Sociedad
Crisis de identidad en la Unión Europea
Algunas reflexiones históricas, políticas y sociales,
tomando como punto de partida el libro de Weiler, sobre los motivos que han conducido
de hecho al fracaso de Europa. La traición
de la identidad cristiana
Giorgio Vittadini
«El fracaso de Europa es colosal… [Europa es] gigantesca y
fragmentaria al mismo tiempo, está más construida sobre la imagen
que sobre la sustancia», pues se caracteriza por «…una reacción
de renuncia que busca el éxito material y cultiva el cinismo contra la
verdad y la bondad». Con esta frase, que se encuentra en su libro Una Europa
cristiana, el famoso constitucionalista judío americano J.H.H. Weiler
saca a la luz la grave crisis de identidad que está atravesando la Unión
Europea en su conjunto. ¿Tiene razón Weiler? Y si la tiene, ¿cuáles
son los motivos de tan profunda crisis? El boceto de una Europa unida nació a
principios de los años cincuenta por iniciativa de algunos estados como
zona de libre cambio del carbón y del acero (CECA), pero con el proyecto
mucho más ambicioso de construir una entidad que permitiera superar la
concepción de los estados nacionales con respecto a la relación
entre persona, sociedad e instituciones públicas. Se acababa de salir
de la guerra y de las dictaduras fascista y nazi; se tenía muy presente
el peligro comunista que reprimía la libertad y exterminaba a sus opositores.
La libertad
y la dignidad del individuo
La dignidad de cada hombre “único e irrepetible”, que había
traído el cristianismo, estaba también en el centro del interés
del liberalismo democrático y del socialismo reformista europeos. Las
diferentes culturas y filosofías políticas querían colaborar
en la construcción de una entidad en que se afirmase la libertad del individuo
en todos sus aspectos, conjugando el desarrollo, la iniciativa económica
y la solidaridad. Desde este punto de vista, estaba claro que se tomaba la opción
atlántica junto a Estados Unidos, pero también que se partía
de una concepción distinta de la persona, la sociedad y el Estado. Al
otro lado del océano se protegía (y se protege) la posibilidad
de ascenso social, con pocas protecciones para la mayor parte de la población
que no logre ascender, mientras que Europa aspiraba a un desarrollo con las menores
desigualdades sociales posibles. De ahí las formidables inversiones, que
todavía siguen, en las regiones más pobres, como la Italia meridional,
o las inversiones en programas de formación a cargo del fondo social europeo.
Relativismo político
y filosófico
Después de los años 50 este proyecto parece prácticamente
olvidado. El desprecio por la persona que se respira en todas las partes del
mundo es una llamada a que se vuelvan a descubrir las libertades europeas: de
votación, de expresión, de prensa, de asociación, de iniciativa
política; todo ello en un Estado de derecho. En cambio, una gran parte
de la sociedad europea de hoy, y también una parte considerable de sus
políticos, parecen inmersos en una ola de relativismo filosófico
y político. Se ponen en el mismo plano los errores, por graves que sean,
de las democracias occidentales con los de Estados en los que el islamismo fundamentalista
que desprecia el valor de la vida es hegemónico, con los genocidios de
origen tribal perpetrados por dictadores sanguinarios en África, o con
las condiciones de trabajo esclavistas de muchas sociedades asiáticas.
Además, la exigencia de una libertad absoluta en la investigación
con embriones, en el recurso al aborto cada vez más extendido, en la equiparación
de las parejas homosexuales a las heterosexuales, están en la agenda de
muchos Parlamentos europeos, sobre todo del norte de Europa. Todo ello se alterna
con propuestas de equiparación entre las asociaciones eclesiales y las
sectas y las logias masónicas, que no hacen presagiar nada bueno. Finalmente,
crece la tendencia a infravalorar de hecho la voluntad popular, no dejando ningún
poder de decisión al Parlamento europeo y quitando poder a las asambleas
de los Estados elegidas directamente.
Subsidiariedad horizontal,
esa desconocida
Consideraciones análogas pueden aplicarse en el plano económico
y social, por lo que respecta a temas como el desarrollo y la solidaridad. Ante
todo, la justa atención que se presta a la relación entre el gasto
público y el PIB, al no estar acompañada por un interés
correspondiente por el desarrollo del empleo, las inversiones y la investigación,
corre el peligro de limitar la atención a los aspectos relacionados con
la contabilidad del Estado, que ponen en el mismo plano el asistencialismo y
los gastos necesarios para el desarrollo. Si a esto añadimos el proteccionismo
agrícola, el abandono de una política de cooperación con
muchos países del Tercer Mundo, el predominio de un eje franco-alemán
neocolonialista en África y Asia, nos queda el cuadro de una realidad
concentrada, más que en generar riqueza intelectual y económica,
en discutir sobre su distribución.
Hay otro aspecto que no es motivo de alegría. La inestabilidad de las
instituciones políticas y económicas de Iberoamérica, las
profundas injusticias económicas y sociales de Norteamérica, la
violencia cotidiana y la influencia negativa de un liberalismo económico
desenfrenado en toda América, deberían hacernos apreciar la contribución
determinante para la economía de los movimientos católicos, obreros,
socialistas, que están en la base de la sociedad del bienestar y de la
prosperidad tan extendida en las sociedades europeas. En cambio, en el proyecto
de Constitución europea no hay rastro de temas relativos a la subsidiariedad
horizontal. El desplazamiento progresivo del poder hacia Comisiones y Consejos
de ministros de emanación política, o también hacia la inmensa
burocracia de Bruselas, le hacen decir a Weiler que «existe una disminución
de la importancia política, del peso específico, del grado de control
que cada individuo es capaz de ejercer».
Nudo fundamental:
la libertad de educación
La familia, la subsidiariedad, el mundo del non profit y las finanzas vinculadas
al territorio (bancos populares, cajas de ahorro, cooperativas) son ignoradas.
Paradójicamente, la impotencia europea ante la política de los
Estados permite que países como Italia continúen manteniendo un
asistencialismo masivo en el que los costes de producción son insostenibles,
las protecciones sociales a menudo se dirigen a algunos privilegiados y donde
impera el corporativismo. No por nada el principal enemigo de estas tendencias
opuestas es la libertad de educación, porque, o bien se pretende que sea
el Estado el que proporcione la educación, o bien se
reduce el valor de la educación a una cuantificación de mercado.
Los ministros europeos de Educación han planteado recientemente un desarrollo
basado en el capital humano: estaría bien, pero hoy dominan «una
excesiva burocratización, la despersonalización del mercado, la
mercantilización de los valores, la abstracción de la vida social».
Tiene razón el judío Weiler: la batalla por la identidad cristiana
no es una cuestión formal, sino sustancial: es la batalla por un hombre
y una sociedad que son los únicos que pueden sostener un verdadero proyecto
de unidad europea.