CL
Freetown. El carpintero, el niño
Jesús y María
La historia de Mohamed, uno de los 57.000 excombatientes
del país africano que están tratando de reconstruir su
vida. El apego al padre Bepi, su formación como carpintero y...
un niño imprevisto
Bepi Berton
Navidad. Debería ser una Navidad de paz. No disparan. Se camina tranquilamente
por la calle. Para nosotros es suficiente. ¿Pero se puede llamar verdadera
paz a esto? La paz no es solamente ausencia de guerra, sino una armonía
social que aquí todavía no existe. Desgraciadamente, después
de diez años de guerra, no se puede recuperar en dos días esa
armonía que costó generaciones de trabajo. Además, todavía
no nos damos cuenta de lo traumatizada que está nuestra gente.
Programa de desarme y reinserción
La historia de Mohamed es tal vez la típica de una buena parte de los
57.000 excombatientes cuyo programa de desarme y reinserción social
debería concluir a finales de diciembre de 2003. Mientras tanto, los
que hace algunos años eran chavalines, ahora son adultos, y como tales
hay que tratarles y deben comportarse. Pero podemos preguntarnos lo que realmente
se ha hecho por ellos para que puedan afrontar la vida con responsabilidad.
Su situación no es la de un joven que ha crecido en un ambiente normal,
apoyado y sostenido por su familia. Suelen estar solos, ociosos, frustrados,
tal vez con problemas de droga, y cuando llega el final del día van
en busca de una esquina donde pasar la noche. Se ha acuñado un término
para esto: «Catch». «¿Dónde vas a dormir esta
noche?». «A de catch (me las arreglaré)». Lo que significa
que un amigo le ofrecerá una esquina donde resguardarse durante la noche.
La mayoría han vuelto a la escuela y allí se quedarán
durante años siempre que haya alguien que les pague las mensualidades
y otras cosas necesarias como el uniforme, los zapatos, los libros, la comida
y todo lo demás. Para muchos ir al colegio se ha convertido en una profesión
más que en una preparación para el trabajo, porque los que salen
del colegio van a la calle. Por tanto, es mejor volver al colegio, tal vez
con un par de hijos a sus espaldas. ¿Y quién paga? Esto también
se ha convertido en una forma de mendicidad privilegiada. Pero por lo menos
se sabe dónde están, están controlados, están más
o menos ocupados. El problema es que fuera de la escuela no hay ninguna otra
estructura que les acoja. Y no hay trabajo.
Formación y herramientas de trabajo
Mohamed no pertenece a este grupo, sino al grupo de los “aprendices”;
sin embargo se encuentra en la misma situación. Ha terminado su período
de prácticas y ahora no sabe qué hacer para sobrevivir. Sobre
el papel, el programa de recuperación de los excombatientes es incluso
ingenioso; pero su ejecución, incomprensiblemente len-
ta, provoca frustración.
Hacen falta hasta tres meses para que un joven, preparado para el trabajo,
reciba las herramientas necesarias para ejercer su profesión. Cuando
las recibe se encuentra con la imposibilidad de sobrevivir y, para afrontar
las necesidades más urgentes, las vende.
¿ Qué podemos hacer antes de que la situación se convierta
en un problema nacional?
La frustración puede provocar una vuelta a la violencia. No necesariamente,
a una guerra fratricida, pero sí a una paz turbada constantemente por
la violencia callejera, por robos a mano armada y por una tensión social
que las fuerzas públicas no serán capaces de controlar, porque
también la policía tiene problemas de reestructuración
y de renovación.
Pocos meses de formación no son suficientes para preparar a un artesano
para que pueda salir adelante. También por ello es tan difícil
encontrar trabajo.
Una “criatura” de pocos meses
Mohamed ha estado trabajando en una empresa de construcción para mejorar
un poco lo que había aprendido con un carpintero. En esa carpintería
bastante avanzada podía aprender también el uso de la maquinaria.
Les pedí que le acogieran incluso sin pagarle, para aprender. Mohamed
fue allí durante algunos meses y le ayudé a sobrevivir.
Hoy ha vuelto a verme una vez más y llevaba en los brazos una “criatura” de
pocos meses. «¡Es mi hijo!», me ha dicho. No le creía,
pero alguien que estaba presente me ha asegurado que era verdad. «¿Y
ella?... ¿la madre?». Con un gesto de la cabeza, porque Mohamed
habla así, más con gestos que con palabras, me ha dado a entender
que no vivía lejos de allí. Era evidente que así era porque
un chico de veintidós años no va por la ciudad con un fardo que
se hace pis encima.
Pensé que era mejor que la situación de Kadiatu, que tiene que
sacar adelante el fardo ella sola. Por lo menos Mohamed se ha responsabilizado. «¿Por
qué?», osé preguntarle. «¡Amor!», me
respondió. ¡Ya... amor! Yo predico el amor. Él me escucha...
y lo hace... ¡hazte entender!
No me es fácil quitarme de encima a Mohamed, y tampoco lo quiero hacer,
porque hace ya seis o siete años que me conoce y no tiene ningún
otro punto de referencia.
En enero de 1999 cuando los rebeldes ocuparon la ciudad durante un mes y nos
detuvieron, mientras estaba prisionero de los rebeldes, Mohamed, que había
vuelto de nuevo a filas, vino a saludarme cargado de armas. Durante la retirada
de los rebeldes de la capital, en su fuga hacia el interior, Mohamed llegó a
Makeni, a 200 kilómetros de Freetown. Tenía suerte de estar todavía
vivo y trataba de todas las maneras de abandonar las armas y el uniforme y
volver entre los excombatientes a San Miguel. No era fácil.
En Makeni, su presencia y su atención por los sacerdotes salvó la
vida a uno de ellos, porque consiguió desviar el golpe que podría
haber sido fatal. Se enfrentó físicamente a su compañero
de armas pero salió ileso, aunque su situación era cada vez más
difícil. Consiguió escapar.
Con los compañeros en San Miguel
Cuando volví de Italia después de cinco meses que me tuvieron
allí los médicos, me lo encontré en San Miguel, tal cual,
siempre sereno y taciturno, como lo he visto siempre desde el día en
que la fuerza de interposición (Ecomog) me lo entregó para que
me hiciera cargo de él.
Entonces era un rebelde y lo habían capturado mientras combatía
para tomar el aeropuerto. Tuvo suerte de no ser eliminado y acabó con
algunos meses de prisión junto a otros seis compañeros suyos.
Acogí a los siete durante varias semanas. No puedo contar todas las
fechorías que me hicieron porque tendría que escribir una novela
aparte. Él y dos de los otros siete todavía rondan por estos
parajes.
Me entregó su carnet de identidad pidiéndome, más con
la mirada que con palabras, que quería otro. Ya... el carnet de identidad
dice: Mohamed, desarmado, reinsertado...
« Me avergüenzo», me dijo. «¡Menos mal!»,
pensé yo. Es justo que tenga un carnet de identidad que diga quién
es y no, quién era. Y ahora, en vez de uno, tengo tres... pero ese pequeñín, ¡si
por lo menos dejara de lloriquear! Mientras tanto, si aprende a no hacerse pis,
en Navidad le daré el papel del niño Jesús. Su padre es
carpintero... como San José.
Todavía no he visto a su madre... espero que tenga cara de Virgen. Por
la edad puede cuadrar. Aunque la verdad, no me espero una virgen... pero con
los tiempos que corren, habrá que contentarse. Por otro lado, siempre
nos podemos equivocar y contentarse puede convertirse en una de las virtudes “cardinales”.
Hace algunos años, cuando era párroco de Calaba Town, preparé una
escena sobre la Sagrada Familia. Una escena de Navidad con mucha solemnidad,
dignidad, piedad “litúrgica”, en una iglesia llena de gente.
San José, la Virgen y el niño. Qué bien componían
la escena y... vinieron a decirme en voz baja: «el Niño Jesús
se llama Mary».