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Vientos de guerra: la guerra del Papa

El Papa defiende la paz, no es un pacifista. Sólo la paz de Dios puede devolver la esperanza a los hombres. Las preocupaciones de la Santa Sede en las últimas intervenciones del Pontífice

Discurso de Juan Pablo II a la Curia Romana con ocasión de la Navidad. 21 de diciembre de 2002
Al repasar, como es tradición en esta circunstancia, los principales acontecimientos que han marcado mi ministerio durante los meses pasados, deseo hacerlo desde la perspectiva que sugiere el rosario, o sea, con una mirada contemplativa que permita destacar, en los acontecimientos mismos, el signo de la presencia de Cristo. En este sentido, en la carta apostólica Rosarium Virginis Mariae subrayé el valor antropológico de esta plegaria (cf. n. 25), la cual, al ayudarnos a contemplar a Cristo, nos orienta a mirar al hombre y la historia a la luz de su Evangelio.
Ante todo, no podemos olvidar que el rostro de Cristo sigue teniendo un rasgo doliente, de auténtica pasión, por los conflictos que ensangrientan a tantas regiones del mundo, y por los que amenazan estallar con renovada virulencia. Sigue siendo emblemática la situación de Tierra Santa, pero no son menos devastadoras otras guerras “ olvidadas”. Además, el terrorismo continúa produciendo víctimas y abriendo nuevos fosos.
Frente a este horizonte, regado con sangre, la Iglesia no cesa de hacer oír su voz y, sobre todo, sigue elevando su oración.

Homilía de Juan Pablo II Misa de Nochebuena. 24 de diciembre de 2002
El Niño acostado en la pobreza de un pesebre: esta es la señal de Dios. Pasan los siglos y los milenios, pero queda la señal, y vale también para nosotros, hombres y mujeres del tercer milenio. Es señal de esperanza para toda la familia humana: señal de paz para cuantos sufren a causa de todo tipo de conflictos; señal de liberación para los pobres y los oprimidos; señal de misericordia para quien se encuentra encerrado en el círculo vicioso del pecado; señal de amor y de consuelo para quien se siente solo y abandonado.
Señal pequeña y frágil, humilde y silenciosa, pero llena de la fuerza de Dios, que por amor se hizo hombre.

Juan Pablo II Mensaje Urbi et orbi. Navidad 2002
En el frío Portal, en medio del silencio, la Virgen Madre presiente ya en su corazón el drama del Calvario. Será una lucha angustiosa entre las tinieblas y la luz, entre la muerte y la vida, entre el odio y el amor. El Príncipe de la paz, que nace hoy en Belén, dará su vida en el Gólgota para que en la tierra reine el amor. ¡La Navidad es misterio de paz! Desde el portal de Belén se eleva hoy un llamamiento apremiante para que el mundo no caiga en la suspicacia, la sospecha y la desconfianza, aunque el trágico fenómeno del terrorismo acreciente incertidumbres y temores. Los creyentes de todas las religiones, junto con los hombres de buena voluntad, abandonando cualquier forma de intolerancia y discriminación, están llamados a construir la paz: ante todo en Tierra Santa, para detener por fin la inútil espiral de ciega violencia; y en Oriente Medio, para apagar los siniestros destellos de un conflicto que se puede superar con el esfuerzo de todos; en África, donde carestías devastadoras y trágicas luchas intestinas agravan las condiciones, ya precarias, de pueblos enteros, aunque no faltan indicios de optimismo; en América Latina, en Asia y en otras partes del mundo, donde crisis políticas, económicas y sociales inquietan a numerosas familias y naciones. ¡Que la humanidad acoja el mensaje de paz de la Navidad! Misterio adorable del Verbo Encarnado. Junto a ti, Virgen Madre, permanecemos en contemplación ante el pesebre donde está acostado el Niño, para participar de tu mismo asombro ante la inmensa condescendencia de Dios.
Danos tus ojos, María, para descifrar el misterio que se oculta tras la fragilidad de los miembros de tu Hijo. Enséñanos a reconocer su rostro en los niños de toda raza y cultura. Ayúdanos a ser testigos creíbles de su mensaje de paz y de amor, para que también los hombres y las mujeres de nuestro tiempo, caracterizado aún por tensos contrastes e inauditas violencias, reconozcan en el Niño que está en tus brazos al único Salvador del mundo, fuente inagotable de la auténtica paz, a la que todos aspiran en lo más íntimo de su corazón.

Homilía de Juan Pablo II en la Celebración de las Vísperas y del Te deum de acción de gracias al finalizar el año. 31 de diciembre de 2002
El tiempo, iniciado con la creación, alcanza su plenitud cuando es “ visitado” por Dios en la Persona del Hijo unigénito. En el momento en que Jesús nace en Belén, acontecimiento de alcance incalculable en la historia de la salvación, la bondad de Dios adquiere un “ rostro” visible y tangible (cf. Tt 3, 4). Fiat misericordia tua, Domine, super nos, quemadmodum speravimus in te: “Que tu misericordia, Señor, venga sobre nosotros, como lo esperamos de ti”. ¡Tu misericordia, Señor! En esta liturgia de fin de año, además de la alabanza y la acción de gracias, realizamos un sincero examen de conciencia personal y comunitario. Pedimos perdón al Señor por las faltas que hemos cometido, conscientes de que Dios, rico en misericordia, es infinitamente más grande que nuestros pecados.
«En ti esperamos». En ti, Señor, - reafirmamos esta tarde - reside nuestra esperanza. Tú, en la Navidad, has traído la alegría al mundo, irradiando tu luz sobre el camino de los hombres y de los pueblos. Las ansias y las angustias no pueden apagarla; el esplendor de tu presencia nos consuela constantemente. Que todo hombre y toda mujer de buena voluntad encuentren y experimenten la fuerza de tu amor y de tu paz.

Homilía de Juan Pablo II Misa en la solemnidad de María Santísima Madre de Dios y en la XXXVI Jornada Mundial de la Paz. 1 de enero de 2003
«El Señor te bendiga y te proteja». Ante los acontecimientos que trastornan el planeta, es evidente que sólo Dios puede tocar el alma humana en lo más íntimo de su ser; sólo su paz puede devolver la esperanza a la humanidad. Es preciso que él se fije en nosotros, nos bendiga, nos proteja y nos dé su paz. Por tanto, es muy conveniente iniciar el nuevo año pidiéndole este don tan valioso. Lo hacemos por intercesión de María, Madre del “Príncipe de la paz”.
Cuando se escribió la Pacem in terris, había nubes que ensombrecían el horizonte mundial, y sobre la humanidad se cernía la amenaza de una guerra atómica. Mi venerado predecesor, a quien tuve la alegría de elevar al honor de los altares, no se dejó vencer por la tentación del desaliento. Al contrario, apoyándose en una firme confianza en Dios y en las potencialidades del corazón humano, indicó con fuerza «la verdad, la justicia, el amor y la libertad» como los «cuatro pilares» sobre los que es preciso construir una paz duradera (cf. Mensaje cit., n.3). Su enseñanza conserva su actualidad. Hoy, como entonces, a pesar de los graves y repetidos atentados contra la convivencia serena y solidaria de los pueblos, la paz es posible y necesaria. Más aún, la paz es el bien más valioso que debemos implorar de Dios y construir con todo esfuerzo, mediante gestos concretos de paz de todos los hombres y mujeres de buena voluntad (cf. ib., 9). Ante los actuales conflictos y las amenazadoras tensiones de este momento, invito una vez más a orar para que se busquen “ medios pacíficos” con vistas a su solución, inspirados por una “ voluntad de acuerdo leal y constructivo”, en armonía con los principios del derecho internacional (cf. ib., 8).
«Envió Dios a su Hijo, nacido de una mujer, nacido bajo la ley, (...) para que recibiéramos el ser hijos por adopción» (Ga 4, 4-5). En la plenitud de los tiempos, recuerda san Pablo, Dios envió al mundo un Salvador, nacido de una mujer. Por tanto, el nuevo año comienza bajo el signo de una mujer, bajo el signo de una madre: María.
Que María nos ayude a descubrir el rostro de Jesús, Príncipe de la paz. Que ella nos sostenga y acompañe en este año nuevo, y nos obtenga a nosotros y al mundo entero el anhelado don de la paz. ¡Alabado sea Jesucristo!

Juan Pablo II Ángelus. 1 de enero de 2003
Sólo del Señor el mundo puede esperar la salvación. Únicamente Cristo conoce a fondo el corazón del hombre: al acoger la fuerza de su gracia, cada uno puede realizarse plenamente a sí mismo.
Sostenidos por esta certeza, los creyentes no pierden la esperanza, incluso cuando se multiplican los obstáculos y los atentados contra la paz. Hace cuarenta años, en un contexto de graves amenazas a la seguridad mundial, el beato Juan XXIII publicó, con gran valentía, la encíclica Pacem in terris. He aludido esta mañana a ese significativo acontecimiento en el Mensaje para la Jornada mundial de la paz, que celebramos hoy. Como entonces, también actualmente es necesario que cada uno dé su contribución para promover y realizar la paz, mediante opciones generosas de comprensión recíproca, de reconciliación, de perdón y de atención efectiva a quienes se encuentran en dificultades. Hacen falta gestos de paz concretos en las familias, en los lugares de trabajo, en las comunidades, en el conjunto de la vida civil y en las organizaciones nacionales e internacionales. Es necesario, sobre todo, orar continuamente por la paz. ¡Cómo no expresar una vez más el deseo de que los responsables hagan todo lo posible por encontrar soluciones pacíficas a las numerosas tensiones existentes en el mundo, particularmente en Oriente Próximo, evitando ulteriores sufrimientos a aquellas poblaciones ya tan probadas! Que prevalezcan la solidaridad humana y el derecho. Amadísimos hermanos y hermanas, encomendemos esta incesante petición a María, a quien hoy veneramos con el hermoso título de Madre de Dios, la “ Theotokos”. Ella, elegida para ser la Madre del Salvador, al pie de la cruz se convirtió en Madre de todo ser humano. Que ella nos obtenga un año sereno y favorable, durante el cual se multipliquen “ gestos de paz” que revistan siempre el carácter de la profecía, es decir, la humildad de quien no busca brillar, sino que proclama el gran ideal de la paz (cf. Mensaje para la Jornada mundial de la paz, 9).

Juan Pablo II Ángelus. Domingo 5 de enero de 2003
El drama es que muchos no conocen a Cristo, luz del mundo, mientras que otros no lo acogen o, incluso, lo rechazan. Desgraciadamente, en nuestra sociedad se ha difundido una cultura impregnada de egoísmo y cerrada al conocimiento y al amor de Dios. Es una cultura que, rechazando de hecho una sólida referencia a la trascendencia divina, engendra extravío e insatisfacción, indiferencia y soledad, odio y violencia. ¡Cuán urgente es, por tanto, testimoniar con alegría el único mensaje de salvación, antiguo y siempre nuevo, del Evangelio de la vida y de la luz, de la esperanza y del amor!
Que María, Estrella de la evangelización, a quien invocamos con confianza, nos sostenga siempre para que permanezcamos fieles a la vocación cristiana y realicemos las aspiraciones de justicia y paz que anhelamos ardientemente al inicio de este nuevo año.