iglesia
Dejar
a Otro decir su Palabra
El Papa ha querido unir en la persona del obispo las diócesis de Huesca
(año 533) y Jaca (año 1063) nombrando a Monseñor
Jesús Sanz Montes, ofm, obispo de estas dos diócesis autónomas.
Ofrecemos una entrevista tras su consagración episcopal el 14 de diciembre
en la catedral de Huesca
a cargo de Cristina Ansorena
Ahora ya, de forma privilegiada, es usted un testigo de la fe ante el
mundo y
la autoridad de la Iglesia en las dos diócesis. No se puede desligar la
fe en Cristo de la fe en la Iglesia. En su vida, en su historia, ¿cómo
ha ido creciendo la experiencia religiosa y ha descubierto a Cristo como verdad
en la Iglesia? ¿Qué es, para usted, lo esencial de la fe?
Hay vivencias humanas elementales que las vives con sencillez y verdad mucho
antes de que logres explicarlas y describirlas. Un niño antes de aprender
a hablar y a expresarse con precisión y belleza, ha vivido su relación
con su madre de una manera auténtica. Con la experiencia religiosa sucede
también así. La hemos recibido desde pequeños como algo
que forma parte de la vida, es algo más que configura tu modo de ver la
realidad, aunque no sepas explicarlo. Más tarde, esa vivencia elemental
adquiere un nombre, se atina a ver su rostro, y descubres la dependencia libre
y amorosa que te vincula con ese Ser que es Dios.
En mi vida esta vivencia y descubrimiento no ha sobrevenido por algo extraordinario
de carácter milagroso, sino en la trama cotidiana de las cosas que iban
sucediendo en los mil avatares de una biografía humana “normal”:
la familia, el colegio, los primeros amigos, el trabajo, la experiencia del dolor
y la del amor, la belleza sobrecogedora de la naturaleza, el embrujo de la poesía
y la magia de la música, el ensueño del enamoramiento y el chantaje
de la mediocridad… más un largo etc. Detrás de todo ello,
y en medio de todo ello, el Señor ha ido emergiendo como esa verdad que
más te corresponde porque tiene que ver con lo que a diario te sucede
en tu entraña más íntima así como en las cosas que
te rodean por doquier. Debo indicar, sin embargo, que tal descubrimiento no es
algo que realices normalmente tú de un modo privado o aislado. En mi caso,
como en el de la inmensa mayoría, se ha dado una gracia de ser acompañado
por otros que han suscitado en mí una atención hacia Quien siempre
estaba en mí y en torno a mí, aunque no siempre yo lo descubría.
Es la más hermosa definición de la amistad: esa compañía
que te permite abrirte a Aquel que te hace y que representa tu origen primero
y tu destino final.
Lo esencial de la fe es la adhesión a este hecho que no es ajeno ni extraño
a ti, el abrazo de un Tú que permite que tu propio yo no sea una abstracción
ni tu más íntimo enemigo. Los místicos medievales al hablar
del “speculum” como camino espiritual se referían a ese “espejo” en
el que se refleja lo más verdadero de tu propia vida. San Francisco fue
este “espejo” para Santa Clara. Mirarse en Dios, sin dejar de ser
uno mismo y sin utilizarle a Él, es haber entrado en la madurez de la
fe como pertenencia a Otro. Esa es también mi experiencia de la Iglesia,
porque es ella la que sostiene y custodia ese “speculum Christi”,
el espejo de Cristo en donde llegar a descubrir la propia verdad.
Para que esa adhesión esté siempre viva no basta sólo la
pertenencia. Hace falta la referencia a un signo viviente de Cristo. La figura
del obispo tiene una centralidad manifiesta para la transmisión de la
fe. ¿Qué experiencia tiene de saberse signo vivo de Cristo en sus
diócesis en este poco tiempo?
Siempre corremos el riesgo de desplazar a otros para colocarnos nosotros con
nuestra genialidad más o menos sincera o más o menos pretenciosa.
Si esto es grave en cualquier caso, lo es mucho más cuando el desplazado
resulta ser el mismo Dios que te ha llamado y enviado a una misión tan
concreta y de tal envergadura como la de ser Obispo. Se trata de dejar a Otro
decir su Palabra, aunque para ello necesite de tu voz; de dejarle a Él
que bendiga, aunque quiera valerse de tus propias manos. Lo que nos dice toda
la tradición religiosa de Israel y de la Iglesia es que Dios ha acompañado
siempre a su Pueblo a través de las mediaciones que Él mismo ha
ido escogiendo. La revelación judeocristiana tiene que ver con el progresivo
desvelamiento de la Verdad, de la Bondad, de la Belleza de Dios a través
de la trama histórica de ese Pueblo al que quiso vincularse. Entiendo
que un Obispo en su trabajo y su vocación ministerial, siempre debe tener
muy presente su condición de instrumento de Otro más grande, y
al que rinde todos los talentos que de Él ha recibido como servicio a
esa Verdad-Bondad-Belleza que es la misma Vida de Dios y de la que es llamado
a ser testigo.
Es evidente que apenas he tenido ocasión de desarrollar este alto testimonio
al que también yo soy llamado, pero me ha causado una honda impresión
la receptividad de la gente, de toda la gente, cuando te entremezclas en su vida
con esta conciencia de ser enviado por el Señor. Si tuviera que convencerles
de mi pequeña verdad, o venderles mis soluciones sociales, o reclamar
de ellos su aplauso o su voto, adoptaría inevitablemente una pose interesada,
y por ello pretenciosa y ficticia. Pero si te presentas con toda tu fragilidad
vulnerable y al mismo tiempo con toda la certeza que te da la confianza en Dios
y en la Iglesia, para anunciarles una Buena Noticia que no coincide contigo aunque
pase a través de ti, entonces te mueves con una libertad llena de afecto
y de osadía, que te permite acompañar a ese Pueblo que se te ha
confiado sabiéndote signo de quien te envía. Le pido a Dios ser
siempre ese signo suyo, reclamo suyo, sin suplantar jamás su gloria ni
poner precio a su Palabra y Bendición.
La función pastoral de un obispo como signo vivo, autoridad, punto de
referencia, padre… puede ser muy grande en una Iglesia como estas dos diócesis
pequeñas más que en las grandes ciudades y estar aquí parece
tener gran efecto en la vida de la Iglesia desde el principio. ¿Qué planes
tiene?
Las dos palabras que se van repitiendo en los documentos de la Iglesia sobre
el ministerio del Obispo, son las de Padre y Pastor. No son excluyentes, sino
profundamente complementarias. Me permiten responder a su pregunta. Yo no tengo
un programa electoral que hayan votado en mi persona y que ahora me toca a mí desarrollar.
No es mi propuesta lo que Dios quiere que yo les dé a las personas que Él
me confía y a las que me ha enviado, sino la propuesta de su propia Vida.
Es aquí en donde aparece una tremenda paradoja: ser Padre de una Vida
que no has generado tú, ser Pastor de una Vida de la que no eres propietario.
En primer lugar, ser Padre así significa que debes ayudar a que esa Vida
sea reconocida en cada uno y por todos, ayudarles para descubran cómo
hay una preciosa correspondencia entre las exigencias de su corazón y
lo que Dios mismo les ofrece. Quizás hoy, dentro del momento histórico
que nos ha tocado en suerte vivir, ser Padre así también pasa por
despertar las preguntas que encuentran su cumplimiento en las respuestas de Dios.
Hay demasiados intereses en censurar o desviar esas preguntas, hasta el punto
de hacer de las respuestas de Dios algo abstracto, inútil o banal. La
Vida de Dios tiene una estrecha relación con la muerte (en todas sus manifestaciones)
nuestra de cada día, así como su Ser es el mejor modo de arrancarnos
de la nada en la que vivimos. Un Padre es el que suscita esa mirada a la Vida,
el que colabora para que cada uno abrace y se deje abrazar por la Vida, sabiendo
que en ella está nada menos que el mismo Dios.
Pero junto con esa paternidad responsable, está también la llamada
a ser Pastor. Complementa lo anterior porque esa Vida a la que nos hemos referido,
debe ser también educada, acompañada, defendida, madurada. Hoy
existe un cierto complejo en el ejercicio de un gobierno pastoral, y el pastoreo
implica también un sabio gobierno. Tal vez un estilo de gobernar desde
el autoritarismo ha llevado a anular el sentido propio y la misma necesidad de
la verdadera autoridad, y ésta no es otra cosa sino la de permitir que
una persona crezca junto a esa otra persona que se presenta como tal autoridad.
Escogí como lema episcopal un texto muy querido de la carta a los Colosenses: “Christus
omnia in omnibus”, y no tengo otro programa que ofrecer. Ser Padre y Pastor
de las personas y comunidades que se me han confiado acompañándolas
en la acogida de la Palabra de Dios, de la Santidad de Dios, del Pastoreo de
Dios, y hacerlo para que Cristo realmente sea todo, porque de suyo lo es, y que
lo sea para todos, pues también para todos se nos ha dado.