MÁS ALLÁ DE LA CIENCIA

Un lugar para el tiempo

Un diálogo entre científicos y el Cardenal de Milán que tiene como tema «uno de los rompecabezas más estimulantes de toda la reflexión humana»: el tiempo. Desde sus características físicas a las metafísicas

Mario Gargantini

Si es verdad que el hombre es «el único animal que tiene un verdadero sentido del tiempo», el diálogo entre el cardenal de Milán, Carlo María Martini y los científicos que han participado en la undécima Cátedra de los no creyentes ha marcado una etapa significativa en la búsqueda de un sentido del tiempo que corresponda al conocimiento y a la sensibilidad del hombre contemporáneo. El diálogo, publicado en el volumen Hijos de Crono a cargo de Elio Sindoni y Corrado Sinigaglia, parte de las características físicas del tiempo que nos permiten medirlo y, por tanto, de alguna forma dominarlo, para llegar a sus aspectos más huidizos y embarazosos presentes en las mismas ciencias modernas, pero aún más presentes en la dimensión narrativa y en la contemplativa.

En efecto, el tiempo es uno de los rompecabezas más estimulantes de toda la reflexión humana, fuente inagotable de dilemas y de paradojas, como ya admitió san Agustín: «¿Qué es el tiempo? Si nadie me lo pregunta lo sé; si quiero explicarlo a quien me lo pregunta, ya no lo sé».

También es verdad que la física moderna, a partir de Einstein, ha revisado la tradicional distinción entre espacio y tiempo unificándolos en el “espacio-tiempo” y considerando el tiempo como una más de las cuatro coordenadas (o más, según algunos modelos cosmológicos) en las que se sitúan los eventos naturales. Pero sigue siendo verdad que el tiempo, también el de las ciencias, conserva rasgos peculiares y extraordinarios. Como el de ser irreversible, es decir, se puede recorrer en un solo sentido, según la llamada “flecha temporal”; mientras que en el espacio, tanto los científicos como la gente común pueden desplazarse a su gusto a cualquier parte. O como el de no dejarse aferrar fácilmente, según la eficaz descripción de Abraham J. Heschel: «Cada uno de nosotros ocupa una parte del espacio y sólo él la ocupa. Pero nadie posee el tiempo. Éste sigue siendo para nosotros imposible de aferrar».

Hay más. La reflexión sobre el tiempo nos permite sacar a la luz una característica típica de todo universo, desde el microcosmos al macrocosmos: la contingencia. Un término usado no sólo por los filósofos, sino que aflora continuamente en las investigaciones científicas más avanzadas. Como las del astrofísico Duccio Macchetto, director del Telescopio Espacial Hubble, que nos entregan un Universo en evolución a partir de condiciones iniciales muy precisas y sostenido por leyes basadas en algunas constantes fundamentales. El hecho sorprendente es que todos estos valores están en «perfecta sintonía» entre ellos, hasta el punto de que si fueran sólo ligeramente diferentes «no habría posibilidad de vida». Es evidente que no se pueden alterar las condiciones iniciales, pero su espectacular armonía nos hace pensar «que son contingentes, es decir, expresan propiedades del Universo (o por lo menos de la parte que podemos observar) más que constituir premisas necesarias para su existencia».

También la evolución de los seres vivos puede ser descrita como hace Edoardo Boncinelli, como «un concentrado de “irreversibilidad” y de “impredicibilidad” y, por tanto, de creación en el tiempo», como «ininterrumpida producción de novedad», donde se vuelven importantes incluso eventos accidentales y aparentemente sin importancia que «convierten los fenómenos biológicos en únicos e irrepetibles».

En cambio, los mismos hombres de ciencia vuelven de buena gana a la filosofía o más precisamente a la metafísica, (como testimonian Macchetto o Boncinelli) «para comprender mejor los grandes problemas de la cosmología» y para encontrar «los criterios adecuados que les permitan elegir entre las propuestas teóricas en competición». Tal vez no precisamente todos los científicos; es más, una minoría, según el filósofo Carlo Sini, debido a la dificultad actual para encontrar “lugares adecuados” que acojan un diálogo fructífero.

La iniciativa del cardenal Martini ha construido uno de estos lugares, donde el clima de escucha recíproca ha hecho más interesante la propuesta que el mismo Cardenal ha hecho de la concepción cristiana del tiempo: un tiempo cargado de significado, para vivir positivamente en cada instante; cargado de memoria y de promesa porque está marcado por un evento que ha visto a la eternidad entrar en el tiempo. «Mi concepción del tiempo es cristológica, se refiere por tanto a Cristo hecho hombre, crucificado y resucitado, Señor de la historia y por tanto también del presente». El tiempo de una salvación que no es ni un recuerdo del pasado ni una proyección del futuro, sino que es «contemporánea de todos los tiempos» y, por tanto, posibilidad concreta para la vida de cada uno, aquí y ahora.