Como una película

El origen de la iconoclastia, entre el emperador de Oriente y la Iglesia de Roma. El Concilio de Nicea concede la aprobación de las imágenes. Porque como escribió Gregorio de Nisa: «... el arte acerca con viveza la historia a los ojos»

Giuseppe Frangi

Greccio, Navidad de 1223: para comprender el valor que la Iglesia ha concedido desde siempre a las imágenes, es necesario partir precisamente de este pequeño pueblecito de Umbría y retroceder casi ocho siglos. Fue allí de hecho donde san Francisco pidió a sus amigos que hicieran el primer belén. Para poder hacerlo, obtuvo el beneplácito del papa Honorio III. Después, como escribe Tomás de Celano en la biografía del santo, confió la tarea a una persona de su confianza, Juan Velita: «Es mi deseo evocar en vivo la memoria de aquel Niño celestial que nació allí en Belén, y suscitar ante la mirada del pueblo y de mi corazón las incomodidades de su infantil necesidad, viéndolo yacer sobre un poco de paja, acostado en un pesebre, y calentado por el aliento de un buey y una mula». Suscitar ante la mirada y el corazón de los hombres, esta es la humilde y preciosa tarea confiada a las imágenes en la historia de la Iglesia. Porque si la venida de Dios a la tierra fue un hecho bien circunscribible en el espacio y en el tiempo, aquel hecho, siendo por lo demás un “hecho público” por definición, debe ser también narrable, con palabras y con imágenes. Incluso podría ser contado ‘Como una película’: así se titula una de las Tischereden de don Giussani, recogida en El atractivo de Jesucristo: «Porque todo el discurso evangélico se desarrolla como una película. Si fuera una película, tendría como escena inicial a Juan y Andrés mirando a Cristo mientras les hablaba en Su casa...».

Sin embargo, cinco siglos antes de Francisco, la Iglesia había sido sacudida por un enfrentamiento interno de una violencia inaudita que enfrentó al emperador y la Iglesia de Oriente con la autoridad del Papa. Enfrentamiento que dejó muchas excomuniones y muertos sobre el terreno, y únicamente resuelto con la autoridad de un Concilio, el segundo de Nicea, en el 787.

Por un lado, por tanto, estaba el emperador de Oriente, en aquellos momentos León III, general del ejército elevado al trono por sus tropas en el 717. Eran años difíciles para Constantinopla, Asediada por eslavos, búlgaros y, por supuesto, árabes. En aquel 717, las tropas del califa Sulaiman tenían bajo asedio la capital del imperio, pero fueron expulsadas el 15 de agosto del año siguiente, gracias también a la ayuda de una parte de los asediados del ‘foco griego’, precursores de la pólvora, desconocida para los árabes. La presión a la que estaba sometido el Imperio había llevado a los soberanos a reforzar su propio poder, incluso a nivel simbólico, por lo cual, como escribe el historiador Marco Re: «el cada vez más difundido culto de las imágenes llegó a constituir, a sus ojos, una especie de contrapoder que al compararse con el soberano alejaba al pueblo de la devoción».

Ninguna concesión
Hay otra teoría, hoy menos apoyada por los historiadores, que explica el origen de la tesis iconoclasta: en los orígenes estaría la influencia sobre la Iglesia de Constantinopla de la cultura hebrea y de la árabe, hostiles ambas a las imágenes religiosas. En realidad es difícil imaginar una influencia de este tipo dado que, por lo que se refiere a los hebreos, en el 722 León III había promulgado un edicto en el que ordenaba la conversión forzosa; y en cuanto a los árabes, fueron sus mayores enemigos en el plano militar.

Volviendo a la crónica, en el 726 León III comenzó a presionar, en contraposición al papa, para conseguir la condena del culto a las imágenes. Gregorio II no admitió ninguna concesión y respondió con estas bellísimas palabras: «Es justo representar la forma humana de Cristo, que nos recuerda su venida y nos conduce de la mano al misterio de la Redención». Irritado por la resistencia del papa, pensó exiliar o deponer al pontífice. Al año siguiente pasó a los hechos, ordenando la retirada de la puerta del palacio imperial de un mosaico con la imagen de Cristo. Depuso también al patriarca de Constantinopla demasiado condescendiente con la visión de Gregorio II y nombró a uno afín a las tesis iconoclastas. Llegaron también las represiones y las persecuciones, sobre todo de los monjes, culpables en particular de gozar de exenciones fiscales sobre su gran patrimonio. Constantino V, hijo de León, convocó un concilio en Hieria en el 754 para demostrar la imposibilidad teológica de representar a Jesucristo en imágenes.

Con el tiempo, la firmeza de Roma en la defensa de las imágenes convenció a Bizancio para buscar una mediación. Fue Irene, viuda de León IV, nombrada regente, la que pidió al papa un concilio que resolviera de una vez por todas la controversia, y Adriano I se adhirió a la propuesta. El Concilio se convocó en Nicea, escenario ya en otra ocasión de la asamblea que refutó las tesis arrianas en el siglo IV, y se comenzó el 4 de septiembre de 787. En representación del Papa estaban Pedro, arcipreste de la basílica vaticana y el abad de San Saba, también llamado Pedro. Fue en el transcurso de la quinta sesión, el 4 de octubre, cuando el concilió se ocupó de la refutación de las tesis iconoclastas. Al terminar, y a propuesta del arcipreste Pedro, fue colocado un icono en el centro de la sala, donde ya se encontraban los Evangelios: la palabra y la imagen eran colocadas una junto a la otra. La controversia iconoclasta podía darse por concluida..

Plena legitimación
¿Sobre qué bases se apoyaba la aprobación de las imágenes? Los padres de Nicea afirmaron que la tradición no escrita de la Iglesia tiene el mismo valor que la escrita y que su uso, como el del culto a las imágenes, es aceptado universalmente incluso en ausencia de autorización explícita formulada en otros concilios ecuménicos, y era reconocido como plenamente legítimo. «No cambiamos los límites fijados por nuestros padres», está escrito en la Actas del Concilio, «sino que, apostólicamente instruidos, mantenemos las tradiciones que hemos recibido». Entre los padres evocados está san Basilio, según el cual «el honor tributado al icono pasa a su modelo original...; a través de la imagen que aparece por medio de los colores, es venerada y glorificada su potencia, y llegamos al recuerdo de su presencia en la tierra». Se cita también a Gregorio de Nisa, que escribe: «He visto un icono que representaba este sufrimiento y ya no he sido capaz de volver otra vez la mirada sin derramar lágrimas, porque el arte acerca con viveza la historia a los ojos». Acercar la historia a los ojos. Se vuelve a la sabiduría sencilla, conmovida y pragmática de Francisco. Ésta es la humilde función de las imágenes, que Nicea reafirmó con realismo. Incluso burlándose de los que acusaban a Roma de atribuir un poder mágico a los iconos: «Desde el momento en que Cristo es pintado en su naturaleza humana, es obvio, como la realidad ha mostrado, que los cristianos profesan que el icono visible tiene en común con el arquetipo sólo el nombre y no la esencia. Estos necios afirman en cambio que no existe distinción entre icono y prototipo. ¿Quién no se reirá de su ignorancia?».