordado con igual determinación).
La única manifestación cultural era un entusiasmo cultivado y
provocado hacia los aspectos ceremoniales y los momentos de masa de la vida
eclesiástica. Por ello corrían el riesgo de convenirse en gestos
superficiales, sin ningún valor educativo. No eran resultado de una
educación y, por tanto, de un desarrollo crítico; por eso la
personalidad de quien participaba en ellas, con sus raíces quedaba fuera,
cada vez más extraviada. Se daba por descontado todo. Es cierto –insistió– que
se trataba de gestos culturales, porque pertenece a la esencia de la Iglesia
la «sacramentalidad» de su naturaleza, y la sacramentalidad tiene
en su «signo» uno de sus factores fundamentales, y tales gestos
de masa constituían ciertamente un signo; ahora bien –como ya
he dicho– no eran actos que se hicieran conscientes de su motivaciones.
La consciencias de aquellos a quienes se les proponían como instrumento
educativo fundamental fluctuaban por ello en la nebulosa, quedando, en el fondo,
cada vez más extraviadas.
En el campo de la cultura laica se estaba produciendo en aquellos mismos años
un proceso de radicalización, que tenía en la Universidad de
Pisa –por citar un ejemplo– uno de sus principales puntos fuertes.
Ello se traducía en una intolerancia y en una agresividad cada vez más
indiscriminadas frente a cualquier presencia o a cualquier idea cristianas;
pero, sobre todo, cualquier presencia. Desde entonces resultó a mi juicio
claro que la intelligentsia laica apuntaba sistemáticamente hacía
las cátedras más significativas ( de historia, de italiano, de
filosofía), para hacer de ellas un púlpito contra los púlpitos.
En cada escuela se podía contar a numerosos profesores que hacían
de su cátedra un púlpito anticristiano, empeñándose
activamente en destruir la fe de sus alumnos creyentes. Eran casi siempre personas
que se situaban ante la experiencia religiosa con una actitud preconcebida
e intolerante, en plena contradicción con la apertura de ideas que a
menudo proclamaban; apertura que sólo aplicaban, sin embargo, a quien
en la práctica pensaba como ellos. Según estos enseñantes,
todo lo que venía de la Iglesia era a priori inhumano, y con los cristianos
no merecía la pena siquiera discutir: por eso digo que el perjuicio
y la intolerancia eran los elementos característicos de su actividad
en la escuela. Ya en 1954 resultaba evidente que la concentración progresiva
de estos profesores en las escuelas –clave de las ciudades más
importantes(de hecho, en Lombardía, la mayoría de ellos se encontraba
en los institutos y escuelas normales de Milán) no era algo esporádico
sino deliberado. El carácter antidemocrático de la operación
se veía favorecido por el equívoco en el que se funda el monopolio
estatal de la escuela pública, que ,si bien en teoría no respeta
la identidad cultural de nadie pero tampoco la coarta, en la práctica,
en cambio –precisamente porque se propone a los estudiantes como un limbo
imparcial «por encima de la refriega»–, termina paradójicamente
por poner a la conciencia crítica de los jóvenes en un estado
de narcosis que los hace dóciles a la manipulación cultural de
cualquier grupo organizado o enseñante individual.
En su cruzada anticatólica los profesores laicistas de los años
50 no dudaban en implicar también a la mismísima tradición
literaria italiana, culpable de tener una excesiva riqueza en personalidades
cristianas.
Es sabido cómo sería con este laicismo con quien más tarde
tendría que polemizar «Gioventú Studentesca» ( Juventud
Estudiantil). Se nos podría preguntar el porqué de tal opción,
cuando ya entonces parecía (y luego confirmarían los acontecimientos)
que ese tipo de laicismo de cultura dominante de la intelligentsia, convirtiéndose
muy pronto en la escolástica de los modernos «clérigos ».
La cosa puede parecer más extraña si se tiene en cuenta que aquellos
eran también los años de la «guerra fría» y
de la cruzada anticomunista. Pues bien, al contrario, me parecía claro
que combatir a la cultura marxista como único enemigo significaba ante
todo no comprender su raíz. En efecto, la cultura marxista, en sus aspectos
antirreligiosos, y anticlesiales en particular, no es otra cosa que una derivación
teorética y operativa del iluminismo (la Ilustración).
Los gobiernos centristas, que también se basaban en el llamamiento a
unirse bajo la bandera de un anticomunismo genérico, se movían
por ello mismo una lógica conservadora. En particular jugaba objetivamente
a favor del conservadurismo la praxis banal (que a veces se hacía pasar
por concreción) que caracterizaba a muchas de las actividades del gobierno.
Lo típico de la clase dirigente de aquellos años era una absoluta
insensibilidad hacia la dimensión cultural. Más que de criptofacismo,
el núcleo de la leadership de entonces es acusado de insensibilidad
cultural. Pero es precisamente la ausencia de dignidad cultual lo que determina
la decadencia del comportamiento público a todos los niveles, haciéndolo
precipitarse hacia los facismos de los más diversos colores.
Salvo excepciones notables los enseñadores cristianos –como por
lo demás toda intelligentsia católica de entonces– aplicaban
con ahínco el principio de la separación sustancial entre lo
religioso y lo temporal, y, siguiendo –con fidelidad digna de mejor causa– la
idea abstracta de un estado neutral, tomaban como cuestión de honor
el enseñar sin proponer ninguna visión del mundo, sin comunicar
nada de lo que eran (y, que en el fondo, por consiguiente, no eran). Por eso
no creaban ni suscitaban posición cultural alguna, ni cristiana ni respetuosa
con el cristianismo: esto como tónica general teorizada. Y no debe sorprender
que esto sucediera precisamente en Milán, donde tiene su sede principal
la Universidad Católica del Sagrado Corazón, o sea la mayor institución
cultural de los católicos italianos.
En aquellos años la Católica (en abierto contraste con su inspiración
original) resultaba se precisamente el lugar donde se sostenía y se
difundía con más amplia articulación cultural ese principio
de la separación entre lo temporal y lo religioso que enseguida causaría
el eclipse de la presencia católica en la sociedad italiana.
La contemporánea lozanía de las asociaciones católicas
me dejaba por consiguiente perplejo. ¿Cómo es que –me preguntaba– con
toda su aparente fuerza y capacidad de movilización, estos organismos
no inciden en todos esos ambientes donde la inmensa mayoría de la gente
pasa las horas decisivas de su jornada: las fábricas, las oficinas,
las escuelas? Además, incluso la fe del joven estudiante nacido en una
familia católica y crecido en contacto con la parroquia y sus iniciativas
termina por disminuir y convertirse en puramente formal si él no encuentra
en la escuela una manera de aprender en la fe y la vida cristianas son capaces
de responder a las problemáticas teóricas y existenciales que,
justamente en edad escolar, atraviesan su fase de mayor vigor. Lo que importa
es ante todo que la fe se convierta en mentalidad: es la mentalidad lo que
crea, dando forma nueva a las cosas. En las personas que se formaban en las
asociaciones católicas la fe, con frecuencia, no se convertía
en mentalidad cristiana.
Voy a contar un caso que me parece significativo. Me acuerdo que, en los primeros
años de la enseñanza en el liceo Berchet, había en clase
una muchacho muy bueno e inteligente, católico y «Delegado de
Aspirantes» (los aspirantes, según la estructura tradicional de
la Acción Católica, son los inscritos en la asociación
con edades comprendidas entre los 10 y los 13 años. El delegado es quien
se ocupa de ellos; ndr) de su parroquia. Entre sus compañeros había
varios que más tarde llegarían a ser líderes de los grupos
extraparlamentarios. Y todos hablaban de él muy bien, tanto compañeros
como profesores: les decían que era una persona honesta, claro que con
ideas católicas , distintas de las de ellos, pero que como persona le
estimaban mucho. Cuando me di cuenta de cómo estaban las cosas le dije
a aquel estudiante: «Mira, tu rectitud, tu comportamiento honrado no
llama la atención más que hacía ti mismo. Tú no
haces presente en tu clase el hecho cristiano. Tú simplemente estudias,
sacas 10, con tus compañeros eres tranquilo y amigable; y todo acaba
ahí». Es decir, aquel chico no tenía la dimensión
de la eclesialidad; la suya era una moralidad individualista y liberal.
Nuestro intento nació, pues, como respuesta a esa situación de
crisis y a la ausencia de cristianos en los ámbitos más vivos
y concretos donde la inmensa mayoría de las personas –cristianos
incluidos– pasa a su existencia; como vuelo (en la medida de nuestras
fuerzas) de una situación en la que los cristianos se iban auto eliminando
educadamente de su vida pública, de la cultura, de las realidades populares,
entre los aplausos de ánimo y el cordial consenso de las fuerzas políticas
y culturales que apuntaban a sustituirles en el escenario de nuestro país.
Pasado no mucho tiempo desde que había comenzado a enseñar religión
en el Berchet, noté que durante el descanso , en una de las rotondas
de las escaleras del instituto, se reunía un grupo de muchachos que
hablaban entre ellos muy acordes y enfervorizados, todos los días y
siempre los mismos. Su constante amistad me había impresionado positivamente.
Pronto pregunté quiénes eran, y me respondieron: «los comunistas».
La cosa me había conmovido. Y me pregunté: «Pero ¿cómo
es que los cristianos no son al menos igualmente capaces de vivir esa unidad
que Cristo indica como la característica más inmediata y visible
de quienes creen en El?». Y así, un día, tras acabar las
clases, volvía a casa rumiando este hecho, todo encolerizado por esta
incapacidad de ser fieles a sí mismos y a la propia fe que demostraban
tan clamorosamente los cristianos que había en el instituto. Por la
calle, podría citar incluso el nombre, di alcance a cuatro muchachos
que hablaban entre ellos. Les paré y les pregunté: «¿Sois
cristianos?». «Sí», me respondieron un poco extrañados
por la inesperada pregunta. «Ah, sois cristianos», respondí yo. «Y
en la escuela, ¿quién se da cuenta de que sois?. En las asambleas
de la asociación estudiantil están presentes y luchan solamente
los comunistas y los monarco-fascistas.¿ y los cristianos?». Una
semana después estos cuatro se presentaron en la asamblea e hicieron
una intervención comenzando con estas palabras: «Nosotros los
católicos...». Desde aquel instante, en aquella escuela, durante
diez años por lo menos, hasta que yo estuve allí (desde el curso
1954-55 al curso 1964-65; ndr), no hubo tema más discutido que la Iglesia
y el cristianismo.