PRIMER PLANO
El
arma de
la educación para vencer al terrorismo
El 11 de septiembre, Iraq, los atentados, Europa. ¿Hacia dónde
camina el mundo? La sabiduría de la Iglesia y el problema de la educación
en el juicio de un “laico no creyente”. Apuntes de la conversación
de un grupo de universitarios con el director de Il Foglio
a cargo de Alberto Savorana
El pasado 21 de noviembre Giuliano Ferrara, director de Il Foglio, participó en
una conversación con algunos estudiantes de Jurisprudencia de la Universidad
de Turín que se encontraban en Roma visitando las sedes del poder institucional,
desde el Quirinal y el Tribunal Constitucional al Ministerio de Justicia, desde
el Senado a la Cámara, donde fueron recibidos por el presidente Casini. El encuentro
con Ferrara tuvo lugar en los locales del Centro Internacional de CL. A continuación
proponemos una amplia síntesis de los apuntes de un precioso diálogo por la claridad
en la exposición y la lucidez en el juicio.
11 de septiembre, guerra en Iraq,
terrorismo internacional con los últimos atentados de Nassiriya y Estambul. Posibilidad
de una nueva guerra, pacifismo, educación del pueblo. ¿Cómo juzga usted la situación
actual?
Si el 11 de septiembre fuese la evidencia de un fenómeno terrorista tradicional,
de grupos y minorías que se organizan con algún objetivo o de plataformas
militares que encuentran una salida en el terrorismo, yo sería optimista.
Pero no es así, porque esta violencia tiene otro carácter, nace
de otras razones y se manifiesta en otras formas distintas de la tradicional
del terrorismo, contra el cual se puede organizar una lucha. Esto es una guerra,
y desgraciadamente tenemos que razonar sobre esta palabra horrible. El mundo
gira según principios que tienen muchas raíces: capacidad de educación,
religión, creatividad artística, cultura, sentido de sí mismo,
identidad de pueblo o de comunidad. El mundo no gira únicamente sobre
la base de un esquema de poder, pero sin él no puede existir una convivencia:
en la Edad Media la Europa cristiana era un esquema de poder, la bipolaridad
Emperador-Papa era un esquema con el que los hombres conseguían asegurar,
aun dentro de un mundo que hacía la guerra, una convivencia.
Ahora el problema es que con la caída del comunismo ya no hay un centro
estable. Antes había dos polos políticos que habían establecido
históricamente una convivencia tratando de mantener cada uno su propia
libertad, autonomía e independencia para la coexistencia entre sistemas
sociales distintos. ¿Y el resto del mundo? Estaba dividido por una línea
que pasaba por este acuerdo entre los dos gigantes. En el centro de este resto
del mundo tenemos que meter al mundo islámico, que está compuesto
por mil millones trescientas mil personas y que está esparcido por tres
continentes. En este resto del mundo había una situación colonial
que se desmoronaba. El problema es que estos países no salieron de la
descolonización bajo el signo de la modernidad y del desarrollo de oportunidades
iguales para todos. No surgieron clases dirigentes dignas de este nombre, es
decir, capaces de integrar y de promover al pueblo, de darles una posibilidad,
no digo de emancipación –porque ésta no corresponde probablemente
a la política; la emancipación viene de otra cosa, de la relación
con algo que es, en sustancia, espiritual–, sino por lo menos de desarrollo.
Este es el gran fracaso de Occidente: no haber sabido construir las premisas
para una integración de los países descolonizados.
Esta es la situación en la que nos encontramos, y por eso digo que no
estamos ante bandas terroristas: no son terroristas desesperados, solitarios
o presa de la angustia los que se lanzan con camiones llenos de explosivos contra
objetivos como el cuartel de los militares italianos en Nassiriya. Son una organización
política global estructurada en redes, que tiene la característica
de estar apoyada por estados, por servicios secretos, policías, ejércitos,
tecnologías, armamento. Son los llamados “estados canalla”,
pero sería mejor llamarlos “estados frustrados”, porque no
consiguen crear una verdadera sociedad, es más, la niegan y la impiden
aplastando las libertades religiosas, civiles, expandiendo la miseria, robando
los recursos a través de la gran corrupción de las clases dirigentes
de gran parte del Tercer Mundo.
¿Hemos de esperar por tanto la explosión de una guerra?
Repito, la guerra ya está, tiene motivaciones robustas, profundas, que
han hecho presa en el terreno del mundo moderno. El cemento religioso es el elemento
que unifica –naturalmente estamos hablando de una interpretación
perversa, fanatizada, que es la de las Madrasas, las Universidades teológicas
islámicas, en donde se enseña lo contrario que enseña el
Cristianismo, porque se trata de volver atrás con respecto a la distinción
entre el emperador y Dios–.
Con el 11 de septiembre sucedió algo espectacular desde el punto de vista
de la historia. ¿Cuál es la plataforma de Al Qaeda? ¿Qué pretenden? ¿Han
dicho acaso que era suficiente con echar a las tropas americanas de su tierra
santa? ¿Han planteado acaso un problema en relación con la resistencia
iraquí? En realidad no existe una cuestión de liberación
territorial con respecto a los infieles. Y aunque exista un plan para hacer caer
los regímenes árabes llamados moderados (esa parte del Islam que
ha intentado con gran esfuerzo, después de la descolonización,
llegar a un acuerdo con los occidentales), el verdadero corazón es otro,
es el martirio, la posición de aquellos que afirman: «Yo quiero
dar testimonio con mi vida de que mi modo de vida, la Sharia, la ley del Corán,
la unidad de poder político y religioso y la necesidad de que el mundo
esté gobernado por esta unidad –interpretada del modo más
fanático posible–, es la exigencia del mundo, y lo hago arrojándome
contra los que proponen otro modo de vida».
Si el terrorismo es esto, es necesario equiparse en el plano de la educación,
es necesario comprender que será obra de una o más generaciones
su derrota y que el problema, ciertamente, es apresar al terrorista individual,
desmantelar cada una de las redes, arrestar y dificultar el camino a los que
financian, arman y ayudan de muchas formas y en muchos lugares del mundo al terrorismo.
Esta es una tarea concreta y objetiva, ineludible, pero la verdadera cuestión
es integrar sin someter, sin expoliar a los demás de su identidad, sin
dar la impresión de que esta integración es un robo –mucho
menos un robo de creencias y tradiciones religiosas–, se trata de integrar
en el proceso de desarrollo del mundo moderno a pueblos que están excluidos
de él.
El resultado de no responder a este desafío sería, no digo la desaparición,
pero sí una gran fragilidad y debilitamiento del mundo judeo-cristiano
que conocemos y del que de alguna manera formamos parte. Los que crean en los
valores de este mundo deben defenderlos con la educación, con la paciencia,
con el esfuerzo de comprender, pero también con un comportamiento de buen
ciudadano cuando se trata de actuar en el terreno de los terroristas, que es
el de la violencia: oponer la fuerza a la fuerza.
Mi pregunta enlaza con el tema de la educación. ¿Qué piensa
del hecho de que antes de hablar de la educación de los demás deberíamos
educarnos nosotros? Porque para aceptar al otro debemos tener conciencia de quiénes
somos, y me parece que Europa no tiene esta conciencia. Me gustaría preguntarle
cómo ve la posición de la Iglesia, también en referencia
a lo que ha dicho el cardenal Ruini en el funeral de las víctimas de Nassiriya.
Ruini dijo: «No les odiaremos, les combatiremos con todas las energías
disponibles». No creo que la Iglesia de Juan Pablo II pueda nunca asumir
una posición de rendición ante este tipo de desafío, que
le afecta directamente y en primera persona. El Papa “pacifista” es
una invención, nunca he creído en una figura así. Juan Pablo
II es un Papa pacificador, que cumple con su oficio: quita a una guerra política
el aval espiritual o religioso, que no se le puede dar, y que sería una
tragedia si se lo diese. Ruini confirma esto, la Iglesia de después de
Iraq confirma esto: una cosa es la no beligerancia o el desacuerdo con una guerra
terrible que es siempre un hecho político, y otra cosa es asumir el desafío,
porque en una situación de paz sin Sadam la Iglesia se compromete. Por
otra parte, el Nuncio apostólico es el único embajador que se ha
quedado en Iraq durante los bombardeos. La Iglesia tiene su valentía,
su dignidad.
En cuanto a la otra parte de tu pregunta, que es la más difícil,
y que resumiría así: «¿Cuando vamos a organizar nuestras
Madrasas?», es complicado. Aun no siendo creyente, aun habiendo tenido
una formación laica, y comprendiendo el valor y el sentido colosal que
tiene la experiencia religiosa en la historia del mundo, comprendo que debemos
conseguir volver a legitimar la identidad perdida de Occidente. Pero esto no
puede hacerse de modo que resulte ofensivo para las demás formas de civilización,
o con un integrismo vacío, sino con una integración de gran calidad,
de alto nivel. Y por tanto debemos reafirmar que en Occidente la posición
según la cual todo es posible es equivocada: es posible sanar la plaga
de los abortos clandestinos con una buena legislación, pero no es posible
considerar el aborto como algo positivo y como una solución cómoda.
Es posible considerar los progresos de la técnica y de la biotecnología,
sin embargo no es posible el aborto selectivo, como no debe hacerse tampoco el
diseño genético del hombre en un laboratorio. No todo es posible.
Esta debería ser la verdadera línea en torno a la cual trabajar
con impulso hacia el futuro. No es sólo cuestión de prohibiciones,
sino de saber quiénes somos: somos ciudadanos, naciones, creamos incluso
poderes supranacionales. Somos hombres libres, reconocemos el desarrollo de la
ciencia, del conocimiento, sin atribuir a éste el sello originario del
demonio, de un compromiso con la manzana que fue comida y con el pecado original,
porque en realidad la historia espiritual y cultural del cristianismo nos ha
ofrecido justamente la posibilidad de ser hombres cristianos en la historia y
de conocer la aventura de Jesucristo con una óptica y una capacidad de
luz que no niega la posibilidad de ir hacia delante, que no nos clava, que no
nos petrifica en la tradición pasada. Por eso podemos ser modernos, progresistas,
poniendo sin embargo todo en discusión, sin dar por descontado que todo
sea posible, porque no todo es posible. Creo que esto nos daría la fuerza
necesaria para retomar la tarea educativa y hacer frente a ese fenómeno
que no podemos delegar en la policía y en los servicios secretos, porque
tiene las raíces que hace poco he referido. Y nosotros sabemos que la
educación puede ser dos cosas: promoción de una sociedad libre
o adoctrinamiento.
¿Qué piensa del hecho de que los terroristas islámicos consideren
su gesto de martirio como una realización personal?
¿
Qué quiere decir ofrecer la propia vida a cambio de la muerte de los demás? ¿Es
un testimonio de fe? ¿Puede hablarse de martirio? Es obvio que se trata
de un sueño de muerte y nihilismo. Hay una frase de Bin Laden que nos
ayuda a comprender la profundidad del contraste en nuestra época: «Nosotros
amamos la muerte más que la vida, mientras que vosotros amáis la
vida más que la muerte. La vuestra es una civilización que tiende
a la inmortalidad a través de la química, de la cirugía
y de los progresos de la ciencia. Nosotros, no. Nosotros ofrecemos nuestras generaciones
más frescas a la muerte, porque amamos la muerte mucho más de lo
que amamos la vida, porque la muerte como mártires es la promesa del Paraíso».
Siento una feroz oposición al hecho de que la promesa del Paraíso
suponga la muerte de los demás. Esto es una blasfemia, para mí esto
no es religión. Nuestra identidad es profundamente distinta de la de aquellos
que se hacen explotar.
Usted se ha declarado a favor de insertar una mención al catolicismo en
la nueva Constitución europea. ¿Por qué un no creyente,
como usted mismo se ha definido, tendría que aceptar esta hipótesis?
Europa nace de la experiencia cristiana. Esta es una frase que acepto, no solo
en el sentido en el que hablaba Benedetto Croce, un gran liberal conservador,
cuando decía «por qué no podemos no decirnos cristianos»,
sino en un sentido más fuerte, más americano: no liberal conservador,
sino liberal progresista. ¿Qué hicieron los americanos? Llegaron
en el siglo XVII, empezaron a conquistar un territorio con la fuerza y la violencia
y construyeron una gran nación multicultural y multirreligiosa, con una
profunda religiosidad, pero también con un fuerte sentido del interés
personal y de las libertades civiles. Entonces se plantearon el problema de cómo
sancionar la naturaleza religiosa del poder comunitario que estaban construyendo,
y recurrieron a una fórmula que está escrita en la Declaración
de los Derechos del Hombre: «Nosotros consideramos el hecho de que los
hombres son todos iguales y libres como verdad autoevidente (self evident)».
Pero, ¿qué existe que sea autoevidente? Nada, salvo que se trate
de algo que se justifique de forma trascendente. La autoevidencia, ¿qué es?
La fe. No hay ninguna otra cosa que sea autoevidente, ni siquiera la realidad
material que nos rodea. Por tanto, en la base de la democracia americana, de
una constitución que fija los límites del poder y corona al individuo
como señor de la comunidad política, hay un acto religioso.
Esto tiene mucho que ver con el problema de la Constitución europea y
de la mención del cristianismo. Una sociedad que no reconoce un origen
que va más allá del hombre mismo, del poder que él se confiere
para gobernar a otros hombres, es una sociedad extraña en la que el poder
se funda sobre algo que se asemeja mucho a la nada, a la nada filosófica.
Yo no soy creyente, pero no soy nihilista, y reconozco que la posición
para la que existe un Dios, y este Dios es considerado como origen de la humanidad,
es la posición fundamental, que después se verifica en las distintas
creencias, en las aventuras concretas, en el hecho histórico del cristianismo.
¿No cree usted que sería deseable un cambio en el modo de pensar en la política
exterior por parte de la opinión pública? En los debates sobre la guerra de Iraq,
incluso en los celebrados en la Universidad, la convicción de que cada Estado
conduce su política exterior sobre la base de sus propios intereses nacionales
cierra inmediatamente y con resultado negativo cualquier discusión.
Hay dos respuestas.
La primera es que nosotros vivimos en la historia, y la historia está hecha también
de intereses, de fronteras, de ejércitos, de armas, y no podemos pretender estar
al margen de esto. Es aceptable la crítica a ciertos intereses, pero no es aceptable
su premisa moralista. Hay que hacer una crítica histórica: es necesario decir
que su interés se opone al interés de la paz en el mundo. En segundo lugar, en
este caso concreto tú puedes acusar a EEUU, ser antiamericano desde mil puntos
de vista, pero los hechos son los hechos: Estados Unidos ha sido agredido, y
la declaración de guerra del 11 de septiembre se produce en un terreno que tiene
que ver con los intereses de todos nosotros, los intereses de nuestra identidad.
La primera pregunta que hay que hacerse es: «Pero tú, ¿quién eres? Tú, que te
declaras contrario a la guerra, contrario a EEUU, ¿en nombre de qué lo haces?».
Yo soy ciudadano de un mundo occidental, cristiano, y no me avergüenzo de mí mismo,
no me odio, no tengo un sentido de culpabilidad. Examino los problemas de la
historia y puedo reconocer culpas en todas las direcciones entre otras cosas,
este papado ha tenido la grandeza de expresar y de hacer pública la culpa a través
de una literatura eclesial de altísimo nivel, y sin embargo no tengo un sentido
de culpabilidad, tengo una identidad. No es que los americanos sean ángeles,
es obvio que intervinieron en las dos guerras mundiales en Europa para librarnos
de los fantasmas del totalitarismo, y de ello han obtenido también un beneficio:
el siglo XX ha sido el siglo americano. Ahora bien, si este gran país defiende
la estabilidad, la seguridad y la tranquilidad también a través del uso de la
fuerza, se trata de un problema político, y no moral.
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Para sintetizar, quisiera
señalar dos cosas: la primera es la referencia que ha hecho usted cuando ha hablado
de que no es una cuestión de prohibiciones, sino de saber quién soy yo. Me parece
que esto pone al hombre en el centro y elimina, o al menos hace lo posible por
eliminar, las ideologías, porque la prohibición deriva de una ideología que se
contrapone a un hombre que espera, que sueña, que desea dentro de la realidad.
La segunda es que creo que es usted un óptimo observador de la experiencia cristiana
cuando subraya que precisamente a través del cristianismo existe la posibilidad
de entrar en la realidad en profundidad.